Vamos a Contar Mentiras

De Pedro Rey-Biel y Marta Serra-García

mentirasNo se asusten por el título de nuestra entrada y crean que finalmente hemos perdido todo el (posible) rigor de este blog. Hoy pretendemos hablarles de la importancia que en la economía tiene la correcta (o no) “transmisión de la información”, que no es más que una academicismo pedante para decir que hablamos sobre por qué, cuándo y cómo las personas mienten (¿mentimos?) y las consecuencias económicas de dichas mentiras.

Pongamos un ejemplo real (para no comenzar mintiéndoles). Supongamos que uno de los autores de esta entrada ha perdido su teléfono móvil, que tiene asegurado “a todo riesgo”. En principio, en un mundo en el que el nombre de las cosas corresponde a la realidad, esto implicaría que la aseguradora le repondrá el teléfono sin importar el motivo de la pérdida. Sin embargo, sospechamos que si realmente fuera éste el caso, todo asegurado estaría pidiendo teléfonos nuevos constantemente, algo ruinoso para la aseguradora. Por ello, creemos que el seguro “a todo riesgo” debe tener letra pequeña, y sólo nos darán un teléfono en caso de que aportemos una denuncia de robo. Al ir a la comisaría nos planteamos, aún sabiendo que el teléfono simplemente desapareció de un bolsillo, si poner la denuncia por "hurto" (sin violencia y sin identificación) o por "robo". Las consecuencias no son triviales, pues al final el seguro sólo cubre el robo y no el hurto. ¿Qué denuncian pondrían ustedes? ¿dependería de cuál fuera el valor del teléfono? ¿Y de la probabilidad (y las consecuencias) de que detecten que hace usted una denuncia falsa? ¿Y de que sea costumbre o no en su cultura el hacer denuncias falsas?. Es decir, ¿Existe un grupo de personas que miente habitualmente o el que todos mintamos o no depende de las circunstancias?

Ahora es el momento en el que les mostramos que los académicos somos un poco frikis y nos planteamos estas preguntas intuitivas de una forma un poco enrevesada, pero esperemos que rigurosa y precisa. Desde el punto de vista de la economía tradicional, todos deberíamos mentir si con ello podemos obtener un beneficio económico. Sin embargo el que lo hagamos puede tener consecuencias nefastas, como la desaparición de los mercados de ciertos bienes. Piensen por ejemplo en el mercado de los coches usados propuesto por Akerlof: el hecho de que los vendedores de coches tengan incentivos a mentir sobre el  verdadero uso que se ha hecho del coche en el pasado, y sobre todo el hecho de que los potenciales compradores no puedan verificar tal uso,  hace que los compradores no crean al vendedor de un coche en buen estado y en todo caso crean que tiene una cualidad inferior a la que les diga el vendedor, por lo cual estarán dispuestos a pagar siempre un precio menor que el que correspondería a la verdadera calidad de los coches en buen estado, que dejarán de ofertarse. Decimos entonces que lo que nos diga el vendedor es "palabrería barata" ("cheap talk") y, como demostraron Crawford y Sobel en un artículo clásico que les recomendamos, le otorgamos cada vez menos valor a sus palabras cuanto más estén en conflicto los intereses de uno y otro.

Sin embargo, no parece que fuera de nuestros modelos, la gente siempre mienta cuando sus intereses están en conflicto y que por ello debamos otorgar nula credibilidad a lo que otros nos dicen (!menos mal!). Los experimentos económicos han permitido identificar, en entornos controlados, factores que influyen en que los individuos, a los que mentir les puede provocar un "coste moral", no lo hagan incluso en situaciones anónimas en las que es imposible detectar la posible mentira. La base de estos experimentos es sencilla: uno de los sujetos debe comunicar a otro cuál de entre dos opciones le dará al segundo un pago mayor, sin conocer el receptor del mensaje qué incentivos tiene el emisor, tras lo cual el emisor decide entre los dos mensajes. Variando las cantidades que pueden obtener emisor y receptor en función de la decisión del receptor se observa que el 52% de los emisores mienten cuando al hacerlo aumentan sus pagos en 10 dólares (y sólo disminuyen los del receptor en 1 dólar), pero que sólo el 17% de los emisores mienten cuando sólo pueden obtener 1 dólar extra a cambio de que el receptor pierda 10 dólares. Es decir, algo tan intuitivo como que el tamaño de las consecuencias económicas de nuestras acciones importa para el porcentaje de honestidad observado, pero también que incluso cuando los incentivos económicos son altos, existe una proporción no desdeñable de gente que no miente. Esto se pone aún más de manifiesto en un experimento posterior en el que incluso aunque la consecuencia de la mentira sea que tanto emisor como receptor se benefician,  y por tanto la mentira no daña a nadie, todavía un 35% de  los sujetos decide no mentir.

Experimentos posteriores varían algunas de las características del diseño original para entender mejor los resultados. Para estudiar cómo la posibilidad de ser observado al mentir, por ejemplo por el experimentalista, incluso aunque no tenga consecuencias económicas, afecta al porcentaje de mentirosos, se pueden diseñar tareas, como informar del resultado del lanzamiento de un dado sin que nadie lo vea, en el que el lanzador obtendrá mayor pago cuánto mayor sea el número obtenido en el dado (aunque no obtendrá nada si dice 6, por ser demasiado transparente). De esta forma podemos comparar la proporción de cada número anunciada frente a la probabilidad objetiva de obtener cada uno de ellos (16,7%). ¿Qué numero diría usted? Los resultados habituales de este experimento muestran que los números más altos son anunciados en una mayor proporción que los más bajos, pero que "sólo" el 35% de los sujetos (de los que quizá casi la mitad sean honestos) llegan a anunciar el valor máximo de 5. Así que parece haber un conflicto entre lo que potencialmente podamos ganar mintiendo y el coste moral de nuestra mentira.

También hay experimentos que muestran que no es lo mismo mentir sobre unas cosas que sobre otras. Por ejemplo en este artículo, uno de nosotros junto con varios coautores muestra que los sujetos mienten menos cuando la mentira consiste en romper una promesa sobre una acción que tomarán que cuando la mentira no depende de uno mismo, sugiriendo que las promesas rotas son más costosas que las mentiras. Además, también se ha demostrado que el medio de comunicación, y en particular si la mentira se dice directamente a la cara o a través de mensajes (libres o prediseñados) afecta al porcentaje de comportamiento honesto observado, siendo, como pueden imaginar, más costoso moralmente mentir a la cara. Esto sugiere una primera forma de intentar inducir la honestidad, vía comunicación directa. Otras manipulaciones muy sencillas pueden tener importantes efectos. Por ejemplo, las certificaciones explícitas de que uno está siendo honesto, por ejemplo firmando al rellenar una declaración, disminuyen las mentiras, más aún si la certificación de que uno es honesto, se hace antes de hacer la declaración. De forma similar, apelar a la imagen propia de un individuo, por ejemplo diciendole "por favor, no sea un mentiroso" en lugar de "por favor, no mienta" ha demostrado tener efectos positivos importantes. Pero cuidado, porque apelar a la identidad puede ser contraproducente, dependiendo de las características normalmente asociadas con dicha identidad. En un experimento con expertos del sector financiero (pero también con criminales), se muestra que a los banqueros a los que se les remarca que son banqueros (o criminales) mienten más que aquellos banqueros (o criminales)  a los que no se les remarca ninguna identidad. Así que, por favor, no nos digan que hoy les hemos contado esto debido a nuestras identidad como "economistas".

Para terminar, sean sinceros, ¿han visto ustedes mi móvil?

Hay 1 comentarios
  • 1. ¿Será por eso que en un juicio te toman juramento antes de declarar, mientras que en una comisaria lo que haces es firmar ex-post? (Según tengo entendido)
    2. Hoy se espera que la Reserva Federal suba los tipos. ¿Es el mejor día para mencionar a Mr. Yellen?
    3. ¿Algún experimento con políticos? Por la cuestión "idiosincrásica".
    4. En cuanto a lo del móvil, ¡¡¡falta información!!!, compárese:
    http://www.arquitectura.com.ar/wp-content/uploads/Qu%C3%A9-hacer-cuando-se-pierde-nuestra-mascota.jpg
    y, sobre todo, faltan incentivos (recompensa, nº de teléfono(1) e identidad del/de la propietario/a(2).

    (1) Salvo que esté muy tuneado me temo que la foto no sería muy útil.
    (2) Podría ser un factor crucial.

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