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Por nuestros nombres nos conoceréis (o no)

De Pedro Rey Biel  (@pedroreybiel)

En este blog tenemos ciertas obsesiones recurrentes y una tendencia a mirarnos el ombligo (!perdón!). Tanto es así, que Santiago Sánchez ya publicó una entrada estupenda sobre el tema de mi entrada de hoy hace un par de años. No obstante, hoy quiero juntar nuestra obsesión con cómo medir la productividad individual con el hablar sobre nuestra profesión académica. Creo que les resultará curioso entender cómo la forma de medir las contribuciones a los artículos de investigación de los académicos puede llevar a comportamientos estratégicos curiosos y a que pensemos en mejorar cómo saber qué es lo que ha aportado cada investigador.

Como saben, cada vez que se escribe un artículo de investigación (o un libro, o un informe) debe tomarse una decisión sobre el orden en que aparecen sus autores. Existen dos convenciones principales: la primera se basa en el orden relativo de las aportaciones, de forma que quién más ha contribuido al documento aparece primero y el resto de autores se lista en orden decreciente de contribución, de manera que, por ejemplo en artículos científicos, el último suele ser el coordinador global del trabajo o a veces el director del laboratorio, haya participado activamente en la investigación o no. La segunda opción es la de enumerar a los coautores por orden alfabético de apellido, independientemente de lo que hayan contribuido individualmente, dando por ello a entender que todos los listados son coautores con igual responsabilidad y mérito.

Aunque en la mayoría de las disciplinas científicas los usos y costumbres marcan el que el orden utilizado sea el primero, indicando al lector la contribución individual de los autores, unas pocas áreas concretas, particularmente las Matemáticas y la Economía, usan el orden alfabético. Esta disparidad de criterios incita por sí misma nuestra curiosidad y ha llevado incluso al desarrollo de una literatura que estudia los efectos que los distintos sistemas de ordenación pueden tener (empezando por éste o éste). En ella, se argumenta que el orden alfabético provoca una desventaja a aquellos autores cuyo apellido comienza por una de las últimas letras del alfabeto, ya sea porque a la hora de citar artículos éstos autores desaparecen tras el genérico  "et al.", pero también porque aquellos acostumbrados al más usual orden por contribuciones, terminan asimilando que estos autores no han pegado golpe. Para entendernos, ¿hasta qué punto puedo intentar justificar que mi reconocimiento académico no sea mayor por el hecho de haber utilizado mi apellido paterno, Rey, en un área de conocimiento con orden alfabético cuando, quizá para alegría de mi madre, podría haber optado por Pedro R. Biel, adelantándome en el orden a la mayoría de mis coautores? Por el contrario, otros argumentan que el orden alfabético permite que, ante contribuciones individuales muy similares, se otorgue igual crédito a todos los autores, siempre y cuando los lectores tengan asimilado que éste es el convencionalismo adoptado en esa área de conocimiento. Paralelamente a la pregunta de si un orden alfabético es perjudicial para una parte de los autores, surgen otra serie de preguntas que pueden iluminarnos sobre lo estratégicos que podemos llegar a ser lo académicos. Conociendo esta potencial desventaja, ¿Los investigadores cuyo apellido empieza por una de las últimas letras co-autoran menos? O ¿damos preferencia a la hora de co-autorar a investigadores cuyo apellido es posterior al nuestro en el abecedario? De forma anecdótica, les puedo contar que conozco de primera mano casos de investigadores seniors, ampliamente reconocidos y a los que les gusta trabajar con investigadores más jóvenes a los que tutelan, que ante la enorme oferta de juniors a los que les gustaría colaborar con ellos, eligen sistemáticamente aquellos cuyos apellidos comienzan por las últimas letras para que, obteniendo los jóvenes buenas publicaciones, el nombre con el que se conozca el artículo sea el del senior…. et al. Todos ganan... pero, !nada es gratis!

Aunque estas preguntas pueden parecer una tanto egocéntricas, me consta que entre nuestros lectores hay una gran proporción de académicos a los que esto les puede importar. Pero es que además se trata de preguntas empíricas importantes tanto desde el punto de vista de la justicia a la hora de otorgar méritos (las publicaciones llevan, al menos en países serios, a invitaciones a seminarios, a plazas, a presupuestos de investigación, a premios…) como de la eficiencia, puesto que si la discriminación alfabética existe, estos méritos no recaerán ni en las mejores cabezas ni los mejores estudios serán los que reciban más atención. Además, si los autores reaccionamos de forma estratégica sobre con quién trabajar (o no), y no creamos nuestros equipos de investigación pensando en la formación que los hará más productivos, estaremos incurriendo en ineficiencias. Como sociedad queremos que el criterio para formar grupos de investigación sea su potencial investigador, no el orden de sus apellidos.

En un reciente artículo de Matthias Weber se hace una revisión de la literatura empírica sobre estas preguntas. Lo interesante es que la discriminación alfabética no es un tema sencillo de estudiar de forma empírica, puesto que no se observa directamente. Si uno mira el número de citas, las promociones o cualquier otra medida de éxito académico, ¿cómo puede saber qué parte se debe a la discriminación y qué parte al mérito individual? La respuesta, como casi siempre, está en saber mirar los datos de una forma inteligente. Por ejemplo, Einav y Yariv (2006), comparan la distribución de iniciales del apellido de aquellos profesores de las mejores universidades americanas que consiguen plaza fija (“tenure”) frente a los que no lo hacen, utilizando el supuesto razonable de que la discriminación alfabética tendrá un mayor papel en momentos posteriores de la carrera, puesto que la visibilidad y el reconocimiento no son tan importantes cuando, al principio de la carrera académica, se tienen pocas publicaciones. Otros, como Maciejovsky et al., 2009, realizan un experimento en el que los participantes, en este caso académicos, observan diferentes grupos de coautores en artículos reales y deben asignar crédito a cada uno de ellos. En general, estos estudios muestran que la discriminación alfabética efectivamente existe: la probabilidad de obtener plaza fija en uno de los 10 mejores departamentos de economía (top 10) se estima que es un 26% mayor si tu apellido comienza por A que si comienza por Z. Además, el número de descargas de sus artículos para los primeros 1000 autores que aparecen en REPEC es un 60% mayor para los autores con apellidos que empiezan por A que para los que empiezan por Z.

Existen también estudios similares sobre el diferente comportamiento de los investigadores bajo una convención por contribución frente a una alfabética. Por ejemplo, según este estudio los autores con apellidos tardíos en el alfabeto escriben artículos con sus mejores ideas en solitario más frecuentemente que aquellos cuyo apellido comienza con una de las primeras letras. También los “autores-Z” son menos propensos a colaborar con otros bajo un orden alfabético.

Existen por tanto diversas razones que nos llevarían a recomendar que las pocas disciplinas que utilizan el orden alfabético se conviertan al orden por contribución. Entre ellas, una razón de peso es que incluso en disciplinas como en la Economía, en la que la convención es el orden alfabético, existen artículos en los que dicho orden no se respeta, enviando señales difíciles de interpretar (¿realmente los A-coautores han querido ser generosos con el Z-coautor que ha trabajado más, cuando éste aparece como el primero? ¿O es que ha habido discusión entre ellos porque consideraban que alguno no ha contribuido lo suficiente para figurar en orden alfabético?). Otra razón importante reside en el hecho de que, según avanzamos hacia una mayor valoración de la investigación interdisciplinar, acordar órdenes entre coautores de distintas disciplinas puede resultar problemático y confuso.

No obstante, tengo mis propias reticencias a recomendar, como hacen Levitt and Thelwall el completo abandono del orden alfabético (¡a pesar de que podría convenirme!). A fin de cuentas, en Nada es Gratis mantenemos el orden alfabético para la mayoría de nuestras entradas co-autoradas, y eso creo que se debe a algo más que a un sesgo por el hecho de que la mayoría somos economistas. Cuando observo la lista interminable de autores de artículos en otras ramas, por ejemplo en Medicina, sospecho que la contribución individual de muchos de ellos a ese artículo en particular puede ser extremadamente marginal, con lo que se pueden estar inflando curriculums (un tema tan de moda en este último mes), de una forma absurda , y muchos investigadores que realmente llevan la parte fundamental de la investigación, se pueden estar sintiendo presionados a incluir a sus superiores o mentores, fomentando de nuevo la endogamia en la investigación que tanto hemos criticado.

Quizá una buena idea sería que los artículos incluyeran una nota al pie clarificando la contribución individual de sus autores. O que grupos de coautores que contribuyan frecuentemente juntos y de forma igualitaria, decidan alternar el orden de su autoría, indicando también la aleatorización del orden en una nota a pie de página. No lo tengo claro, pero sí quiero concluir, para que quede clara mi contribución, que para escribir este post me he basado extensamente en las notas que amablemente me ha pasado Matthias Weber, autor del resumen de esta literatura (!aunque ha declinado firmarlo conmigo!).