La Fuerza del "Cariño", no tanto el Tamaño del Soborno

incentives4A raíz de la comparecencia de Luís Bárcenas ante el Parlament de Catalunya en la que, aunque inicialmente parecía referirse de forma afectuosa hacia una diputada, explicó que ciertas empresas daban dinero a su (ex)partido político a cambio de "cariño", me ha dado por pensar en la efectividad de los incentivos económicos para provocar ciertos comportamientos. ¿Malgastamos el dinero ofreciendo premios para que otros hagan lo que nos gustaría, cuando realmente bastaría con que les demostrásemos, de forma más barata (!y más clara!) nuestro cariño?

Ya hemos hablado en otras ocasiones de la dificultad de diseñar incentivos que motiven a los individuos sin conocer realmente qué es lo que les importa (por ejemplo, aquí o aquí). La razón estriba en que el mero hecho de incentivar lanza un mensaje a quien lo recibe. Un ejemplo precioso, que quizá conozcan, es el artículo "A Fine is a Price" ("Las multas son precios") de Uri Gneezy y Aldo Rustichini. En el artículo cuentan cómo una guardería intentó incentivar el que los padres no llegaran tarde a recoger a sus hijos mediante la imposición de un incentivo negativo, una multa, a los padres tardones. Sin embargo, consiguió todo lo contrario. El problema residía en que el tamaño de la multa, apenas unos euros, emitía un doble mensaje: por un lado indicaba que el retraso era un comportamiento molesto y costoso para la guardería pero, a su vez, el hecho de que la multa no fuera muy elevada (y mucho menor al coste de tener a alguien  cargo de tus hijos de forma privada e individual) dejaba claro que la molestia no era para tanto, y que por tanto, los padres estuvieran dispuestos a pagar ese precio. Peor aún es el hecho de que el mensaje es muy difícil de revertir, y una vez se retiraron las multas, los padres, conocedores del precio que previamente la guardería asignó a llegar tarde, comenzaron a llegar incluso más tarde, puesto que ahora era aún más barato hacerlo.

El clásico debate del "palo o la zanahoria" nos plantea la necesidad de diseñar incentivos mediante premios o castigos. Estos días en algunas universidades nos enfrentamos justo a este debate puesto que los cambios tecnológicos, y la exigencia de recortar en gastos, han provocado que nos hayamos quedado sin una fuente de información muy útil para una parte de nuestro trabajo: las encuestas de docencia. Resulta que hemos pasado de que los alumnos rellenaran un formulario anónimo durante los últimos minutos de una clase a que, !viva el progreso!, puedan hacerlo en cualquier momento entrando en una aplicación informática. ¿Resultado? Las encuestas han perdido toda representatividad estadística sobre la calidad de nuestras clases tanto porque son muy pocos los que las rellenan como porque sospechamos que aquellos que dedican unos minutos de su tiempo libre en verano a hacerlo son aquellos con opiniones más extremas (este sesgo de selección es algo que nos está costando hacer entender a los responsables de Rectorado).

Entre las propuestas que he oído estos días para solucionar el problema se encuentran desde las zanahorias (o más bien los jamones, que es lo que un catedrático pretende sortear entre los alumnos que rellenen la encuesta) hasta los palos (no dejar que los alumnos conozcan sus notas hasta que ellos nos hayan evaluado en las encuestas). ¿Qué tal una combinación de una medida coercitiva con un mensaje claro de que las encuestas docentes son valiosas, haciéndolas públicas y mostrando que sus resultados afectan a decisiones de política universitaria?

Pienso en estas medidas recordando un trabajo publicado recientemente junto a Uri Gneezy, en el que buscábamos la mejor forma de incrementar la tasa de respuestas a un cuestionario de satisfacción de los clientes de una cadena de supermercados estadounidense (el artículo pueden encontrarlo aquí). Los directivos de la empresa estaban dispuestos a invertir en un experimento de campo a cambio de aprender la mejor forma de conseguir tener información valiosa de sus clientes. Otras empresas habían probado a dar algunos incentivos, como unos cupones de descuento, condicional a que los clientes contestaran. Sin embargo, ni estaba claro que dar incentivos funcionara, ni cuál era el mejor tipo de incentivo, ni cuánto había que gastarse en él. Precisamente ésto es lo que nos propusimos probar. Diseñamos un experimento en el que clientes seleccionados de manera aleatoria recibían por correo un cuestionario de satisfacción de la empresa junto con una carta que, o bien no les ofrecía ninguna compensación por rellenarlo, o les ofrecía cierta cantidad de dinero (!no un cupón!) condicionado a que lo contestasen o, y esto es lo interesante, en el mismo sobre que contenía el cuestionario había incluido una cantidad de dinero, que se podían quedar contestasen o no. ¿Contestaría usted un cuestionario que le llevaría unos 15 minutos en cada uno de los tres casos? ¿Variaría su respuesta dependiendo de la cantidad de dinero que le prometieran o incluyeran en el sobre?

Piénselo un momento antes de mirar el gráfico de debajo. En él mostramos la tasa de respuesta sin incentivo (el punto verde, alrededor del 7%), y las tasas de respuesta con incentivo condicional  (en rojo) y con dinero dado no condicional (en azul), según se ofrezcan cantidades que van desde un dólar hasta 30 dólares (las ventajas de que tu investigación la pague en esta ocasiónuna empresa multinacional).

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¿Qué cosas interesantes observamos? 1) Los incentivos tradicionales, te pago una cantidad a cambio de que hagas algo, funcionan de la manera esperada: cuanto más dinero ofreces, una proporción mayor de personas "trabaja" para tí, 2) ofrecer demasiado poco dinero se interpreta como un insulto, y puede ser peor que no ofrecer ningún incentivo (la tasa de respuesta roja no pasa a ser superior a la de sin incentivos hasta que se ofrecen 4 dólares) y 3) el mero hecho de ofrecer un incentivo no condicional, sin aparentemente esperar nada a cambio, puede generar un mecanismo de reciprocidad que haga que una proporción alta de personas respondan a tu "generosidad". Sin embargo, también observamos que lo importante es el hecho de que seas "cariñoso" y des algo, cuando "no tenías  por qué hacerlo", pero que cuánto des apenas afecta a la tasa de respuesta (la línea azul es muy plana). Por último, tenga en cuenta que el coste total de la provisión de incentivos, por mucho que afecte a la tasa de respuesta, no es el mismo si dan a todos los clientes el incentivo que si sólo se lo dan a quienes contestan.

Quedan preguntas por responder. ¿Son diferentes las personas a quienes afectan los incentivos o las que se motivan por un tipo de incentivo u otro? ¿El dar incentivos hace que la gente conteste lo que creen que quieres oir y por tanto no te da respuestas tan informativas como cuando no das incentivos? ¿se interpretan de forma unívoca los mensajes que se mandan con un incentivo? En todo caso, mientras con nuestra investigación seguimos buscando respuestas, plantéense con sus hijos, como me he visto yo forzado a hacer estos días con las mías, si cuando hacen una trastada no les están pidiendo "cariño" y quizá éste funcione mejor que los castigos o la promesa de un regalo. Y si utiliza incentivos, que estén diseñados hacia lo que realmente les motiva.

Concluyamos la entrada con una última pregunta. Volviendo a Luis Bárcenas, ¿Fue el "mensaje" del Presidente del Gobierno (en este caso literal, "Luis, […], sé fuerte") una simple muestra de cariño o buscaba incentivar un determinado comportamiento por parte del ex-tesorero? Ojalá algún día nos lo aclaren.

Hay 5 comentarios
  • 1) El incentivo de los jamones, ¿no dejaría fuera a los estudiantes vegetarianos? (Al menos a los que tienen una actitud "militante" de concienciación social. ¿Qué incentivo garantizaría un alto grado de participación de forma neutral - sin excluir ni potenciar la participación de colectivos concretos- ?
    2) Dar a conocer las notas únicamente tras la evaluación por parte de los alumnos puede tener efectos perversos. Frecuentemente se hablaba - en mi época - de que la evaluaciones de los profesores dependían de la calificación obtenida en los exámenes. ¿Podría darse un efecto en sentido inverso?
    3) La tercera alternativa (¡¡cómo se le puede ocurrir semejante cosa!!, hacerlas públicas y además dejar que afecten a las decisiones de política universitaria), ¿no podría recoger no las virtudes si no los defectos de ambas?

    En cuanto al caso práctico de los hijos. Supongamos que un hijo reacciona "mejor" ante el cariño que otro, que además (nunca de forma excluyente) precisa de un refuerzo, ya sea premio o castigo. La utilización de ese incentivo, ¿no podría condicionar la predisposición natural del primero (y reforzar la del segundo)?

    PD:
    Vaya, parece que hoy me he levantado un tanto escéptico.

  • Gracias por tus comentarios. Respecto al primero, no está claro que los incentivos negativos no puedan funcionar en algunas ocasiones incluso con los nietos (otra cosa es que el abuelo se vea capaz de utilizarlos).
    Respecto al segundo, no tengo tan claro que los economistas desconozcan tanto el mundo de la política. Por una lado, entre quienes escriben y han escrito en este blog, varios han estado en contacto constante con este mundo e incluso han ocupado cargos de responsabilidad. Por otro, también se han hecho entradas interesantes sobre política por parte de expertos, algunos simplemente colaboradores puntuales del blog, en el área de "Política Económica" (siendo el término todo lo amplio que quiera).

  • Gracias por su escepticismo. Le dejo algunas ideas sobre cada una de sus preguntas:

    1) El que se use frecuentemente el dinero como icnentivo se debe precisamente a evitar el que el incentivo introduzca un sesgo en la selección debido a que distintas personas tengan distintas preferencias. A todos nos viene bien el dinero, porque nos permite comprar aquello que nos gusta. Otra cosa es que seamos más o menos materialistas y la misma cantidad de dinero nos incentive más o menos.
    2) La idea es que la evaluación docente se realice ANTES de decir al alumno cuál han sido sus notas, para evitar precisamente lo que mencionas.
    3) Es cierto que el hacer las notas públicas y relevantes podría llevar a un icerto efecto de reciprocidad pr parte de aquellos alumnos con peores notas. En todo caso, creo que el dar la señal de que estas cosas son importantes haría que la gente se sintiera más responsable a hacerlas. Por último, se podría filtrar en la evaluaciónd e un profesor eliminando aquellos comentarios realmente extremos provenientes de alumnos con calificaciones especialmente bajas (o altas).
    4) Como padre de gemelas, no recomiendo tratar a dos hijas, por muy distintas que sean, de forma dsitnta respecto a la motivación, precisamente para evitar comparaciones que pueden tener peores efectos que el no estar adecuándo las motivaciones perfectamente a la forma de ser de cada hijo. De todas formas, expongo aquí ideas muy generales...no me haga excesivo caso y, !no se crea que soy Supernanny!

    • 1) Pues precisamente eso, ¿el usar dinero (como incentivo universal) logra eliminar sesgos en la participación? Me temo que será, en todo caso, el "más neutral" de los incentivos pero no más.
      2) Me he debido de expresar mal. Comprendo lo de eliminar el incentivo al alumnado de "toma de represalias" en su evaluación del profesorado. El efecto perverso al que me refería era el de inducir al alumno a valorar al alza al profesor ante la incertidumbre de su actitud a la hora de poner las notas.
      3) Me sorprende que se pueda eliminar comentarios extremos provenientes de alumnos con calificaciones especialmente bajas/altas. No debe ser preocupante, no tengo ni idea de los aspectos técnicos del tratamiento de ese tipo de datos.
      Personalmente, he conocido casos de compañeros con calificaciones altas que decían pestes del profesor, y casos en sentido contrario.
      4) Y si no hacemos distinciones a la hora de seleccionar el incentivo adecuado en cada caso:
      4.a ¿cómo el receptor del incentivo puede relacionarlo con su conducta?
      4.b ¿cómo el que no lo recibe - aunque reciba uno distinto - no puede entender que lo que ha de hacer es imitar el "mal comportamiento" de su hermano? (Supuesta la observabilidad del incentivo individual para ambos).

      Muchas gracias.

      PD: Lo del escepticismo "viene de fábrica", y no crea que no da problemas. Por otra parte supongo que será algo compartido con alguien que se dedica profesionalmente a la investigación.

  • Creo que habría que pensar que todo incentivo puede ser perverso y especialmente los económicos. Creo que una mente sana sabe diferenciar lo que es correcto de lo que no lo es. Pero los que piensan que la educación consiste en saber estadística e inglés (aún siendo necesarios) creo que se equivocan. Por otro lado también hay mucho padre que actúa como abuelo.
    Una anécdota: a una brillate estudiante de economía financiera, le pregunté si conocía o le habían hablado en clase de Esther Duflo (reciente premio Ppe. Asturias) y le hablé de su libro repensar la pobreza. No la conocía, no le habían hablado, no mostró el más mínimo interés. Yo me callé. Y ahora los economistas del comportamiento tendrán algo que decir a esto?

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