Violencia doméstica y empoderamiento de la mujer: ¿es suficiente?

Por César Alonso-Borrego y Raquel Carrasco

 

La violencia contra las mujeres es un problema social de primera magnitud, y una de las expresiones más graves de la desigualdad de género. Según datos de la Comisión Europea, una de cada cuatro mujeres en Europa ha sufrido o sufrirá violencia doméstica (VD) a lo largo de sus vidas. Sin embargo, esta lacra no tuvo un claro reconocimiento internacional hasta 1993, con la Declaración de Naciones Unidas sobre la Eliminación de la Violencia contra la Mujer (véase aquí), que abrió el camino a la incorporación a la agenda política de muchos países. Como bien documenta R. Osborne aquí, en España su aparición en la escena pública está simbolizada por el brutal asesinato de Ana Orantes a manos de su exmarido en 1997 (véase aquí). El Plan de Acción Contra la Violencia Doméstica de 1998 promueve por primera vez medidas concretas contra la VD. Asimismo, establece el compromiso de una recogida de datos sistematizada, incluyendo la realización de macroencuestas que recojan información sobre violencia de género y su relación con diferentes factores individuales y socioeconómicos.

Una posible forma de prevenir la VD es fomentar el papel de la mujer en la generación de ingresos para equilibrar el peso de ambos cónyuges en la toma de decisiones dentro del hogar. La participación laboral de la mujer es un canal particularmente importante para ello. El riesgo de VD puede reducirse al hacer la amenaza de abandono de la relación más creíble.

En el artículo "Employment and the Risk of Domestic Violence: Does the Breadwinner's Gender Matter?" (véase aquí) analizamos el efecto causal del empoderamiento de la mujer en el seno de la pareja sobre la probabilidad de sufrir VD. Para ello, utilizamos las macroencuestas de violencia de género de 1999, 2002 y 2006, promovidas por el Instituto de la Mujer. Para medir la autonomía socioeconómica potencial de la mujer utilizamos su estatus laboral (en concreto, si está trabajando o no). Como la situación relativa de la mujer puede afectar también al riesgo de VD, consideramos el estatus laboral de su pareja y su interacción con el de la mujer. También consideramos características individuales y socio-demográficas del hogar, como la renta. Analizamos por separado dos tipos diferentes, pero no excluyentes, de VD, física y no-física.

El análisis descriptivo de los datos permite señalar una serie de regularidades. La Tabla 1 muestra que la tasa de VD decrece significativamente en 2006, un año después de la reforma de la ley del divorcio que permitió agilizar su tramitación, como mostró P. Brassiolo (véase aquí).

Los datos también indican diferencias socio-demográficas entre las mujeres que sufren abuso y las que no. En particular, la VD tiene mayor incidencia en parejas de mayor edad, con menor nivel educativo y con menor nivel de renta (véase Tabla 2). En consecuencia, aunque la VD se observa en todos los estratos socio-económicos, hay diferencias significativas, de manera que en estratos más bajos las mujeres se encuentran en situación de mayor vulnerabilidad.

También se encuentran diferencias significativas en la incidencia de la VD según el estatus laboral de ambos cónyuges (véase Tabla 3). Es más frecuente cuando el hombre no trabaja: mientras que en el 84% de parejas sin VD el hombre trabaja, esta cifra es 6 p.p. (puntos porcentuales) menor entre las parejas en las que sí se produce VD. Además, solamente en el 30% de parejas con VD trabajan ambos cónyuges, mientras que esta cifra es 9 p.p. mayor en parejas sin VD.

La principal dificultad para medir el efecto causal del estatus laboral de los miembros de la pareja en el riesgo de maltrato estriba en el potencial problema de endogeneidad por la existencia de características inobservables de ambos cónyuges, como rasgos de personalidad, que afectarían tanto a la probabilidad de VD como a la probabilidad de estar trabajando. Las simples diferencias en las tasas de maltrato según el estatus laboral de cada cónyuge no permitirían separar el efecto causal del estatus laboral del de dichas características inobservables. Para capturar la verdadera relación causa-efecto utilizamos información exógena sobre diferencias geográficas en las tasas de empleo y desempleo por edad y por sexo.

¿Qué efectos podemos esperar? Si estar trabajando fuera un mero indicador de disponibilidad de recursos económicos, el principal mecanismo entre falta de empleo y VD sería el estrés derivado de la escasez de recursos en el hogar. Cabría esperar entonces un efecto limitado del estatus laboral de cada cónyuge, una vez que se tiene en cuenta la renta del hogar. Pero si además de la cantidad absoluta de recursos disponibles en el hogar importa la contribución relativa de cada cónyuge (al afectar a su poder de negociación), el estatus laboral de la mujer podría afectar de manera diferente que el del hombre al riesgo de VD. Además, el estatus laboral del hombre podría jugar un rol "simbólico". Es el llamado efecto "backlash" (Macmillan y Gartner, 1999): el hombre puede sentir amenazado su papel dentro del hogar por no ser el sustentador principal, lo que aumentaría el riesgo de VD.

Nuestros resultados indican que, efectivamente, hay un efecto diferente del estatus laboral de la mujer y de su cónyuge. La Tabla 4 presenta los efectos marginales estimados sobre la probabilidad de sufrir VD. El principal factor en la reducción del riesgo de violencia física para la mujer es que el varón esté trabajando. Solamente en ese caso, el efecto moderador del empleo de la mujer sobre la VD se pone de manifiesto: que la mujer trabaje reduce la probabilidad de sufrir VD, tanto física como no física, en 2,5 y 4,9 p.p. respectivamente, pero sólo si el hombre está empleado.

Por otra parte, que el hombre trabaje reduce significativamente el riesgo de abuso físico en 2,9 y 1,9 p.p. dependiendo de que la mujer trabaje o no. Esto implica, según nuestros cálculos para 2006, que mientras que la probabilidad media de sufrir maltrato es del 3.9% en hogares en que el hombre no trabaja, dicha probabilidad bajaría al 2% en hogares en que solo el hombre trabaja y al 1% en hogares en que ambos cónyuges trabajan. En el caso de la VD no física, el hecho de que el hombre trabaje reduce su probabilidad solamente si la mujer trabaja también; la reducción media estimada es de 2.7 p.p., una magnitud sustancial dado que la tasa media de abuso no físico era del 8.2% en 2006.

Los resultados indican por tanto que el empoderamiento de la mujer por sí solo no garantiza una reducción del riesgo de maltrato (consistente con la teoría del backlash). Hace falta una actitud proactiva por parte del varón. Así, familias más igualitarias en términos de estatus laboral, en las que los dos miembros de la pareja trabajan, presentan la menor incidencia de la VD. Es más probable que estas parejas compartan valores que cuestionen los roles de género más tradicionales, particularmente los asociados al papel dominante del varón y su actitud ante la violencia.

Estos resultados sugieren en primer lugar medidas de política en el largo plazo, como políticas educativas encaminadas a promover la igualdad de género efectiva, que transmitan los valores de igualdad de género desde la infancia. Asimismo, se deberían promover políticas de igualdad que garanticen la autonomía y el empoderamiento de la mujer a través del empleo.

Pero nuestros resultados sugieren, en segundo lugar, la existencia de colectivos más vulnerables (parejas con mayor riesgo de exclusión social en las que el varón no trabaja), para las que es urgente implementar políticas en el corto plazo. Estas deben articularse en torno a la prevención y al reforzamiento legal de mecanismos preventivos de disuasión de la violencia, así como a la extensión de procedimientos de acogida y ayuda para las víctimas y sus hijos.

José Luis Ferreira es Profesor del Departamento de Economía de la Universidad Carlos III de Madrid y Doctor en Economía por Northwestern University, Illinois. Su investigación se centra en la teoría de juegos, la organización industrial, la economía experimental y la metodología.

Hay 15 comentarios
  • Me gustaría conocer si hay estudios de la incidencia del aumento de la inmigración en el incremento de este fenómeno en nuestra sociedad. A mi entender existe una falta de transparencia informativa en este aspecto que hace que el abordaje de esta lacra no se efectúe desde todos sus ángulos. Saludos

  • Hola Carlos:
    Las macroencuestas de VG son representativas de mujeres adultas residentes en España tanto a nivel nacional como regional, pero para tener representatividad por nacionalidad necesitarían tamaños muestrales mayores, lo que las haría muy costosas. Esta información no estaba disponible además para 1999, de manera que o la hemos podido tener en cuenta en nuestro análisis.
    Por otra parte, en el caso de España no parece que la inmigración haya tenido un efecto sustancial en la delincuencia, y mucho menos en los delitos graves. Puedes ver un resumen de un estudio de 2012 aquí: http://www.agenciasinc.es/Noticias/El-crecimiento-de-la-inmigracion-en-Espana-no-ha-provocado-mas-delincuencia
    Mi impresión, que coincide también para otros países (referido a la delincuencia en general, no necesariamente al abuso de género) es que el aspecto relevante es la condición socioeconómica y que, una vez tenida en cuenta, no deberíamos esperar un efecto importante de la nacionalidad.

  • http://wonkapistas.blogspot.com.es/2007/11/fallecidas-por-violencia-de-pareja-las.html?m=1

    Hace 10 años la tasa de fallecidas por violencia de pareja en extranjeras vs españolas era muy diferente. En aquellos años, las variaciones de población por inmigración hacían que el efecto composición fuera muy relvante y pudiera “ensuciar” las tendencias generales e aumentó o disminución de la violencia.

    Independientemente de que la variable “real” sea la nacionalidad o el nivel socioeconómico, lo cierto es que los flujos migratorios pueden ser relevantes de cara al análisis de la evolución temporal de la VG.

    • Muchas gracias por tu comentario.
      Desafortunadamente, la recogida sistematizada de datos sobre VG es relativamente reciente y, a mi juicio, muy mejorable todavía. Ello hace que no dispongamos de series históricas suficientemente largas ni de información que puede ser muy relevante.

      Además, resulta difícil, más allá de posibles correlaciones, extraer conclusiones sobre relación causa-efecto entre nacionalidad de víctima y victimario y VG.

      En el caso de bases datos individuales como las macroencuestas de VG se dispone de información relativamente escasa sobre los antecedentes de violencia familiar en la infancia de la entrevistada y, muy en particular, de su pareja masculina. Ello permitiría analizar aspectos relacionados con la transmisión intergeneracional de valores, como el uso de la violencia, que se ha sugerido en algunos estudios pero de los que hay muy escasa evidencia empírica. En general, sería muy interesante contar con mayor información sobre la pareja masculina de la entrevistada.

      También quiero insistir en que, por su propio objeto y por su diseño (entrevistas a una muestra representativa de mujeres mayores de edad residentes en España), las macroencuestas permiten analizar el fenómeno de los malos tratos en el seno de la pareja, pero NO su manifestación más extrema (el asesinato). Se trata de un fenómeno que requiere otro tipo de datos y para el que parece difícil realizar un análisis causal.

  • Hola,

    Enhorabuena por la entrada y por el artículo! Sin duda es un tema muy importante sobre el que todavía conocemos muy poco. Me uno a los demás lectores, analizar la cuestión de la nacionalidad sería muy interesante. Con los datos que manejáis, ¿sabéis si la religión juega algún papel?

    Por cierto, he pasado un buen rato buscando los microdatos de estas encuestas (1999, 2001, 2006 y 2011) pero no he tenido éxito (los de 2015 están en la web del CIS). ¿Dónde se pueden encontrar?

    Es una pena que, si bien estas encuestas tienen como objetivo permitir una mayor investigación sobre el tema, los datos sean tan difíciles de conseguir. Saludos.

    • Muchas gracias. por tus comentarios. Desde luego, hay mucho por estudiar. Y las herramientas empíricas que utilizamos los economistas y otros científicos sociales pueden ayudar a inferir efectos causales.

      Como ya he comentado en alguna respuesta anterior, los tamaños muestrales no son suficientemente elevados como para analizar conm precisión posibles efectos de la nacionalidad; además, la heterogeneidad cultural entre extranjeros es muy grande, y al separar por diversas nacionalidades se agravaría el problema de escasa precisión.

    • También es importante lo que comentas sobre la religión, que a priori nos pareció interesante. Sin embargo, en nuestro caso es poco relevante, probablemente por la forma en que se recoge la información, dado que en España una mayoría abrumadora se declaran católicos, sin más distinción -muy subjetiva- de practicante o no practicante. En las últimas macroencuestas se recoge cualquier otra religión, pero de nuevo estamos hablando de muy pocas observaciones de respecto a católicos (practicantes o no).
      Que sepamos, no hay muchos estudios al respecto.
      Una excepción interesante es un estudio reciente en la revista Psychology (http://file.scirp.org/Html/11-6901976_71987.htm) que utilizan datos representativos de mujeres de varios países para analizar si estar adscrita a una religión que prohíba el divorcio supone un riesgo mayor de violencia por parte de la pareja masculina.

    • Respecto a los microdatos, las macroencuestas de 1999, 2002 y 2006 fueron realizadas por la empresa SIGMA DOS por encargo del Instituto de la Mujer. En nuestro caso, el entonces Mº de Igualdad nos facilitó un contacto en la empresa SIGMA DOS, que finalmente nos facilitó los archivos de datos.
      Tanto la macroencuesta de 2011 como la de 2015 puede descargarse a través de la web del CIS, previo registro.

  • Enhorabuena por el artículo. Cuando nuevas olas de la encuesta de violencia de género estén disponibles, será interesante seguir la evolución del fenómeno. Por un lado, cada vez hay más concienciación social de esta lacra pero, por otro lado, mi impresión es que el mal uso de las nuevas tecnologías y de las redes sociales están llevando a que ciertos comportamientos de control sobre la pareja se estén normalizando entre los adolescentes. Sospecho que no hay en la encuesta información retrospectiva que permita analizar en la edad adulta los valores y comportamientos cuando los individuos eran adolescentes. Por otro lado, imagino que con los datos actuales es imposible seguir a los niños hijos de víctimas y analizar en qué medida pasar por esa situación en la infancia afecta a su desarrollo futuro. ¿Existen en otros países este tipo de datos? Saludos y gracias por la entrada.

    • Muchas gracias.
      La calidad de las macroencuestas ha ido mejorando, entre otras cosas desde que en 2011 se optó por una encuesta presencial, a pesar de que a cambio se ha reducido considerablemente el tamaño muestral. Pero también se aprecia que se ha ido aprendiendo sobre la información que debe recopilarse y cómo hacerlo. Sin embargo, cabe la preocupación de que los cambios metodológicos en las preguntas más sensibles puedan afectar a la comparabilidad en el tiempo.
      En todo caso, la asignatura pendiente sigue siendo recopilar mayor información retrospectiva sobre la mujer y sobre su pareja masculina, muy en particular durante la infancia de estos, que permitan medir su origen socioeconómico, por un lado, y la exposición a la violencia dentro de la familia, por otro. Desde luego, recopilar esa información no es una empresa fácil, lo que explica que, salvo muy contadas excepciones, no exista prácticamente información retrospectiva (particularmente, de los hogares respectivos donde se criaron la mujer y su pareja y de su exposición a la violencia).
      Es cierto que sí se ha hecho un esfuerzo al respecto en la última macroencuesta, incorporando información de exposición a la violencia de la mujer con anterioridad a los 15 años de edad.

    • También comparto tu preocupación respecto a los comportamientos de control de la pareja que se observan entre los adolescentes. Lo que no está tan claro es que reflejen un agravamiento de esta tendencia, y no una constatación de lo que había gracias a una recogida sistemática de datos que antes no se hacía. En todo caso, reflejan la importancia de la educación y de unos medios de comunicación responsables.

    • Muchas gracias, he leído hoy la entrevista y es, desde luego, muy interesante.
      Efectivamente, en el artículo, el entrevistado indica que aunque la intervención penal se centra en los sectores más desfavorecidos, cree que también hay razones culturales. Desde luego, las macroencuestas que hemos utilizado (centrado, eso sí, en otro objetivo) y otros datos disponibles no permiten analizar este aspecto con precisión.
      Sin duda, necesitamos más y mejores datos para poder determinar la magnitud del efecto de que la pareja sea de una cultura o nacionalidad determinada.
      Como en otros ámbitos, solo disponiendo de datos adecuados será posible evaluar de forma rigurosa y desapasionada en qué medida diferencias culturales asociadas a determinadas nacionalidades de origen afectan al riesgo de violencia, incluso más allá de diferencias socioeconómicas.
      Asimismo, el entrevistado incide en que, al igual que en nuestro trabajo, hay que ir más allá del ámbito penal y profundizar en otros como la educación, la sensibilización y la socialización en valores de igualdad.

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