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La elección de carrera y el eterno debate de naturaleza vs crianza

nature vs nurture

La falacia naturalista es muy sencilla de advertir: el ser no implica el deber ser. Sin embargo, es muy difícil de evitar. Cuando queremos abogar por la igualdad de derechos (así “debe ser”) a menudo queremos partir de que todos los seres humanos somos iguales biológicamente, porque eso justificaría que lo fuéramos ante la ley. Es una falacia, porque podemos ser distintos o iguales en lo primero sin que ello implique que debamos serlo o no en lo segundo. Como eso no es posible, puesto que observamos claras diferencias físicas y mentales, matizamos lo anterior diciendo que las diferencias biológicas que se encuentran en un grupo de seres humanos son las mismas que en otro grupo. Hay africanos muy hábiles para la música y otros muy torpes. Sí, pero exactamente igual que los europeos. En algún momento algunos tomaron las diferencias de desarrollo entre los dos continentes, tal vez debidas a razones sociales o ambientales, como prueba de diferencias biológicas. Las terribles consecuencias que a lo largo de la historia han tenido las creencias sobre diferencias biológicas explican que se deba hablar de ellas con suma cautela, pero no que no se deba hablar y, mucho menos, que no se deban estudiar. A la vista de la historia de la humanidad es de agradecer que los estudios hayan logrado establecer una igualdad biológica muy grande entre grupos humanos. La historia habría sido todavía peor de haber habido una mayor desigualdad, mientras que las esperanzas de ver reducido todo tipo de discriminación en el futuro serían seguramente menores. Las diferencias entre lo que se conocía como razas son tan superficiales que el término ha caído en desuso para los biólogos. No lo ha hecho para los sociólogos, que todavía tienen que estudiar el racismo a pesar de que no existan razas biológicas, porque sí que existen razas en la percepción del racista. Las diferencias entre sexos, aparte de las obvias del aparato reproductor, también se antojan no importantes o inexistentes en lo físico y en lo mental. Hay mujeres con gran habilidad para la medicina y otras con poca. Sí, pero exactamente igual que ocurre entre los hombres.

Si lo anterior es cierto, ¿por qué hay más mujeres que hombres estudiando Medicina? Hay, por lo menos, dos grupos de hipótesis explicativas no excluyentes que normalmente se debaten: (i) tal vez estemos equivocados y sí haya diferencias después de todo y la tendencia innata a interesarse por la Medicina es mayor en las mujeres que en los hombres, y (ii) hay una presión social por la cual las mujeres tienden a elegir Medicina en mayor medida que los hombres. Cunde en la sociedad la idea de que la hipótesis cierta debe ser (ii) y, con ella, la idea de que cualquier intento de estudiar la posibilidad de que (i) también lo sea es parte de una agenda para justificar las discriminaciones causadas por la hipótesis (ii). ¿Cómo podemos dilucidar la cuestión?

En el debate “naturaleza versus crianza” han adquirido protagonismo los estudios realizados sobre poblaciones en las que podemos aislar ambas influencias. Dos gemelos idénticos comparten naturaleza al 100%. Si tenemos una muestra de gemelos idénticos criados juntos y otra de gemelos idénticos separados al nacer podremos empezar a tener alguna idea de la influencia de ambas hipótesis explicativas sobre el comportamiento de las personas. También podemos jugar con gemelos no idénticos y con hermanos biológicos o adoptados para aprovechar distintos grados de naturaleza y crianza compartidos. Estos son los estudios que ha popularizado, por ejemplo, Steven Pinker en su libro La Tabla Rasa y es el tipo de estudios a los que apelaba el ingeniero de Google que intentaba explicar la escasa presencia de mujeres en la Ingeniería Informática. El problema es que, aunque esos estudios sí encuentran diferencias innatas en la manera en que hombres y mujeres tienden a tomar decisiones sobre cómo llevar su vida, y aunque intuitivamente estas diferencias podrían explicar la distinta presencia en cada carrera, la relación entre una cosa y otra no está establecida. Al fin y al cabo, esas mismas intuiciones habrían explicado hace tan solo unos años por qué no había mujeres que estudiaran Derecho. Así, unas preguntas relevantes serían: ¿qué hay distinto entre un tipo de carreras y otras para que hombres y mujeres tiendan a preferirlas en distinta medida? ¿Esa distinción apunta a una causa social o innata? Si es social ¿es algo deliberado o involuntario? Y si es involuntario ¿de qué depende? Distintos diagnósticos implicarán distintas respuestas. Además de las hipótesis de discriminación activa están las hipótesis de dinámicas sociales que terminan en segregación incluso si ninguno de los individuos tiene preferencias por la discriminación o la segregación, e incluso si todos los individuos tienen preferencias marcadas a favor de la diversidad. El modelo de segregación de Schelling es un ejemplo muy sencillo de cómo tal cosa puede ocurrir (aquí lo expliqué). Por otra parte, si son tendencias innatas ¿qué problema hay? Tenemos más mujeres que hombres en Medicina y menos en Informática, ¿impide eso que podamos vivir en igualdad?

Hay otro tipo de estudios en el debate “naturaleza versus crianza” que son menos conocidos y que aprovechan los modelos econométricos desarrollados en la ciencia económica. Recientemente, el economista Bruce Sacerdote, de Dartmouth College, publicó en el Handbook of Social Economics un amplio trabajo en el que mostraba el estado de la cuestión en la literatura que usa este enfoque. Antes que nada, Sacerdote justifica estos estudios como alternativa o complemento a los anteriores, que presentan importantes restricciones metodológicas. Por ejemplo, en el caso de la comparación entre gemelos separados y no separados al nacer se hace necesario que la causa de la separación sea independiente de la variable que se está estudiando. El modelo econométrico se basa en encontrar coeficientes de transmisión de una característica del padre o la madre a cada uno de los hijos en una regresión. En ella, una variable se intenta explicar mediante un conjunto de otras variables explicativas. Las técnicas econométricas permiten lidiar con una gran variedad de posibles problemas en los datos. Para algunas características estos estudios tienden a encontrar algo más de peso para las hipótesis ambientales y sociales que los anteriores.

Transmission coefficients

Figura 1

La Figura 1 muestra los coeficientes de una regresión de las medidas en varias variables del hijo sobre las de la madre para adoptivos (eje horizontal) y no adoptivos (eje vertical) para nueve diferentes variables. El patrón que se observa es que las características físicas como la obesidad y la altura muestran poca transmisión entre padres e hijos adoptivos, mientras que las sociales, como el fumar o beber moderadamente, muestran una transmisión similar desde los padres biológicos y adoptivos, mientras que la educación está en un lugar intermedio.

¿Y la transmisión de la carrera elegida? Me temo que sigamos sin datos sobre esto. Tanto los estudios econométricos como los estadísticos sobre el debate “naturaleza versus crianza” están empezando. Llevamos poco tiempo estudiando el tema y llevamos también demasiado poco tiempo viendo cómo se pasa de una sociedad que discrimina explícitamente a las mujeres a otra que no lo hace como para dar por válida ya alguna de las hipótesis.

Mi posición personal es que, en ausencia de una explicación establecida científicamente, la acción social y política debe inclinarse por la de menos daño. Recordando de nuevo la historia, me inclino por que de momento, y mientras que no haya datos concluyentes en contra, trabajemos con la hipótesis de que hombres y mujeres tienen inclinaciones innatas parecidas en la elección de carreras. Esto no quiere decir que haya que obligar a que cada carrera tenga las mismas cuotas por sexo (o por género), pero sí que justificaría alguna acción que incentive una mayor presencia del grupo infra-representado allí donde la diferencia es muy grande, como se ha podido hacer en otras instancias.