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El Negacionismo Económico

En la entrada de hoy les voy hablar de un pequeño gran libro de reciente publicación en España: El Negacionismo Económico, de Pierre Cahuc y André Zylberberg.

En este libro, que ya ha generado un gran debate en Francia, los autores sostienen lo siguiente:

1. La manera de acumular conocimiento en Economía debe basarse en las validaciones o refutaciones empíricas de las distintas hipótesis.

2. Algunas hipótesis han conseguido suficiente validación como para que no planteen dudas razonables y otras han conseguido suficiente refutación como para abandonarlas.

3. Mantener creencias contrarias al conocimiento así alcanzado significa ejercer un negacionismo similar al que se ejerce contra los estudios que confirman el cambio climático, inculcando en la sociedad la idea de un debate científico donde no lo hay.

En este tipo de situaciones encuentro didáctico explicar tanto lo que se dice como lo que no se dice. En este libro no se dice ni se insinúa, por ejemplo, que la Economía tenga la precisión ni la universalidad de la Física, ni que un sistema económico funcione como un organismo biológico (como aquí y aquí le achacan); solo dice que comparte con la Física el uso del método científico y con la Medicina, el requerimiento adicional de grupos de control para sus estudios empíricos. Tampoco se erigen en defensores del modelo neoclásico ni de una ideología en particular. De hecho, tras leer el libro lo único que uno saca en claro acerca de la ideología de sus autores es que desean que las políticas públicas sobre asuntos económicos se basen en evidencias y no en prejuicios.

Todavía más sorprendente es que se les acuse de tachar a Krugman, Stiglitz y Piketty de heterodoxos anticientíficos. El primero solo es nombrado una vez opinando sobre el programa de estímulos de Obama, contraponiéndolo a otros economistas como Buchanan y Prescott que mantenían opiniones contrarias, para, después de analizar los estudios sobre el tema, concluir de qué manera el valor de los multiplicadores del gasto público depende de distintas circunstancias. Por el mismo motivo podía haberse dicho que llaman heterodoxos también a esos otros economistas. De Stiglitz cita su opinión sobre cuándo puede ser sensata la tasa Tobin; en este caso los autores encuentran que la evidencia empírica le da la razón en unos casos y no en otros. Finalmente, de Piketty los autores toman prestadas precisamente varias de las evidencias empíricas que este autor pone de manifiesto en sus trabajos.

El libro es muy breve, de apenas un centenar de páginas, pero consigue explicar muy bien su tesis, y lo hace con ejemplos de la mayor trascendencia. ¿Cuál es la mejor manera de ayudar a los menos favorecidos? ¿Cuáles son las consecuencias de aumentar el salario mínimo? ¿Qué consiguen realmente las políticas industriales? ¿Es el sector financiero un casino o un factor de crecimiento? ¿Qué sabemos de la tasa Tobin? ¿Cuál es la relación entre impuestos y crecimiento? ¿Y entre gasto público y crecimiento? ¿Cuáles son las consecuencias de las políticas de reparto del trabajo?

La importancia de estas cuestiones es causa de que se presten a manipulaciones por motivos ideológicos o de interés personal. Por ejemplo, entender el problema del desempleo como uno de los más importantes en la sociedad que lo padece es sin duda una posición ideológica. Decir que el reparto de trabajo, por ejemplo a través de la reducción de la jornada en Francia desde las 35 horas a las 30, hará disminuir el desempleo es una afirmación que deberá confrontarse con la evidencia empírica. Hay teorías sobre el funcionamiento del mercado de trabajo que parecen adelantar que, efectivamente, creará empleo y otras que dicen lo contrario. Decidir entre ellas no puede ser un debate ideológico por más que algunas opciones políticas se hayan encariñado más con unas u otras teorías. Cahuc y Zylberberg nos conducen por una muestra de estudios que han conseguido aislar el efecto del reparto del trabajo de otras medidas para poder establecer un nexo causal con notable confianza. Estos trabajos se basan en los distintos experimentos naturales que ocurren cuando se toman estas medidas y afectan a distintos colectivos de distinta manera. Por ejemplo, aprovechando que tenía unas fiestas distintas que el resto de Francia, la región de Alsace-Moselle adaptó una legislación sobre reducción de jornada contando esas fiestas como parte de la reducción. Es decir, que la misma ley provocó que en unas zonas se redujera efectivamente más la jornada que en otras, creando un experimento natural. Pues bien, los estudios mostrados encuentran una y otra vez que la política del reparto del trabajo no solo no hace disminuir en el desempleo, sino que a menudo impedirá un buen aprovechamiento de la productividad de la economía. Ocurre con la disminución de la jornada de trabajo, con las jubilaciones anticipadas, con la limitación a la entrada de inmigrantes y con el impedimento al desarrollo de las nuevas tecnologías. Y ocurre también que estos trabajos permiten avanzar en los mecanismos de funcionamiento de la economía por los cuales se tienen esas consecuencias. (En estas páginas venimos hablamos de ello hace tiempo: aquí).

Al leer el libro, un buen ejercicio es preguntarse si los autores no habrán escogido los estudios que favorecen esta hipótesis y no se estarán olvidando de otros que dicen lo contrario. Para ello está la comunidad de economistas comprometidos con el método científico, que acabarían rechazando esa conclusión si así lo dijera la evidencia disponible. Según los autores, tales estudios no existen, por lo menos, no en el ámbito científico. Todos los argumentos que los políticos han usado alguna vez para defender sus medidas de reparto de trabajo estaban basados en opiniones y en informes sin la mínima calidad. En cualquier caso, el lector no tiene por qué creer lo que digan estos autores, bastará que indague justamente sobre la calidad científica de los trabajos que respaldan una u otra hipótesis. Los currículums de los investigadores son públicos, los trabajos referenciados están publicados en buenas revistas y están verificados por otros trabajos o no lo están y la calidad de las publicaciones también es pública. A no ser que haya una conspiración endiablada de decenas de universidades en distintos países, editores y asociaciones de economistas, con lo anterior debería ser suficiente para decantarse por una u otra hipótesis.

No todos los casos presentan evidencias tan claras. Por ejemplo, cuando exponen el caso de Islandia, que decidió no tasar con el impuesto sobre la renta los ingresos de todo un año por razones de cambio en el sistema fiscal, los efectos encontrados son difícilmente extrapolables a cambios permanentes. De igual manera que la relación entre precio y cantidad vendida durante las rebajas no es buena evidencia para hablar de cómo sería esa relación si las rebajas duraran todo el año todos los años. Es la acumulación de datos y su análisis lo que al final nos dará una visión cabal de las relaciones causales.

Por razones de autoría, el libro se centra en Francia, pero también abarca otros países europeos, entre ellos España, y del resto del mundo. En nuestro país tenemos unos cuantos grupos negacionistas. Unos niegan que tengamos un problema con las pensiones, y sostienen que decirlo es parte de una confabulación para vender planes privados; otros niegan que el problema del desempleo sea tan grave, puesto que hay muchas personas trabajando en la economía sumergida; otros más niegan la relevancia de los fallos de mercado porque ya saben que los públicos son siempre peores, y todavía otros niegan las consecuencias negativas de la incertidumbre política en la economía.

Muy a menudo, calificarse como heterodoxo en Economía solo implica una excusa para no someterse a la revisión por pares en las revistas académicas y esconder la baja calidad metodológica. Negando la posibilidad de usar el método científico en Economía será más fácil introducir la ideología propia. En Economía hay mucho por hacer y hay muchas discrepancias de opinión sobre qué hipótesis se decantará como cierta en todo aquello que no sabemos. Acierten o no los autores a la hora de valorar qué hipótesis tienen ya suficiente apoyo empírico, su libro añade más argumentos a la idea de que las políticas deben basarse en las evidencia.