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Más allá del PIB (Parte II)

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Este post ha sido escrito conjuntamente con Rafael Doménech

Terminamos la primera entrega de esta entrada sobre el PIB prometiendo hablar de la relación entre consumo y felicidad. En esta segunda parte se discuten algunas ideas al respecto.

Supongamos que un elevado consumo en el presente (asociado, caeteris paribus, con un elevado bienestar) se consiguiera a costa de una reducción en los activos de los que depende la generación de ingreso y consumo futuros. Entonces una mejora en el bienestar como la estimada por Jones y Klenow (2016) para las economías desarrolladas, podría no ser más que una ilusión pasajera. Un buen ejemplo lo representa la situación de España antes de la crisis. Por otra parte, si un ingreso más elevado no se asociara con cuotas más altas de felicidad, al centrar nuestra atención sólo en funciones de utilidad que dependen monotónicamente de niveles de consumo que crecen con la renta, estaríamos errando completamente el tiro. En estas circunstancias, posiblemente tanto los objetivos como los instrumentos de las políticas económicas tendrían que redefinirse. La primera de estas críticas está relacionada con el crecimiento sostenible. La segunda con la paradoja de Easterlin.

Crecimiento sostenible

El Gráfico 1, obtenido del Global Footprint Network, sirve para ilustrar la primera idea. El valor de la línea negra en la actualidad significa que la humanidad está utilizando el equivalente a 1,6 tierras para proporcionar los recursos que necesita al año para producir y absorber los residuos, si estos recursos se regeneraran completamente cada año. O en otras palabras, a la tierra ella solita le cuesta un año y siete meses regenerar los recursos naturales que consumimos en un año. Y esta huella ecológica irá en aumento si no se reducen significativamente las emisiones de gases de efecto invernadero.

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Gráfico 1: Recursos necesarios para mantener la humanidad. Fuente: Global Footprint Network

En qué medida el bienestar futuro se verá afectado por la sobreexplotación de recursos naturales y el cambio climático, o si los futuros avances tecnológicos serán suficientes como para contrarrestar sus potenciales efectos queda fuera de los objetivos de este artículo. Pero resulta obvio que tanto el PIB como la medida de bienestar propuesta por Jones y Klenow, que ya vimos en la anterior entrega que se relacionaba estrechamente con el PIB, no proporcionan información del stock de activos de las economías, ni de su capacidad para mejorar el bienestar en el futuro. Sin medidas del bienestar que tengan en cuenta también los cambios, por ejemplo, en el capital humano y los recursos naturales, no podríamos relacionar el crecimiento del PIB con el bienestar de las generaciones presentes y venideras.

Un marco de análisis adecuado para abordar la cuestión de la sostenibilidad consiste en plantear una función de bienestar social intertemporal, como hacen Kenneth Arrow, Partha Dasgupta y otros economistas en este artículo de 2012. Esta función se representa por el flujo descontado de la felicidad de las generaciones presentes y futuras. Su valor a lo largo del tiempo depende del stock inicial de activos que la economía tiene en un momento inicial t (entendidos estos activos en un sentido muy amplio, para incluir el capital humano y distintos tipos de recursos naturales), de la tecnología y de las decisiones que los agentes económicos hacen desde el presente en adelante sobre cómo asignar el output entre inversión y consumo.

Si una sociedad decide consumir mucho en el presente, su volumen de activos se deteriorará y necesariamente tendrá que reducir su consumo (y su bienestar) en el futuro. De forma intuitiva, el desarrollo económico es sostenible cuando el valor de esta función de bienestar social intertemporal no se reduce a medida que transcurre el tiempo.

Definamos ahora la riqueza global (comprehensive wealth) de una sociedad como el valor sombra de todos sus activos. Es decir, la suma del stock de los distintos activos de la economía valorados de acuerdo con la contribución que la variación de cada uno de esos activos produce sobre el bienestar social intertemporal. Arrow et al. demuestran que para medir la sostenibilidad del crecimiento en un periodo de tiempo dado hay que obtener la diferencia de esta riqueza global y deducir las ganancias de capital derivadas durante el periodo, como consecuencia de la variación sufrida por los precios de los activos. A la tasa de crecimiento resultante podemos llamarla tasa de crecimiento sostenible, de manera que una tasa negativa representa un claro problema de sostenibilidad.

Estos autores ofrecen una metodología para estimar la tasa de crecimiento sostenible entre el periodo 1995-2000 para 5 países, entre los que están EE.UU. y tres BRIC. El Cuadro que reproducimos más abajo resume parte de sus resultados. La columna 1 sería la estimación de la tasa media de crecimiento sostenible teniendo en cuenta el crecimiento de la riqueza global, como se ha explicado arriba. Esta riqueza global se ha calculado a partir de estimaciones del valor de los recursos naturales (que incluyen las energías no renovables – petróleo y gas natural -, ocho diferentes tipos de minerales, la madera y otros recursos obtenidos de los bosques, y la tierra, cuya dotación permanece fija). Además de los recursos naturales, la riqueza global incluye también el capital reproducible, el capital humano, y el capital medioambiental (como las emisiones de CO2 que comentamos al principio). La columna 5 aplica la corrección correspondiente por el crecimiento de la población y el progreso técnico. Estas cifras se pueden comparar con el crecimiento del PIB per cápita en la última columna.

La correlación entre el crecimiento sostenible per cápita y el del PIB per cápita para estos 5 países es muy elevada (0,98). Todos los países considerados excepto Venezuela satisfacen el criterio de sostenibilidad aunque, una vez implementadas las correcciones oportunas, las tasas de crecimiento sostenible quedan notablemente por debajo de la registrada por el PIB per cápita. En el caso de Venezuela, la escasa inversión en capital reproducible y humano, junto con el valor negativo de la tasa de progreso técnico, explica su calamitoso resultado.

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Esta metodología es también la base para la elaboración del Inclusive Wealth Report (IWR) de las Naciones Unidas, que en el año 2014 proporcionaba información de 140 países. A modo de ejemplo, en la página 52 de este informe se indica que la tasa de crecimiento media anual del IWR per cápita ajustado de España (el equivalente a la columna 5 del cuadro anterior) fue del 1,9% entre el año 1990 y 2010, cuatro décimas por encima del crecimiento de la renta per cápita (que se vio afectada por las caídas de 2008 a 2010, ya que hasta 2007 el crecimiento medio fue del 2,1%).

Renta y felicidad

Sin embargo, todos los indicadores que hemos comentado en estas dos entregas, desde el PIB hasta la medida de riqueza inclusiva, pasando por la de bienestar de Jones y Klenow, carecerían de importancia si la felicidad y el consumo (o el ingreso) no guardaran ninguna relación entre sí. Se trata ésta de una cuestión empírica de gran relevancia que se ha abordado en la literatura utilizando medidas subjetivas de felicidad.

En 1974 el economista Richard Easterlin incluyó el gráfico que se muestra a continuación en su artículo “Does Economic Growth Improve the Human Lot? Some Empirical Evidence” con motivo de unos ensayos en honor a Moses Abramovitz. Como se observa en el gráfico, no existe ninguna relación entre el PIB per cápita que alcanza un país y el nivel de felicidad que reportan sus habitantes, lo que dio lugar a la conocida como “paradoja de Easterlin”.

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Gráfico 2: índice de felicidad individual y PNB per cápita, 14 países hacia 1960. Fuente: Easterlin (1974).

Existen otras versiones más “suaves” de esta paradoja, como la que afirma que hay un umbral de ingresos a partir del cual la felicidad ya no se relaciona con el ingreso, o lo hace de una manera mucho más débil que antes del umbral.

Algunos economistas en la órbita del CEPR y la LSE, como Richard Layard y Andrew Clark defienden la vigencia de la paradoja de Easterlin. En un reciente post en VOX, siguiendo la estela de otros influyentes artículos (por ejemplo, aquí, aquí o en el World Happiness Report 2016), estos y otros autores sostienen que los movimientos de la felicidad (línea punteada) y del PIB per cápita (línea continua) no guardan ninguna relación, como se observa en los gráficos siguientes.

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Gráfico 3: Renta media y bienestar a lo largo del tiempo. Fuente:  Clark, Fleche, Layard, Powdthavee y Ward (2016).

Los trabajos de Layard y coautores han sido contundentemente rebatidos por otros economistas como Angus Deaton, Betsey Stevenson y Justin Wolfers. En este trabajo, Stevenson y Wolfers tratan de desmontar las distintas versiones de la paradoja de Easterlin. En el Gráfico 4 se representa la relación entre los niveles de satisfacción con la vida, agregados de las cinco olas del Gallup World Poll entre 2008 y 2012, y el logaritmo del PIB per cápita para 155 países. La correlación entre ambas variables es de 0,79. La línea negra continua corresponde a una regresión simple, la línea roja punteada se corresponde con un ajuste no paramétrico a partir de una regresión lineal local, y la línea discontinua verde muestra el resultado del ajuste de una regresión con una discontinuidad en un nivel de renta per cápita de 15.000$. El cumplimiento de la versión más débil de la paradoja de Easterlin supondría que las líneas roja y verde tendrían que hacerse más planas para los niveles más altos de renta, algo que no se observa en el gráfico extraído del artículo.

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Gráfico 4: Satisfacción con la vida y PIB per cápita a lo largo del mundo. Fuente: Stevenson y Wolfers (2013).

Estos autores también estiman dentro de cada país la relación entre ingreso y felicidad planteando una regresión similar a la que da lugar a la línea verde discontinua del gráfico 4. Los resultados de estas regresiones (para los 98 países en los que existen al menos 200 observaciones por encima y por debajo de los 15.000$) se ofrecen en el Gráfico 5 mostrado más abajo. En el eje de ordenadas se representa el coeficiente de regresión en cada país para los más ricos, y en el eje de abscisas el coeficiente para los menos ricos.

Si la felicidad de los ricos no dependiera del ingreso, como afirma una de las versiones de la paradoja, los puntos representados en el gráfico deberían caer sobre una línea horizontal. Si la felicidad de los más ricos dependiera menos del ingreso que la de los menos ricos, según la versión más suave de la paradoja, los puntos deberían situarse por debajo de la línea de 45 grados. Ni lo uno ni lo otro sucede en los resultados mostrados, y por lo tanto los autores concluyen que la paradoja de Easterlin no es admisible a nivel empírico (un análisis de sensibilidad con distintas bases de datos y distintos periodos no cambia estos resultados).

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Gráfico 5: coeficientes de regresión de la felicidad sobre la renta per cápita de los individuos con más (eje vertical) y menos renta (eje horizontal) a lo largo del mundo.
Fuente: Stevenson y Wolfers (2013).

¿Cómo podemos casar ambas evidencias? Si nos fijamos en el tipo de datos que utilizan estos dos enfoques pronto caemos en la cuenta de que, en general, los estudios que sustentan la vigencia de la paradoja de Easterlin se basan en las comparaciones temporales, mientras que los que la cuestionan ofrecen evidencia con comparaciones en un momento dado entre países e individuos. Como señalaban Clark, Frijters y Shields en su panorámica de 2008, los resultados aparentemente contradictorios de estos dos enfoques son consistentes con la presencia de términos relativos en la función de utilidad, de manera que lo que verdaderamente importa en términos de felicidad no es el nivel absoluto de ingreso de una persona, sino cómo se compara el ingreso, el consumo o cualquier otro determinante del bienestar, con el de otras personas (comparación social) o con su propio pasado (hábitos).

Eduard Punset (2005) ya indicaba que la felicidad es realmente una emoción transitoria, bien porque nos acostumbramos rápidamente a ella o porque vemos que otros mejoran más que nosotros (algo parecido a lo que ocurre en el experimento de los monos capuchinos de Sarah Brosnan y Frans de Waal, aunque no se pueda extrapolar directamente a los seres humanos). La presencia de hábitos plantea el problema de cómo medir los niveles de felicidad en las encuestas de satisfacción personal a lo largo del tiempo. De hecho sabemos (por ejemplo aquí) que las encuestas sobre la confianza de los consumidores está más estrechamente relacionadas con el crecimiento del PIB que con su nivel.

Conclusión

Para finalizar, y a modo de conclusión, en esta doble entrega hemos argumentado que aunque el PIB es un indicador imperfecto de la felicidad de la población a la que representa, sigue siendo una medida útil para valorar el bienestar si se complementa con otros indicadores (como se hace, por ejemplo, en este post reciente de Leandro Prados de la Escosura, o en el libro En Busca de la Prosperidad con Javier Andrés). Bienestar y renta guardan una estrecha relación cuando se utilizan datos micro o cuando se comparan países en un momento del tiempo. En particular, nos hemos centrado en presentar algunos avances recientes a nivel metodológico y empírico que pueden ser muy útiles para ir rellenando la brecha entre PIB y felicidad.

Robert Kennedy declaró en un discurso pronunciado en la Universidad de Kansas, el 18 de Marzo de 1968:

“Yet the gross national product does not allow for the health of our children, the quality of their education or the joy of their play. It does not include the beauty of our poetry or the strength of our marriages, the intelligence of our public debate or the integrity of our public officials.”

Difícilmente un indicador de bienestar agregado puede captar todos los matices que contribuyen a la felicidad de las personas. Pero dado el amplísimo número de estudios existentes que apenas hemos podido esbozar aquí, el análisis de otros indicadores, aproximaciones e interacciones con otras ciencias sociales y naturales, para medir el nivel de desarrollo y bienestar de las sociedades, merecería la atención de una entrada futura en este blog.