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¿Está la macroeconomía tan enferma?

nazgul

Three Rings for the Elven-kings under the sky,
Seven for the Dwarf-lords in their halls of stone,
Nine for Mortal Men doomed to die,
One for the Dark Lord on his dark throne
In the Land of Mordor where the Shadows lie.
One Ring to rule them all, One Ring to find them,
One Ring to bring them all, and in the darkness bind them,
In the Land of Mordor where the Shadows lie

J.R.R. Tolkien, The Lord of the Rings

En las última semanas Nada es Gratis se ha hecho eco de un debate vivo pero con mucha aristas sobre el estado actual de la economía, su capacidad real para mejorar nuestro conocimiento de los problemas económicos y proponer soluciones, el mejor método para aproximarse a estos problemas, o los peligros de que algunas enfermedades económicas se extiendan en el futuro. Aspectos relacionados se han tocado en las entradas de Santiago Sánchez-Pagés (aquí), Libetad González (aquí), Marcel Jansen y Pedro Rey Biel (aquí), y Juan Francisco Jimeno (aquí). La suma de las versiones más negativas del debate dibujarían un páramo infestado de muertos vivientes, economistas sin vida y sin alma que han perecido atragantados con alguna de las ecuaciones de sus modelos inútiles o, peor aún, por la mordedura de uno de esos zombis que controlan los instrumentos de los que se sirve el mainstream para difundir su podredumbre.

Y si en medio de ese campo desolado existe un lugar en el que la degradación se ha extendido en grado sumo, ese sitio se llama macroeconomía, absolutamente desenfocada en sus propósitos, ajena a la realidad que pretende explicar, e incapaz de garantizar un mínimo de confianza en sus predicciones. Tierra de disputas y de luchas intestinas entre los propios muertos.

Aunque deliberadamente tremendista, la imagen proyectada por esta introducción no está tan alejada de la que han querido trasladar una parte de los participantes en el debate sobre el estado de la macroeconomía. La sombra espesa de la Gran Recesión escondía también el vuelo exterminador de los Nazgûl, poderosos espectros alados que desde las tierras de Mordor anunciaban con sus gritos el fin de los DSGE (véase, por ejemplo, la nota de Paul Krugman al respecto y la respuesta de John Cochrane).

El Washington Post acaba de publicar en su blog Monkey Cage un artículo del politólogo Henry Farrell con el cariñoso título “Los economistas están discutiendo sobre cómo su profesión se arruinó durante la Gran Recesión. Esto es lo que sucedió”.  Pese a lo que el título promete, el contenido de la nota es bastante decepcionante, pues no explica cómo los economistas hemos acabado vagando por un patatal metodológico, la camisa hecha unos zorros, la mirada extraviada y emitiendo sonidos guturales que nadie entiende. Más bien lo que el artículo hace es tratar de identificar la influencia real que los macroeconomistas ejercieron en las políticas de austeridad. Su conclusión es que salvo en circunstancias excepcionales (cuando los economistas hablan con una sola voz) no son los economistas los que influyen sobre los políticos, sino que son los actores de la política económica los que influyen sobre un conjunto seleccionado de economistas, que se convierten en los mensajeros de sus intereses, en una simbiosis en la que ganan las dos partes.

Esta explicación sociológica, que se podría generalizar diciendo que hay economistas que tienen su público, al que sirven y del que se sirven, estaría detrás, según Farrell, del encumbramiento y publicidad por el poder de trabajos como los de Alberto Alesina, firme defensor de la austeridad. Imaginemos que aceptamos esta hipótesis. Por la misma razón, podríamos añadir, las opiniones y juicios de valor de otros grandes economistas, bien identificados, tendrían su propio público en otra parte del espectro político, cuyos intereses defenderían con sus argumentos y de cuya publicidad también se aprovecharían. Desde esta perspectiva, y sobre el terreno de las opiniones y juicios de valor, no podríamos hablar de buenos y malos economistas por su exposición a los intereses políticos, y esto sería así incluso en la liga de los grandes economistas.

¿Qué le pasa a la macroeconomía? ¿De verdad está tan enferma? ¿Necesita una sangría para olvidar lo aprendido en las últimas décadas y empezar de nuevo? ¿Deberían los macroeconomistas dejar de relacionarse con el mundo de la política y centrarse en la espiritualidad de los modelos puros? ¿Qué tipo de modelos macroeconómicos queremos para el futuro? ¿Necesitamos más contadores de fábulas o más malabaristas de los números?

Voy a darles dos buenas noticias y una mala. La primera buena noticia es que voy a responder a estas cuestiones. La segunda es que lo voy a hacer utilizando los argumentos de unos ensayos/notas recientes de Ricardo Reis y Olivier Blanchard, dos economistas de generaciones distintas y reconocido prestigio, uno que acaba de entrar en el debate y otro que lleva años en él, pero que comparten una visión positiva del futuro de la macroeconomía, y ofrecen soluciones no excluyentes. La mala noticia es que esta entrada será un poco más extensa de lo habitual.

Ricardo Reis en el ensayo que ha inspirado el título de esta entrada, Is something really wrong with macroeconomics? empieza reconociendo que hay infinidad de aspectos en la macroeconomía que están mal. Si aceptáramos que todo está bien, seguir investigando no tendría sentido, ni en macroeconomía ni en ningún área o disciplina de las ciencias sociales o naturales. Los investigadores son precisamente expertos en identificar dónde el estado del conocimiento se queda corto, o directamente falla para explicar la realidad, e intentar rellenar el hueco. A partir de aquí, el mérito de Reis (y Blanchard) es saber separarse de la natural tendencia de los participantes en el debate a proponer direcciones de mejora que, de modo nada sorprendente, coinciden con lo que cada uno mejor sabe hacer. En palabras de Reis: “my goal is not to claim that there is not disease, but rather to evaluate existing diagnoses, so that changes and progress are made in a productive direction” (p. 2).

Sobre la enfermedad de la macroeconomía

La caricatura que se traslada del state of the art en macroeconomía es la siguiente: en los modelos, que son súper abstractos, sólo existen los agentes representativos y las expectativas con previsión perfecta, se desprecian las cuestiones de desigualdad, se obvia la relevancia de los mercados financieros, los contratos hipotecarios, el papel de la vivienda o los bancos, se ignoran las cuestiones de identificación y jamás se baja al nivel de los datos microeconómicos.

Para analizar el alcance real de estas críticas Reis primero observa a qué dedican los jóvenes macroeconomistas más brillantes sus esfuerzos investigadores. Los editores de la Review of Economic Studies seleccionan cada año a seis jóvenes economistas a los que invitan a hacer un tour por algunas instituciones europeas y presentar su job market paper. El jurado es heterogéneo y cambia cada año, por lo que se reduce el sesgo de selección. El trabajo de los ocho jóvenes macroeconomistas seleccionados en los últimos años (con tesis en Northwestern, MIT, Chicago, Penn, NYU, Berkeley y Yale) ofrece una muestra de los derroteros que la macroeconomía moderna está tomando hoy en día. Lo que se observa es una mezcla de teoría y evidencia, de datos agregados y microdatos, de innovaciones metodológicas y preguntas relevantes desde el punto de vista de la política económica.

La muestra anterior de jóvenes promesas en macroeconomía es reducida y elitista por lo que Reis presenta evidencia adicional a partir de los artículos publicados en el último número del Journal of Monetary Economics, una de las revistas punteras de macroeconomía, donde se puede encontrar toda una diversidad de trabajos macroeconómicos, originales y alejados de los estereotipos utilizados por los críticos en sus ataques. Más aún, si la macroeconomía estuviera en crisis, las mejores revistas publicarían lentamente menos artículos de macroeconomía y las grandes universidades ofrecerían paulatinamente menos puestos para macroeconomistas. Sobre lo segundo Reis encuentra que el porcentaje de vacantes para macroeconomistas se ha mantenido constante a lo largo de los últimos 15 años. En cuanto a lo primero, las cifras muestran que el porcentaje de trabajos macro publicados en las revistas oficiales de las asociaciones de economía americana y europea, el AER y el JEEA (a las que se añade el NBER para tener una imagen más inmediata de la investigación) han crecido a un ritmo constante desde el año 2000, y que los artículos de macro financiera (esa cosa que según los críticos no existe) han crecido todavía más, incluso en los siete años anteriores a la crisis.

La imagen real es más bien la de una dinámica del conocimiento en macroeconomía bastante saludable, lejos de la senda de la autodestrucción que auguran sus críticos.

Sobre la relación entre macroeconomía y política

En relación al debate sobre la relación entre macroeconomía y política, la conclusión de Reis es que la crítica de una importante (y maligna) influencia de los economistas sobre los políticos y la opinión pública es exagerada por lo de importante, y equivocada por lo de maligna. Y pone dos ejemplos: en cuanto a la política fiscal la mayoría de los macroeconomistas defenderían políticas fiscales contracíclicas (déficit en las recesiones y superávit en las expansiones), para suavizar los tipos impositivos en el tiempo y permitir que la política fiscal actuara de estímulo en las recesiones. En cambio, lo que se observa en los países de la OCDE en los últimos 30 años son secuencias muy continuadas de déficits, contrarias a las prescripciones de los economistas. En el terreno de la política fiscal los economistas y los políticos intercambian ideas, pero los políticos se dejan influir poco. En cambio en la política monetaria, suele coincidir que los decisores son también macroeconomistas, por lo que en este terreno se puede juzgar mejor el resultado de confiar en las prescripciones de la macroeconomía. Y lo que se observa aquí es un notable éxito en el control de la inflación y en las respuestas que los bancos centrales han dado a la crisis.

Sobre las perspectivas de futuro

El futuro de la macroeconomía tiene que empezar en las aulas. Reis aboga por tres cambios al respecto, sobre todo en la enseñanza de postgrado: alejarse del modelo base neoclásico para introducir desde el primer momento aspectos más ligados al mundo real; llevar el modelo a los datos; y cambiar el método de enseñanza para reconocer que no todos los estudiantes de postgrado van a iniciar una carrera por el premio Nóbel, lo que es lo mismo que decir que se puede hacer macroeconomía útil utilizando distintos tipos de modelos que sirven a distintos objetivos.

En una nota reciente, la última de cuatro sobre el futuro de los modelos macroeconómicos, Olivier Blanchard, aboga por una mayor diversidad de métodos, en la línea defendida tiempo atrás por Ricardo Caballero, y establece la necesidad de disponer de (al menos) cinco tipos de modelos: (a) Modelos fundacionales que reflejan una contribución teórica fundamental de la que se aprovechan otros modelos macroeconómicos, pero que no tendrían como objetivo captar la realidad de un modo cercano; (b) Modelos DSGE, cuyo propósito sería explorar las implicaciones macroeconómicas de un conjunto de distorsiones. Éstos deberían ser más cercanos a la realidad, pero no al coste de introducir supuestos ad hoc inasumibles desde el punto de vista de la fundamentación microeconómica; (c) Modelos econométricos estructurales, que permiten explorar las implicaciones de distintos tipos de políticas. Se trataría de empezar por modelos DSGE y después dejar hablar a los datos para introducir estructura adicional; (d) Toy models, pensados para ilustrar rápidamente una "research question", o condensar el mensaje de modelos más complicados; (e) Modelos de predicción cuya finalidad es ofrecer la mejor predicción, con independencia del contenido teórico que incorporen.

A lo largo de los años he conocido macroeconomistas capaces de cabalgar con facilidad entre estos distintos tipos de modelos, tan sutiles como para fabricar un juguete con el que contar una fábula o para descubrir con la ayuda de un DSGE la belleza de un nuevo mecanismo, pero también tan valientes como para pelearse a machetazos con los datos o vencer a Sauron lanzando la pesada carga de sus simulaciones al Monte del Destino. Estos son mis héroes. Que nadie se extrañe: todavía me emociono cuando veo a Aragorn coronarse rey de Góndor.