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Robert Wilson, Premio BBVA Fronteras del Conocimiento

por Gerard Llobet el 20/02/2016

Otra vez me toca hacer una reseña sobre la contribución de otro gran economista. Aunque alguna vez lo he tenido que hacer debido a una defunción (Ronald Coase), afortunadamente habitualmente ha sido por motivos mucho más agradables, como la concesión del premio Nobel a Jean Tirole o el premio Jaime I a Xavier Vives. Hoy voy a hablar de Robert Wilson, a quien se ha concedido este año el Premio BBVA Fronteras del Conocimiento. La parte positiva es que, cómo en los casos anteriores, siempre he disfrutado leyendo sus trabajos y, por tanto, es agradable volver a ellos.

Como en el caso de los otros economistas de los que he hablado anteriormente, hacer un repaso sistemático de sus contribuciones llevaría centenares de páginas, así que me concentraré en algunos trabajos que se han convertido en parte del material de cualquier curso en economía industrial.

Uno de sus trabajos más emblemáticos es un artículo con David Kreps publicado en 1982 acerca de cómo las empresas pueden establecer una reputación. El lunes pasado asistía precisamente a un curso sobre desarrollos recientes en teoría de la reputación y este trabajo, junto con otro de Mailath y Samuelson (2001), siguen siendo las piedras angulares de esta literatura incluso hoy en día.

La idea de Kreps y Wilson (1982) parte de la famosa Paradoja de la Cadena de Tiendas. Una cadena de tiendas enfrenta a un goteo potenciales competidores que amenazan con entrar en su mercado (y no a la vez). Cada competidor sabe que para la cadena de tiendas es demasiado costoso entablar una guerra de precios para echarlo del mercado y no querrá hacerlo. La Cadena de Tiendas, sin embargo, calcula que aunque no le sale a cuenta echar a un competidor del mercado, si con eso establece una reputación de ser una empresa fuerte, los posibles competidores futuros no querrán entrar. Es decir, perderá dinero al enfrentarse al primer entrante pero lo recuperara en el futuro al no tener competencia en el futuro.

Esta idea tan sencilla es errónea cuando el número de competidores no es infinito (algo bastante razonable, por otro lado). El motivo es que la reputación no es creíble. Si resolvemos el juego/problema por el final (inducción hacia atrás) vemos que llegado al último posible competidor, la cadena de tiendas no quiere entrar en una guerra de precios porque la reputación ya no es útil. El último competidor, por tanto, puede entrar sin temor a represalias. El penúltimo competidor hace un cálculo parecido: ¿si la cadena de tiendas no va a luchar contra el último competidor entonces para que quiere establecer una reputación enfrentándose a mi? Aplicado a todos los competidores, este argumento lleva a la “paradoja” que todos terminen entrando, sabiendo que no sufrirán la guerra de precios.

La idea de Kreps y Wilson (1982) era hacer un pequeñísimo cambio en el contexto original. ¿Y si hubiera una pequeñísima probabilidad de que la cadena de tiendas estuviera “loca” y quisiera entablar siempre en una guerra de precios pero los entrantes no supieran si estaba loca o no? En este caso, demuestran que si el número de potenciales competidores es grande, establecer una reputación tiene sentido. La idea es la siguiente: Una cadena de tiendas normal querrá luchar contra los primeros competidores con el objetivo de hacerse pasar por “loca”. Aunque esto no es rentable a corto plazo, como los competidores no saben si la empresa está loca o no decidirán no entrar, y la cadena de tiendas evitará la competencia sin incurrir en coste alguno. Aquí está el efecto de la reputación. Sin embargo, a medida que pasa el tiempo cada vez es más difícil mantener esta reputación (las ganancias son menores) y al final habrá competidores que entrarán a los que será cada vez más difícil luchar. Como resultado, la cadena de tiendas perderá la reputación.

Esta idea de reputación, por supuesto, no se circunscribe a este contexto y de ahí la importancia de este trabajo. Aplica también al caso de empresas que quieren establecer una reputación de vender productos de calidad aunque sea muy caro hacerlo o trabajadores que al inicio de su carrera trabajan miles de horas para establecer una reputación de que viven para la empresa aunque esto lo hagan con gran sacrificio personal. En ambos casos, establecer una reputación implica un coste a corto plazo que los agentes esperan poder recuperar al futuro.

Otra de las contribuciones más celebradas de Robert Wilson es la idea del equilibrio secuencial de un juego, también con David Kreps y también en 1982. Su objetivo es intentar determinar qué equilibrios de un juego con información asimétrica (como el del caso anterior, cuando los competidores no sabían si la cadena de tiendas estaba loca o no) tienen sentido o no. Su contribución intentan evitar que las creencias de los jugadores sean “cualquier cosa” en aquellas situaciones que en el equilibrio no se terminan dando.

Otro trabajo que por su significancia vale la pena enfatizar es Gul, Sonnensheim y Wilson (1986). Precisamente en mi entrada sobre Ronald Coase hablaba que una de sus grandes contribuciones había sido la conocida como Conjetura de Coase de 1972. La idea de que un monopolista que vendía bienes duraderos y no se podía comprometer a bajar sus precios en el futuro podía terminar poniendo el precio competitivo si enfrentaba a consumidores suficientemente pacientes. Gul, Sonnesheim y Wilson fueron los primeros asumieron con éxito el reto de probar este resultado.

Robert Wilson tiene otras muchas contribuciones. Algunas de ellas se centran en la teoría de las subastas. Además, junto a Paul Milgrom (ganador del Premio BBVA en 2012) ha contribuido a diseños para subastas en el mundo real (para el espectro radiomagnético, por ejemplo), con mucho éxito. Su conocimiento del mercado eléctrico le han permitido que aplicara que algunas de sus contribuciones a este mercado.

Una de las mayores críticas a la teoría de subastas es que a menudo propone mecanismos óptimos (en el sentido de asignar el bien a quien más lo valora y maximizar el ingreso del subastador) que parten de complicadas estructuras de información. No solo eso, sino que además implican que pequeños cambios en los supuestos sobre qué información está disponible a los agentes puede generar resultados muy distintos. Este tipo de resultados dificultan la aplicabilidad de estos resultados en entornos reales. Es por este motivo que un trabajo suyo de 1987 (publicado aquí) ha ganado relevancia en los últimos años, dando lugar a la la llamada Wilson Doctrine (no confundir con ésta otra). Wilson proponía diseñar mecanismos robustos en el sentido de que aún no siendo los óptimos nunca (o casi nunca) tuvieran buenas propiedades en un conjunto amplio de circunstancias. Ver aquí para un resumen.

Finalmente, su libro Nonlinear Pricing forma parte de la biblioteca de los que nos dedicamos a la economía industrial. Es un estudio sistemático de las condiciones bajos las que una empresa puede discriminar precios (una versión en forma de minicurso está disponible aquí) y que parte de las contribuciones por las que recibieron el Premio Nobel economistas como Roger Myerson o Eric Maskin.

Los Premios BBVA Fronteras del Conocimiento han reconocido en el pasado a grandísimos economistas y han sido precursores de algunos Premio Nobel. Robert Wilson entra a formar parte de este selecto club por méritos más que suficientes.

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