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El coste de la No Europa

Italia, Bono a 10 años

La brutal subida desde el 1 de julio de los tipos que debe pagar el estado italiano para endeudarse ha acercado a Italia a niveles de prima de riesgo insostenibles. La irrupción de Italia en el pabellón de urgencias cambia completamente el juego en el escenario Europeo.

  

 

El cambio que se puede observar en el gráfico del bono italiano a 10 años es cuestión de días no es ya inusual. Es inaudito, sin precedentes. En estos 4 años ya de crisis (recordad que comenzó en el verano del 20o7) hemos visto muchas cosas preocupantes, pero esta está entre las dos o tres peores. Italia es una economia muy importante y muy endeudada. Con una ratio de deuda del  120% del PIB, el tener unos tipos de interés tan elevados puede poner en duda su capacidad de financiación. Los cambios relativos de Espana e Italia pueden incluso invertir sus posiciones. Y aunque aquello de "mal de muchos, consuelo de tontos" tiene aplicaciónen este caso, puede haber en este caso un pequeño aspecto positivo, ya que el hecho de que Italia entre en el pelotón de cola incrementa la posibilidad, hasta ahora muy remota, de que la unión European tome decisiones drásticas hacia la profundización de la integración.

Existe una fuerte tentación de condenar a los especuladores y otros malvados de estos desarrollos. En mi opinión, los “fundamentales ”aquí son políticos, y no son nada positivos. Lo más importante es que hemos descubierto que estamos en una unión monetaria coja, sin legitimidad, sin apoyo institucional claro y, aparentemente, sin ni siquiera el apoyo político de uno de los países fundamentales en su constitución, Alemania. Mientras esto siga sucediendo, los mercados seguirán encontrando vulnerabilidades que atacar y puntos débiles, y la situación en los países amenazados se seguirá deteriorando.

Es necesario por tanto encontrar soluciones institucionales a las vulnerabilidades que han descubierto los mercados.

En primer lugar, la “ambigüedad constructiva” sobre la garantía de los depósitos en le Unión es más bien ambigüedad destructiva. Cuando los ciudadanos están preocupados por su sistema bancario, como sucedió en Irlanda, es el país individual, no la Unión, el que tiene obligación de rescatar a sus bancos y garantizar depósitos. Pero como es lógico, en un mercado financiero único los bancos pueden ser demasiado grandes para que un país pequeño sea capaz de resolver sus problemas, y la insolvencia del sistema financiero que sería, desde un punto agregado, un problema muy manejable, termina hundiendo a un país entero. En el momento en que la solvencia de un país está en entredicho, los ciudadanos pueden dudar razonablemente de la garantía de sus depósitos, y sacarlos de sus bancos, con las consecuencias obvias.

 La solución es clara. Si queremos mantener un mercado financiero único, la supervisión de las instituciones principales de cada país debe ser responsabilidad de la UE, y la solvencia del sistema financiero de cada país debe ser también responsabilidad de la unión. Esto supone la creación de un Fondo de Garantía de Depósitos Europeo que evite las corridas bancarias. Tal institución eliminaría una de las fuentes de contagio que ahora tememos en caso de una suspensión de pagos o bancarrota de Grecia.

En segundo lugar, es necesario que los países del norte entiendan cuanto antes que ni esta crisis no se va a resolver sin que ellos asuman explícitamente una parte importante del coste, ni en el futuro una unión monetaria robusta puede sobrevivir sin mecanismos fiscales comunes.

En el corto plazo, la aritmética es tozuda: la posición de Grecia, y de varios de los otros países “rescatados”, no es sostenible. Las deudas que han adquirido recaerán sobre los países acreedores, o bien directamente, o bien a través de las pérdidas de las instituciones financieras de estos países.

En el largo plazo, la realidad de estos año ha mostrado que la prohibición de los rescates en el tratado de Maastricht no es creíble y es necesario poner en práctica la alternativa que los padres mismos del Euro consideraban inevitable hace ya más de dos décadas: un principio de unión fiscal. No se trata de un tesoro común enorme, pero si como mínimo de expandir  el papel de los actuales mecanismos de rescate permitiéndoles compras de bonos nacionales en los mercados secundarios. A cambio, claro, la integración de las políticas fiscales debe incrementar, y se debe permitir mayor intrusión de los países acreedores en los asuntos de los deudores.

 ¿Es todo esto posible? Es muy difícil, sin duda, y los últimos meses no dan mucho lugar a la esperanza. Pero la alternativa, una disolución desordenada  parece mucho peor. No solo porque una disolución del Euro probablemente supondría  crisis bancarias, financieras y económicas sin precedentes, sino también porque invertiría la dirección de la construcción europea y nos remitiría a la Europa que fue la norma desde el renacimiento hasta el fin de las Guerras Mundiales, la Europa de los complicados equilibrios de poderes y de sus muchos posibles fracasos.