¿Dónde están las “niñas desaparecidas”? Discriminación de género en la infancia en la España del siglo XIX

por Francisco Beltrán Tapia el 17/02/2016

El infanticidio, el maltrato o la falta de cuidados que reciben las niñas en los países del sudeste asiático, un fenómeno conocido como las niñas desaparecidas (“missing girls”), ha recibido una gran atención a nivel mundial (por ejemplo aquí o aquí). Este tipo de comportamientos de hecho parece persistir en las conductas de los emigrantes de origen asiático que se trasladan a otros países como Estados Unidos y Canadá (o incluso a la propia España, como Libertad González ha documentado). Esta discriminación de género en la infancia no se da en las sociedades occidentales actuales pero, ¿podían ser prácticas comunes en el pasado? Es un placer empezar mi colaboración regular en NeG presentando el trabajo que estoy realizando junto a Domingo Gallego en el que intentamos responder a esta pregunta centrándonos en lo que ocurría en la España de mediados del siglo XIX y del que ya ofrecimos un primer avance en Politikon.

La evidencia disponible indica que el infanticidio femenino ha sido una práctica poco común en la historia europea. Katherine Lynch, una distinguida historiadora, por ejemplo, defiende que ciertos rasgos como la disponibilidad de más oportunidades de trabajo remunerado para las mujeres y una mayor edad de acceso al matrimonio, además de la prohibición católica del infanticidio, explican la práctica ausencia de este tipo de comportamientos en el registro histórico (aquí). Sin embargo, por su propia naturaleza, estas conductas son muy difíciles de observar directamente: las familias las intentan ocultar y, si las tasas de mortalidad infantil son elevadas, puede resultar muy fácil pasar por muerte natural aquellas que realmente no lo son.

Los trabajos sobre las “missing girls”, por tanto, se suelen basar en el análisis de las tasas de masculinidad (el número de niños existente en relación al de niñas) para proporcionar evidencia indirecta de estas prácticas. A nivel agregado, las tasas de masculinidad son muy estables por lo que observar tasas anormalmente elevadas indica que algo está reduciendo el número de niñas. Nosotros hemos seguido este método usando datos del Censo de Población: en 1860, la tasa de masculinidad para los niños menores de un año se situaba en 104.4 niños (desgraciadamente no contamos con datos para calcular la tasa al nacer en esa fecha). Sin embargo, para establecer que las tasas de masculinidad indiquen comportamientos discriminatorios, hay que tener una referencia sobre la que evaluar la desviación sobre lo que sería normal en ausencia de discriminación.

En los países desarrollados actuales, donde se puede asumir que no hay discriminación de género en la infancia, la tasa de masculinidad al nacer se sitúa alrededor de 105 niños por cada 100 niñas (aquí). Esta tasa, de todas maneras, no se puede comparar directamente con las existentes en el pasado. Por motivos biológicos, las niñas resisten mejor las peores condiciones existentes durante el embarazo y el parto en situaciones de malnutrición, falta de higiene y mayor incidencia de enfermedades, lo que tiende a reducir el número de varones que sobreviven al parto (aquí). Y las condiciones existentes en la España de mediados del siglo XIX dejaban desde luego mucho que desear: como prueba indicar que, entre 1860 y 2001, la esperanza de vida aumentó de 29.8 a 79.4 años debido a los avances sanitarios y las mejoras en las condiciones de vida (aquí). Estimaciones estadísticas para otros países muestran que la tasa de masculinidad al nacer tiende a reducirse casi un punto por cada diez años de aumento de la esperanza de vida. Además, dado que la desventaja relativa de los niños no se limita a la mortalidad en el útero o en el parto sino que continúa durante la infancia (especialmente durante los primeros meses de vida), la tasa de masculinidad para los niños menores de un año todavía debía ser más baja que al nacer.

El gráfico siguiente, que muestra la evolución de la tasa de masculinidad de los menores de un año y las tasas de mortalidad infantil por sexos entre 1857 y 2011, confirma lo que acabamos de comentar: la tasa de masculinidad se reduce a medida que avanzamos hacia atrás en el tiempo al compás del empeoramiento en las condiciones de vida (y el consiguiente aumento de la brecha entre las tasas de mortalidad infantil para niños y niñas menores de año). Es clave comprobar cómo esta tendencia no sólo se detiene sino que se invierte en torno a 1900, haciendo que la tasa de masculinidad en 1860 sea mucho mayor de lo que cabría esperar conforme a nuestras estimaciones (y a la propia tendencia inicial exhibida por el gráfico). Esta diferencia entre la tasa que nosotros observamos y la que sería esperable en ausencia de discriminación sugiere que algún tipo de conducta discriminatoria estaba incrementando la mortalidad “no natural” de las niñas, al menos durante una parte importante de la segunda mitad del siglo XIX.

sex_ratio_NeG1

Es posible que, en lugar de indicar infanticidio u otro tipo de maltrato o negligencia con resultado de muerte, estas tasas se debieran a un registro deficiente de las niñas. Es desde luego plausible que las familias no inscribieran a las niñas durante el primer año de vida pero lo es menos que ese sub-registro continuara en edades más avanzadas. El siguiente gráfico confirma que las tasas de masculinidad de los grupos de edad posteriores (1-5 y 6-10) siguieron la misma tendencia que la existente durante el primer año de vida por lo que resulta muy improbable que una peor enumeración de las niñas sea la explicación de las altas tasas que encontramos entre 1857 y 1887.

sex_ratios_NeG2

¿Cuáles son entonces las causas que podía haber detrás de este fenómeno? Para ofrecer más pistas sobre esta cuestión hemos aprovechado la riqueza del Censo de Población de 1860 y hemos recopilado no sólo las tasas de masculinidad en los 471 partidos judiciales existentes, sino también datos sobre las características económicas y sociales que caracterizaban a esos distritos (hemos recogido además datos sobre sus circunstancias geográficas y climáticas para que esas diferencias no afecten a nuestros resultados). El análisis econométrico indica que las tasas de masculinidad eran menores en aquellas zonas donde la disponibilidad de empleos remunerados para las mujeres era mayor y donde predominaban familias troncales en las que diferentes generaciones convivían en la misma residencia, lo que sugiere que estas características mitigaban las conductas discriminatorias. El efecto de la disponibilidad de oportunidades laborales femeninas fuera del hogar es algo que también se ha observado en los países del sudeste asiático (aquí). Es también interesante comprobar cómo Ana Tur-Prats nos explicaba en este mismo blog que la persistencia cultural derivada del predominio histórico de familias troncales disminuye la violencia doméstica existente en España en la actualidad (aquí).

Nuestro análisis también indica que las tasas de masculinidad eran menores en áreas más densamente pobladas. Sin embargo, aunque es tentador atribuir esas diferencias a la mayor complejidad económica asociada con el crecimiento económico, es posible que estas aglomeraciones, al sufrir peores condiciones sanitarias y probablemente un peor acceso a determinados alimentos (especialmente carne y productos lácteos), tuvieran mayores tasas de mortalidad infantil lo que, dada la mayor vulnerabilidad relativa de los niños, también podría explicar las menores tasas de masculinidad.

Los resultados que hemos expuesto se mantienen si, en lugar de las tasas de masculinidad en la infancia, utilizamos las tasas existentes a edades más avanzadas, lo que indica que el sub-registro de las niñas no es la explicación. Más aún, el efecto de los factores indicados arriba se mantiene incluso cuando controlamos por las tasas de masculinidad en los grupos de edad anteriores, lo que sugiere que esas circunstancias no sólo afectaban a la sobre-mortalidad femenina durante el primer año de vida, sino que su efecto continuaba durante la infancia. Es cierto, sin embargo, que aunque consideramos una amplia variedad de factores económicos, sociales y medioambientales, y controlamos asimismo por efectos provinciales, nuestros resultados sólo indican correlaciones por lo que no podemos considerarlos como evidencia causal.

Nuestro trabajo, en cualquier caso, evidencia la presencia de prácticas discriminatorias que desembocaban en un exceso de mortalidad femenina durante los primeros años de vida y da pistas sobre los factores que pudieran estar detrás de esos comportamientos. Es difícil ser más precisos sobre la naturaleza de la discriminación. La falta de evidencia directa sobre la existencia del infanticidio femenino u otras formas extremas de maltrato a las niñas nos lleva a pensar que el exceso de mortalidad no era necesariamente debido a formas de violencia directa sino a recibir una menor atención que la dirigida a los niños. En sociedades muy pobres en las que las tasas de mortalidad infantil son tan elevadas, una ligera discriminación en el acceso a los alimentos, los cuidados cuando caían enfermos o incluso en el reparto de la carga de trabajo dentro del hogar, podía fácilmente tener nefastas consecuencias. Esperamos que nuestra investigación, así como las que puedan venir después, contribuya a sacar a la luz aspectos olvidados de nuestra historia y a ofrecer pistas que puedan ayudar a los países en los que miles de niñas todavía “desaparecen”.

Antonio febrero 17, 2016 a las 09:45

O sea, que la tendencia natural en las sociedades tradicionales era matar niñas en cuanto las circunstancias apretaran un poco. Por cierto, sobre todo en las zonas rurales, ¿han contrastado los datos del censo con los registros eclesiásticos? Por ejemplo, de bautismos; no se bautiza a una niña a la que se va a enterrar en el monte. Y para descartar la posibilidad de que se considere una imagen fiel de la realidad lo que bien pudiera ser un fallo registral de una burocracia en pañales, principalmente. Además, se dispondría de datos anteriores al siglo XIX. Extrapolar a partir del censo de 1860 la tasa de masculinidad de todas las décadas anteriores, y justificar así unas conclusiones, no parece razonable.

Daniel Garcia febrero 17, 2016 a las 10:41

Totalmente de acuerdo. Esta extrapolación me parece muy aventurada. La conclusión de que “evidencia discriminación” es realmente arriesgada. Por ejemplo, si hubiese una relación no lineal entre desarrollo socioeconómico y ventaja de las niñas en el embarazo y el parto, las conclusiones del estudio serían erróneas. Esta relación es además consistente con una mayor diferencia entre las tasas de mortalidad infantil, por un efecto composición de las poblaciones (la niña media que sobrevive esta en mejor condición).

Fran Beltrán febrero 17, 2016 a las 13:58

Es posible desde luego que haya una relación no líneal entre desarrollo económicos y tasas de masculinidad al nacer pero la evidencia que presentamos es consistente con la posibilidad de que la tasa de masculinidad al nacer siga la tendencia que apuntamos en el texto (quizás estabilizándose en torno a 101-102 a lo largo del siglo XIX). Contamos de hecho con las tasas de mortalidad por sexos para los menores de un año por lo que restando a las tasas de masculinidad de los menores de un año la diferencia de mortalidad infantil en ese primer año de vida podemos ver que la evolución de la tasa de masculinidad al nacer es coherente con nuestro argumento.

Daniel Garcia febrero 17, 2016 a las 17:58

Estoy de acuerdo que es coherente. Pero esto no es suficiente para afirmar que su trabajo “evidencia” la existencia de discriminación.

Fran Beltrán febrero 22, 2016 a las 18:58

Hemos echado un vistazo a las tasas de masculinidad francesas, que se encuentran disponibles desde mediados del siglo XVIII, y su evolución también sugiere que nuestra interpretación es adecuada: desde 1900, a diferencia de las españolas, estas tasas seguirían descendiendo conforme nos alejamos en el tiempo y las condiciones económicas empeoraban.

Fran Beltrán febrero 17, 2016 a las 13:55

Muchas gracias Antonio por tu comentario. Como decimos al final de la entrada, dado que hay poca evidencia directa de infanticidio, creemos que el exceso de mortalidad de las niñas pudo ser debido no tanto a la violencia directa sino a que recibieran menos cuidados que los niños. La discriminación contra la mujer era bastante intensa en el siglo XIX (http://revistas.um.es/areas/article/view/216071). La ley no reconocía a las mujeres como sujeto legal y dependían de sus padres o maridos para poder gastar sus ingresos o defenderse en un juicio. Además hay evidencia de que comían menos (y de peor calidad) que los hombres. Y las niñas también recibían menos educación que sus hermanos. No es tan arriesgado, por tanto, plantear la hipótesis de que las niñas también sufrían una desigual distribución de los recursos disponibles en el hogar lo que en circunstancias desfavorables podía tener consecuencias mortales.
El posible subregistro de las niñas es algo que desde luego puede estar detrás de los datos. Que las tendencias de los grupos de edad entre 1-5 y 6-10 años sean similares a las de los menores de un año (fig. 2) nos sugiere sin embargo que el subregistro no lo explica todo porque es poco probable que ese subregistro persistiera en edades más avanzadas. Hemos manejado también las cifras de bautismos entre 1860 y 1862 y dan números muy similares a los del Censo de Población.

Hare febrero 17, 2016 a las 10:33

Me resulta llamativo, por comparación con las ciencias experimentales, que en las gráficas se representen líneas que unen los datos y no los datos en sí, que entiendo son los picos. Con lo que estamos representando un modelo y no los datos. ¿Cuántos datos hay entre 1900 y 1860?

Fran Beltrán febrero 17, 2016 a las 13:59

Los datos de la tasa de masculinidad para menores de un año son los correspondientes a los censos de 1857, 1860, 1877, 1887 y 1900 (5 cortes por tanto). Es cierto que los datos se pueden representar de otra forma pero es una manera de resaltar las tendencias.

Nuocito febrero 17, 2016 a las 13:15

Creo que es muy complicado sacar conclusiones de la tendencia de la tasa de masculinidad, ya que la serie termina en 1860, así que no sabemos lo que ocurrió antes. También se ven picos muy importantes hacia 1950, y algo menores entre 1900 y 1950. ¿Cómo se explican?

Fran Beltrán febrero 17, 2016 a las 14:03

Nuestra intención mostrando la evolución de las tasas de masculinidad entre 1857 y 2011 es indicar que, dada la diferencia entre las tasas observadas de 1860 y la tendencia que se observa en el gráfico, no es descabellado pensar que había causas “no naturales” que estaban reduciendo el número de niñas. La evolución del gráfico también sugiere que quizás estas prácticas fueran ya negligibles hacia 1900. Pero tienes razón que a lo largo del siglo XX se ven picos muy importantes. No estamos en condiciones de responder a tu pregunta pero sí que se pueden establecer ciertas hipótesis. Por un lado, el fuerte descenso de la tasa en 1920 puede relacionarse con el efecto de la pandemia de gripe de 1918. Si los niños son más débiles, habrían sufrido tasas mayores de mortalidad por lo que esperaríamos que la tasa de masculinidad se redujera. Por otro lado, el fuerte descenso en 1940 y el extremo rebote que tiene lugar en 1950 podría responder a dos circunstancias: primero, las condiciones existentes durante la Guerra civil volverían a afectar negativamente a los niños en mayor grado, reduciendo la tasa de masculinidad en 1940. Las duras condiciones de la posguerra (y su cronificación a lo largo de la década de 1940) pudieron provocar que se retomaran prácticas discriminatorias hacia las niñas que en otras condiciones no se hubieran dado. Repito de todas maneras que ahora mismo esto son solo hipótesis de trabajo.

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