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Sobre las oposiciones a altos cuerpos

ENA

Hoy domingo sale en El País un largo artículo de Jordi Pérez Colomé y Kiko Llaneras sobre el sistema de oposiciones en España. El acceso a la función pública, sobre todo a sus niveles más altos, es un tema que hemos discutido mucho en este blog. Por ejemplo aquí, aquí y aquí.

El artículo cubre en detalle material que, por conocido, no deja de merecer la pena ser repetido. Resalto aquí algunas ideas breves al respecto:

1) Las oposiciones a altos cuerpos no son justas desde el punto de vista social, pues favorecen a aquellos candidatos de familias que pueden permitirse el coste de oportunidad de pasar varios años sin trabajar y costes explícitos como pagar una academia o a un preparador (los cuales, al menos cuando algunos amigos míos prepararon oposiciones a mediados de los 90, cobraban un ojo de la cara y en metálico).

2) Las oposiciones a altos cuerpos seleccionan, por su estructura e incentivos, entre un grupo relativamente reducido de la sociedad y que no es representativo de España, deslegitimando a ojos de muchos los puestos directivos de la administración pública. Quizás con un grupo de selección más amplio algunos de los líderes que hoy quieren socavar nuestro orden constitucional hubiesen sido “asimilados” por el sistema, para beneficios de todos (¡incluyendo el suyo!).

3) Las oposiciones a altos cuerpos no son la mejor manera de formar especialistas. Aunque es indudable que en los dos o tres años que un opositor pasa estudiando este aprende muchas cosas, la pregunta importante es de coste de oportunidad: ¿cuánto habría aprendido esa misma persona si, en vez de sentarse delante de unos apuntes, hubiese ido a una Escuela Nacional de Administración como la que Pablo Ibáñez Colomo y yo hemos propuesto? (por favor, querido lector: lea las dos entradas de Pablo y mías enlazadas anteriormente y los comentarios sobre los detalles de tal Escuela, sistema de selección para la misma, etc.).

4) Las oposiciones a altos cuerpos no miden las habilidades necesarias para ocupar los puestos en cuestión. El artículo de El País ya señala la baja correlación detectada en ciertos (limitados) estudios al respecto o la aleatoriedad en los exámenes sobre la que Manuel Bagues ha escrito mucho. De manera casual, hace unos días un amigo me recordaba que uno se puede sacar la oposición de estadístico del estado sin haber tocado nunca un ordenador. Para cualquiera que sepa algo de estadística moderna esto es tan absurdo como hacer una oposición de salvavidas de la playa sin tener que demostrar que uno sabe nadar.

5) Relacionado con esto: los temarios de las oposiciones están, a menudo, francamente anticuados. Por ejemplo, el temario de TECO necesita una lavado de cara más que considerable (miren el tema 42; empieza preguntando por el modelo de Harrod-Domar). El motivo por el que esta actualización no ocurre es difícil de entender.

6) Las oposiciones a altos cuerpos son excesivamente costosas para España. Muchos opositores malgastan años y años sin llegar a buen puerto. Un sistema de Escuela Nacional de Administración reduce costes excesivos y ayuda a mejorar el acceso para grupos sociales más amplios que discutía en 1) y 2). En los comentarios en mis entradas anteriores se argumentó a menudo que esta Escuela era costosa. El argumento no se tenía en pie porque confunde costes explícitos de la administración con costes sociales agregados (algo que un buen economista debería entender). También se argumentaba que el presupuesto en aquel momento no daba para más y que financiar una Escuela Nacional de Administración era inasumible. Ahora sí que parece haber dinero para otras cosas. Un buen acceso a la función pública parece mucho más importante que jugar con el IVA.

Además así evitaríamos casos como el de Amelia Pérez Zabaleta sentándose en un tribuna de oposición (el que esta persona sea la Vicedecana 1ª del Colegio de Economistas de Madrid es uno de los motivos principales que justifican mis deseos de cambiar la estructura de los colegios, pero de eso ya hablé otro día).

7) Las oposiciones a altos cuerpos no generan la adecuada “diversidad intelectual” (un punto en el que el artículo de El País me cita). Seleccionan a gente con un perfil muy similar. Estos días, como consecuencia de algunos de mis artículos más recientes, acudo a muchas conferencias de derecho en Estados Unidos (este Viernes Santo, en vez de descansar, me toca una en NYU). Una de las cosas que he aprendido a admirar más de las escuelas de derecho americanas es que son de post-grado, no de grado como en España. Esto tiene dos ventajas brutales (y por las cuales yo cerraría el grado de derecho en España y lo transformaría en estudios exclusivamente de post-grado).

Primero, la gente es más madura. Es imposible entender derecho de contratos cuando uno tiene 20 años (como yo tenía al empezar derecho civil II en tercero de la antigua carrera de derecho) simplemente porque a esa edad uno nunca ha firmado un contrato serio en su vida. Uno puede aprenderse el libro y hasta sacar bastante buena nota en el examen pero entender, lo que se dice entender, no ha entendido nada. Con 25 o 26 años, quizás además después de haber trabajo unos años, derecho de contratos se ve de una manera totalmente distinta.

Segundo, traes y juntas a gente de experiencias vitales muy diversas, desde los niños estudiosos que han sacado sobresaliente toda su vida en cada asignatura a tipos que han estado diez años en el mundo del teatro y su interés por el derecho ha sido despertado por firmar contratos de arrendamientos de locales para sus representaciones (este es un caso real de una persona en la escuela de derecho de la Universidad de Chicago que luego ha llegado muy lejos).

Algo similar debería ocurrir con jueces, fiscales, notarios, etc. e incluso con TECOs, estadísticos del estado, etc. Quizás si algunos de los jueces del Tribunal Supremo hubiesen trabajado en el mundo financiero no habríamos asistido a las más que desafortunadas sentencias de las cláusulas suelo, uno de los acontecimientos más tristes en nuestro sistema legal de la última década.

8) Las oposiciones a altos cuerpos no permiten el flujo adecuado entre el mundo privado y público. En estos momentos el flujo es una dirección única, del mundo público al privado o la política, gracias al sistema de excedencias. No me importa que altos cargos de la administración estén representados en el mundo de la política (y esto incluye a los profesores de universidad). Sí que me parece que su proporción actual es excesiva y la participación de gente con experiencia en la alta administración de empresa demasiado baja. En Estados Unidos, por ejemplo, la mayoría de las universidades te dan uno o dos años de excedencia si quieres entrar en política. Después, por mucho que seas Secretario del Tesoro, tienes que dejar la plaza.

Todo lo que he explicado anteriormente no significa que no aprecie a las personas que han aprobado las oposiciones de altos cuerpos, su trabajo, su inteligencia o su, en general, más que clara vocación de servicio al bien común, a veces con un alto sacrificio personal para ellos. Raro es el día que no me intercambie correos con alguna persona en los mismos. Todo lo contrario.

Por ejemplo me parece que el sueldo de muchos de ellos es ridículo y debería ser considerablemente incrementado. Un assistant professor en un departamento de economía en Estados Unidos recién salido del doctorado (es decir con unos 28 años) viene a ganar estos días entre $150.000 y $180.000 (dependiendo si tiene o no “summer money”). Desconozco los detalles concretos de lo que ganan la mayoría de abogados del estado, inspectores de hacienda, TECOs o estadísticos del estado en activo en la administración, pero mi sospecha es, dado lo que ganan los ministros y secretarios de estado que sí que es público, que excepto los que estén en embajadas u organismos internacionales, todos cobran mucho menos que esto. Un chico listo de 22 años que se esté planteando qué hacer con su vida en estos momentos debe de estar seriamente pensando que trabajar para la administración, incluso sin considerar el suplicio y aleatoriedad de una oposición, remunera mucho menos que otras oportunidades (esto es al contrario que muchos funcionarios de bajo nivel, que están sobre-remunerados; la administración pública española tiene que incrementar su desigualdad interna en salarios y tratamiento de manera notable y dejar atrás el igualitarismo infantil y demagógico que ha imperado desde el comienzo de la transición).

Y quien dice estudiar un doctorado en Estados Unidos, dice irse a Londres a trabajar para un banco de inversiones o entrar en un MBA en una escuela de negocios de primera linea. Estas opciones, evidentemente, solo están reservadas a estudiantes en la “cola derecha” de la distribución de talento (pongamos, talento igual o superior a media más dos desviaciones típicas), pero ¿no son estas las personas que queremos que lleven España? ¿No entendemos que al seleccionador de Futbol hay que pagarle generosamente? ¿O se piensa alguien que pagando al seleccionador cuatro duros vamos a convencer a nadie de calidad para que acepte el puesto? Yo prefiero tener a un abogado del estado listo defiendo los intereses de todos a que la selección de futbol lo haga bien o mal. Si a España la eliminan en la primera ronda del mundial, nos quedamos igual. Por mucho que alguno llore, en realidad no importa nada. Si España no tiene un tipo de valía defendiendo nuestros intereses en Bruselas o en Washington o frente a las empresas privadas, perdemos todos y mucho. Esto en sitios como Singapur lo han entendido muy bien.

Ahora que la economía va algo mejor (aunque los problemas estructurales siguen ahí) y tenemos más margen de decisión es el momento de pensar con calma en reformas de calado, por mucho que no sea este el instinto de nuestro gobierno actual (en buena medida precisamente por estar lleno de funcionarios seleccionados por oposiciones como las que aquí critico). El acceso a la función pública es uno de ellos. Algunas reformas deberían ser aceptadas por todos sin mayor problema (renovar los temarios, pedir a los aspirantes a estadísticos del estado que demuestren unos conocimientos de programación básicos, realizar un esfuerzo más serio de explicar a los estudiantes en muchas universidades fuera de Madrid las posibilidades de acceso a ciertos cuerpos). Otras (crear una Escuela Nacional de Administración) son más complejas. Pero si no lo hacemos ahora no lo haremos cuando llegue la siguiente crisis y quizás entonces haya llanto y crujir de dientes.