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Retorno a Bretton Woods: Keynes contra White (I)

No son estos días sencillos para la organización económica forjada al final de la segunda guerra mundial y consolidada con la disolución de la Unión Soviética. El surgimiento de China y otros países asiáticos, el pobre crecimiento de la renta en los países occidentales y los rápidos cambios electorales en muchos de estos últimos agrietan los cimientos de tal organización económica internacional y aventuran que la misma pueda evolucionar de manera notable en el cercano futuro.

Dado que me han invitado a hablar sobre esta posible evolución y a expresar mi opinión sobre la dirección más adecuada de la misma, he leído (o re-leído) en las últimas semanas varios libros sobre el origen de esta organización, tanto para entender las fortalezas y debilidades de la misma como para repasar la manera en la que los distintos agentes se comportaron en la década de los 40 del siglo pasado.

Dos Libros

En una corta serie de dos entradas reseñaré brevemente una pareja de tales lecturas: The Battle of Bretton Woods: John Maynard Keynes, Harry Dexter White, and the Making of a New World Order, de Benn Steil, y The Summit: Bretton Woods, 1944: J. M. Keynes and the Reshaping of the Global Economy, de Ed Conway, que nos ofrecen una visión complementaria de cómo se desembocó en la conferencia de Bretton Woods, cómo la misma se desarrolló entre el 1 y el 22 de Julio de 1944 y las consecuencias de los acuerdos a los que en ese remoto hotel se llegaron.

Ambos libros se benefician, con respecto a clásicos como Sterling-dollar diplomacy: the origins and the prospects of our international economic order, de Richard N. Gardner (el libro que leí en la carrera sobre estos temas) de varias ventajas, quizás injustas para Gardner, pero no por ello menos reales. La primera, es el paso del tiempo, que nos ofrece a menudo una perspectiva más completa de los acontecimientos o, en la famosa frase de Hegel: “el ave de Minerva no emprende el vuelo hasta el oscurecer” (die Eule der Minerva beginnt erst mit der einbrechenden Dämmerung ihren Flug). La segunda es la disponibilidad de una base documental más completa de las vidas de los participantes y las estrategias diplomáticas de las distintas delegaciones (aunque todavía queden esquinas oscuras que iluminar). La tercera es la buena compaginación de los dos libros que, sin confundir al lector, permite una apreciación desde perspectivas diferentes de los mismos acontecimientos y que aclara muchas cosas.

La Batalla

El libro de Steil es el más convencional de los dos, sin ser por ello demérito, ya que se centra en una narrativa ya seguida por muchos otros autores: la contraposición entre John Maynard Keynes, centro de la delegación británica y Harry Dexter White, el cerebro de la americana; contraposición no solo a nivel intelectual, de objetivos e intereses (la conferencia enfrentaba, en su preparación, el “Plan Keynes”, más flexible y centrado en incrementar la liquidez de la economía mundial con la creación del Bancor con el “Plan White”, más centrado en tipos de cambio fijos, multilateralidad y la supremacía del dólar) sino de experiencias vitales.

El Keynes que llegaba a Bretton Woods no era solo el economista más famoso de su tiempo. Era quizás el intelectual más celebrado de su época en los campos de las ciencias sociales y humanas. Su presencia siempre constituía el centro de atención de los delegados y de la prensa que se aglomeraba en el remoto hotel de New Hampshire. Tal status no le era extraño al economista de Cambridge. Nacido en una familia de la aristocracia intelectual no-conformista, Keynes había pertenecido durante toda su vida a los centros de poder del Reino Unido e influido de manera decisiva en la política del mismo. Cenar con duques, artistas, banqueros, empresarios o los mejores estudiantes de Cambridge era, para Keynes un acontecimiento a menudo placentero y siempre ocasión para demostrar su brillante inteligencia y facilidad de palabra, pero raramente nada excepto un rutinario evento. Incluso hoy en día, entre el público no economista, pocos nombres vendrán a la cabeza como representantes egregios de mi profesión salvo Adam Smith, Karl Marx y John Maynard Keynes.

Harry Dexter White, en comparación, había nacido en una familia de emigrantes lituanos de Boston, judío (cuando tal origen era motivo de no poca discriminación en Estados Unidos; por ejemplo, para conseguir una habitación de hotel en Nueva Inglaterra) y, si bien moderadamente prósperos, totalmente desconectados de centro de poder alguno, incluso dentro de la misma comunidad judía americana, en aquel entonces dominada por los miembros de origen alemán. Mientras Keynes brilló desde su infancia temprana, White hasta ya entrados sus cuarenta, no era más que un apunte insignificante en la historia de la economía en Estados Unidos, con una vida académica que en el mejor de los casos solo podría calificarse de mediocre. Y mientras Keynes murió siendo miembro de la Cámara de los Lores, celebrado en el mundo entero y recordado con cariño y devoción por muchos, White murió bajo la sospecha, hoy plenamente confirmada, de ser un agente secreto de la Unión Soviética y a un paso de la cárcel.

Y es que pocas ironías mayores existen historia que el hecho que el padre espiritual del Fondo Monetario Internacional, la institución “capitalista” por excelencia, fuera agente soviético. White, por años, pasó documentos confidenciales a sus controladores, colocó a personas recomendadas por los mismos en el Tesoro americano e influyó en el diseño de varias políticas (como la presión económica a Japón en 1941 antes del comienzo de la guerra) con el claro objetivo de ayudar a la Unión Soviética.

El motivo detrás de tal comportamiento no es claro. White no buscaba una recompensa monetaria (aunque no desdeñaba los regalos, como demostró al llamar a otro Harry White, un carpintero de Washington que había recibido por error un envío de caviar y vodka que le habían enviado sus amigos soviéticos, reclamando sus delicias culinarias). Tampoco parece haber estado motivado por amores, chantaje o simple deseo de aventura, que son motivos comunes en casos similares. Su deseo principal parecía ser el conseguir una relación pacífica y próspera entre Estados Unidos y la Unión Soviética, no solo por motivos pragmáticos de realismo geopolítico sino por una profunda simpatía por el proyecto de construcción del socialismo, que veía como el futuro de la humanidad (aunque no necesariamente en la forma en que tal construcción se desenvolvía en la Unión Soviética). Steil recopila y examina toda la evidencia de este comportamiento de White, incluidos la procedente de Venona y no deja duda que White cometió actos criminales sin pudor alguno y que Harry Truman tuvo toda la razón al impedir que White se convirtiese en el primer directores gerente del fondo empleando la excusa de que era más diplomático dejar tal cargo para un Europeo.

A la vez, White fue un funcionario extraordinariamente exitoso para los objetivos de Estados Unidos. Steil nos narra cómo, una y otra vez, White derrota a Keynes en las negociaciones. Es indudable que Keynes había recibido unas cartas marcadas (el Reino Unido está arruinado después de dos guerras mundiales costosísimas) y que, para 1944, el economista británico está exhausto debido a su carga de trabajo y la infección cardiaca que en dos años le llevará a la tumba. También es obvio que la voluntad de Estados Unidos, con sus inmensos recursos financieros, militares e industriales, era casi irresistible. Pero Keynes, una y otra vez, sucumbe a la tentación de demostrar a sus oponentes que él es más listo que ellos, de ridiculizarlos más que de convencerles y de no entender, al final del día, que Estados Unidos ni tenía obligación alguna de rescatar al Imperio Británico ni era en su interés nacional. [1] White, también una persona áspera e irascible, [2] es capaz de mantener su concentración, transigir cuando es necesario, evitar salir en la foto cuando no ello no ayuda (a menudo los que más influyen son los que menos interés tienen en ser reconocidos por ello) y cerrar tratos uno detrás de otro.

Frente a la apariencia monolítica que pudiese parecer la delegación americana, en realidad está fragmentada, con el departamento del tesoro, dirigido por un Morgenthau que no entiende nada de economía y depende completamente del consejo de White, en guerra burocrática abierta con el departamento de estado, cuyo representante en Bretton Woods, Dean Acheson tiene unas ideas muy distintas sobre el futuro del mundo mucho más cercanas a las americanas (como famosamente dijo: “[Treasury] envisage[ed] a victory where both enemies and allies were prostrate—enemies by military action, allies by bankruptcy.”) y que ha demostrado un juego de cintura notable (Acheson es el único que ha averiguado que el hotel en el que se van a alojar todos los delegados está en una condición lamentable y se ha buscado, por cuenta propia, un coqueto acomodo en Crawford Notch; los Brahmines de Nueva Inglaterra podrán ser estirados pero saben cuidarse bien y entienden la importancia de una ducha reparadora en la mañana).

¿Pudo Keynes y la delegación británica haber explotado las diferencias entre sus aliados norteamericanos? Probablemente más de lo que lo consiguieron. Si el resultado de la confrontación entre Keynes y White fue 1-9 para White, una derrota abrumadora, casi vergonzosa para un Keynes que nunca quiso reconocerla (postura que llevó a equívocos en Londres que agravaron las consecuencias de la misma), una postura más razonable y a la vez más maquiavélica, podría haber llevado a un 2-8 o incluso a un 3-6, todavía una victoria última de los americanos, algo inevitable, pero con menos margen. El caso de la pataleta final de Keynes con el futuro del BIS, una batalla absurda sin objetivo claro ni adecuación entre táctica y estrategia alguna, es prueba contundente de ello.

Está visión de la rotunda derrota británica por su propia incompetencia diplomática, empezando por Keynes, aparece más claro en el libro de Steil que en obras anteriores. La narrativa convencional se construyó por décadas alrededor de la idea de que los británicos tenían las ideas correctas (como no podía ser de otra manera, al estar dirigidos por Keynes) y que solo el provincialismo, ignorancia y arrogancia de los americanos impidieron un mejor acuerdo. Se dice a menudo que la historia la escriben los vencedores, pero en este caso la escribieron, por mucho tiempo, los perdedores, agrupados en sus cátedras y sus periódicos (otro notable delegado británico en Bretton Woods, Lionel Robbins, por ejemplo, fue más tarde “chairman” del Financial Times). ¿Quién va a apoyar la postura de un espía soviético antipático que se columpia en la fortaleza del dólar cuando puede defender a Keynes? Yo mismo tengo un retrato de Keynes en mi oficina (¿cabe ejemplo de admiración mayor?). En la vida se me pasaría por la cabeza colgar una foto de White. Y el libro de Steil, en más de una ocasión no es capaz de librarse de esta fascinación por Keynes, llevando a evaluaciones que no son lo suficientemente críticas del economista británico.

Y, lo que es casi más importante, a uno le queda la sensación que el plan de White, al final del día, estaba mejor pensado que el de Keynes (sin que este careciese de aspectos interesantes). Keynes y la delegación británica intentaban salvar el imperio o lo máximo que pudieran del mismo, incluidas las preferencias imperiales, el papel de Londres como centro financiero mundial, el futuro de la libra esterlina y el incipiente estado del bienestar británico. Como menciona Steil, Keynes era un inglés internacionalista, no un internacionalista inglés. Aquí el orden de los factores altera el producto. Puestos a que alguien mandara en el mundo, no veía solución más natural que la de los británicos ocupando tal situación, aunque fuera con la billetera de los americanos. Y como este plan no tenía, en 1944, sentido alguno, el Reino Unido salió trasquilado de Bretton Woods.

La estructuración de la narrativa en la batalla entre Keynes y White tiene, sin embargo, costes que le dejan a uno con cierto sabor agridulce. Hay muchos aspectos importantes de la conferencia de Bretton Woods y la reacción a la misma que Steil no desarrolla con el cuidado que yo hubiera deseado. El primero es el papel de la Unión Soviética, que juega a ser el troll oficial de la conferencia, obstaculizando todos los trabajos, pidiendo concesiones desproporcionadas con la excusa de sus muertos en la guerra contra Alemania (hay una gran expresión en Estados Unidos sobre este comportamiento: “waving the bloody shirt”) y luego, después de conseguir el 95% de las concesiones que buscaban, no uniéndose al Fondo Monetario Internacional.

Un segundo aspecto, que no creo explorado, es la reacción en otros países del mundo fuera de Estados Unidos y el Reino Unido a la conferencia. Llama claramente la atención, por ejemplo, la cercanía (y agudeza) con la que la prensa alemana sigue la conferencia, algo que jamás hubiese sospechado. Una verdadera historia “global” de Bretton Woods, desde Berlin a Canberra, es aún necesaria.

En todo caso, Steil ha escrito un libro que constituye la referencia actualizada de mayor calidad y espero con interés su anunciado libro sobre el Plan Marshall.

En mi siguiente entrada discutiré The Summit: Bretton Woods, 1944: J. M. Keynes and the Reshaping of the Global Economy, de Ed Conway, un libro más centrado en los detalles y caracteres de la conferencia y ofreceré unas breves reflexiones sobre Bretton Woods.

1. El breve poema “‘In Washington Lord Halifax once whispered to Lord Keynes, “it’s true they have the money bags but we have all the brains”’ demuestra una cierta arrogancia británica carente de fundamento sólido.

2. Dean Acheson escribió de White en sus memorias: “I have often been so outraged by Harry White's capacity for rudeness in discussion that charges made against him [of Communist sympathies] would have seemed mild compared to expressions I have used”.