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Oro, Oro, Oro: La cámara acorazada del Fed de Nueva York

La vida es un pañuelo y antes se pone hablar Luis sobre el oro ayer que hace unas horas he tenido mi propia experiencia sobre el tema. El grupo de economía monetaria del NBER ha celebrado hoy una de sus reuniones periódicas en el Fed de Nueva York. Para entretenernos, a los asistentes nos han bajado durante el descanso de la comida a ver la cámara acorazada donde guardan el oro que numerosos bancos centrales del mundo entero mantienen en el Fed.

La verdad es que es una experiencia curiosa que aconsejo a los que se pasen por Manhattan ya que la visita se puede solicitar (aquí) y que tiene bastante poco que ver con lo que uno ve en Die Hard 3. Primero bajas 5 pisos hasta unos 25 metros bajo tierra. Luego pasas la puerta acorazada, de 90 toneladas, que es una especie de habitación rotatoria y ale, ya estas en la cámara. Dentro de la cámara hay armarios, uno para cada banco central o institución internacional, donde guardan los lingotes, unos ladrillos macizos que me parece recordar que han dicho valen cerca de medio millón de dólares cada uno apilados como piezas de lego. El valor total de las piezas amarillas parece rondar los 300.000 millones de Euros (algo menos de un tercio del PIB de España). Las paredes del armario son de malla metálica con aperturas lo suficientemente grandes como para meter el dedo, tentación que, como se imaginará el lector, no he podido resistir para tocar bastantes lingotes. Cada armario tiene tres candados y tres empleados distintos saben la combinación de cada uno, así que cuanto toca abrir, por ejemplo para sacar o meter más oro, tienen que estar los tres presentes a la vez. En el centro de la habitación hay una balanza gigantesca donde pesan el oro para comprobar que todo cuadra cada vez que se efectua una operación. No hay ningún ordenador ni aparato electrónico para evitar que nadie les intente hackear, excepto por las cámaras de seguridad. Una cosa graciosa es que los empleados tienen que ir con unos zapatos especiales de metal para evitar que se les destroce el pie si se les cae un lingote, pues pesan lo suyo.

A parte de la mera visita turística, como economista no he podido sino pensar una y otra vez en la famosa frase de Keynes del oro como una reliquia barbárica: agujeramos la tierra en Australia para sacar oro de las profundidades, lo ponemos en un barco y lo llevamos a la otra punta del mundo, a Nueva York, donde hacemos otro agujero tremendo para tenerlo ahí bien guardadito. Menudo despilfarro de recursos más tonto.

Además, en mi caso concreto, el oro nunca me ha creado la más mínima ilusión. Creer en el patrón oro hoy en día es la misma clase de majadería que no creer en la evolución o negar el calentamiento global. Alguien que tenga cualquiera de estas tres posiciones es claramente una persona que, o no procesa información correctamente o miente como un bellaco (lo más gracioso es que estas suelen ir juntas: aquí tenemos al Ron Paul sin ir más lejos). Pero, por mucho que me asombre y me resulte inexplicable, parece que hay gente que el color dorado les vuelve locos. En fin, como decía el torero, tiene que haber gente para todo.