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Las Aventuras de Niall Ferguson I

Hace unos días leíamos en las noticias el nacimiento del hijo de Niall Ferguson y Ayaan Hirsi Ali. El año pasado, y tras un tumultuoso divorcio que hizo las delicias de la prensa británica (lo tenía todo: él, historiador mediático, ella, periodista influyente, 3 hijos, dinero a caudales, un accidente de caballo, infidelidades pasadas, una nueva amante controvertida como ella sola), Ferguson y Hirsi Ali se habían casado en una ceremonia donde habían acudido personalidades como Henry Kissinger y por supuesto la policía, pues Hirsi Ali está bajo protección desde hace muchos años por las amenazas del terrorismo.

¡No se frote usted los ojos, querido lector! NadaEsGratis no se ha convertido en parte de la prensa del corazón: todo estas aventuras familiares (incluido el que Kissinger fuera a la boda) son una buena introducción a una serie de post que hoy iniciamos sobre la carrera de Niall Ferguson y sobre su último libro, Civilization: The West and the Rest, que me leí justo antes de Navidades. Y es que , como decía E.H. Carr en su precioso librito What is History, "Before you study the history, study the historian."

Quizás, antes de entrar en materia, lo mejor sea explicar quién es Ferguson para los que no lo sepan. Es un historiador británico (no digo escocés pues es unionista convencido), catedrático en Harvard y que, a parte de ser probablemente uno de los académicos mejor pagados de hoy en día (los rumores son que ingresa bonitas cifras de varios millones de libras al año) tanto por sus charlas a audiencias por todo el planeta como por los derechos de sus libros que se venden como rosquillas, se ha convertido en uno de los intelectuales más influyentes en el mundo conservador de habla inglesa.

¿Y qué he hecho Ferguson para merecer esta atención? La primera pista es su enorme productividad: en un par de décadas ha publicado 10 libros y editado otro más, escrito numerosos artículos tanto académicos como en los medios de comunicación (aquí los más recientes), ha presentado cinco series de televisión (si no me sale mal la cuenta) y, en general, ha saltado de un lado al otro del globo participando en mil saraos (y como decíamos antes, con fuerzas de sobra para tener 4 niños con dos mujeres distintas y más de una y más de dos aventuras románticas).

Lo de los libros, que es lo que más mérito puede (o dejar de) tener, merece ponerlo en perspectiva. En economía, uno suele saber que muchísimos profesores españoles son malos porque no han publicado nunca nada. En historia, ocurre lo contrario, muchos publican como posesos, pero son meros refritos de obras anteriores aderezadas con opiniones superficiales (sin contar, claro, a aquellos como Cesar Vidal o Pío Moa, cuya capacidad de sacar un libro detrás de otro se explica por la sencilla observación de que sus obras deberían ser colocadas en la sección de ficción de la librería y no en la de historia, como tozudamente insisten los dependientes del Corte Inglés). Incluso luminarias a los que admiro casi con ingenuidad infantil como Claudio Sánchez-Albornoz se dedicaron al corta-y-pega sin rubor. En comparación, el mejor historiador del siglo XX, el inolvidable Fernand Braudel, apenas pasó de la docena de libros (aunque claro, ¡qué docena!, todavía me emociono cuando ojeo Civilisation matérielle, économie et capitalisme).

O por poner otro ejemplo más reciente: incluso los profesores americanos contemporáneos de más renombre, como Bernard Bailyn, decano de la profesión de americanista (y un auténtico gigante intelectual cuya lectura es imprescindible para entender a Estados Unidos y su revolución) raramente superan 12 o 13 tras una carrera de cinco o seis décadas. Es por ello que 10 libros que se dejen todos leer, que hayan ganado un premio detrás de otro y que se hayan convertido en éxitos de ventas llamen la atención. Aunque, claro, como veremos en el siguiente post, algo de truco sí que hay.

El primer libro de Ferguson, Paper and Iron: Hamburg Business and German Politics in the Era of Inflation, 1897-1927, derivado de su tesis doctoral y publicado en 1995, es un sólido análisis de las actitudes y comportamientos de la comunidad empresaria de Hamburgo durante el cambio de siglo, la primera guerra mundial y el comienzo de Weimar, y expone, por primera vez, una de sus tesis más famosas: que el segundo Reich, con su fuerte federalismo (sí, mucho Kaiser y mucho estereotipo de prusiano de película barata, pero el segundo Reich era profundamente federal y encima bastante más democrático que la mayoría de sus vecinos europeos), se había topado con un serio problema presupuestario que estuvo detrás de muchas de sus contradicciones internas (incluido el peso excesivo de los grupos de presión en la formulación de su política) y que había sido un factor determinante en la decisión de ir a la guerra en el verano de 1914.

Este libro, una monografía académica no dirigida al gran público, y que sin ser excepcional, fue merecidamente bien recibido entre los historiadores. En sus páginas se dejaba ver una figura prometedora: buen inglés, habilidad en ligar temas económicos y políticos pero sin despreciar los nuevos avances de la historia cultural de los 70 y 80 (que había caído, en su reacción frente al estructuralismo de los 60, en un anti-economicismo bastante insensato del que la mayoría de la historiografía no se ha recuperado, sobre todo en EE.UU., y que casi ha finiquitado a la historia económica en muchas universidades), claridad en las hipótesis y conclusiones y un deseo de jugar en serio con los contrafactuales históricos como laboratorios de investigación.

A la vez, los que sabían más de Ferguson ya sospechaban que había mucho más detrás de este libro. Durante sus años de estudiante de grado en Oxford, Niall Ferguson se había juntado con Andrew Sullivan (aquí su blog), otro personaje de esos que solo Inglaterra puede producir y que merecería varios posts por si solo, para unirse a un grupo de Torys radicales que se dedicaban más que a nada a chinchar a la mayoría de centro-izquierda de la universidad con ideas tan peregrinas como organizar una fiesta para celebrar la puesta en activo de los misiles de crucero de la OTAN. Luego, siendo ya estudiante doctoral e investigando en Alemania, se convirtió en corresponsal del Daily Mail y del Daily Telegraph (cómo no, dadas sus inclinaciones políticas; para los lectores que sepan menos de la prensa inglesa, la mejor explicación de los periódicos británicos es este video de Yes, Prime Minister abajo) para ganarse unos dinerillos adicionales pero, para evitar que se mezclase su reputación de historiador con la de periodista (sí, querido lector, como siempre explicamos en este blog, nuestros decanos consideran que escribir en medios populares es en el mejor de los casos una frivolidad, cuando no una preocupante pérdida de tiempo), empleaba sinónimos e incluso llegó a fotografiarse con una gruesas gafas para eludir el ser reconocido cuando el periódico le pidió una foto para poner junto a su columna. Luego, al volver a Oxford, y mientras sus libros se publicaban, pronto adquirió una reputación como carismático (y según muchos estudiantes, atractivo) profesor.

El verdadero exitazo de la carrera académica de Ferguson fue la publicación, tras cinco años de intensísimo trabajo e inteligente uso de ayudantes de investigación, de una biografía autorizada (es decir, con acceso a los documentos de la familia) de los Rothschild. En dos gruesos volúmenes (uno y otro), Ferguson pulverizaba a todos los historiadores anteriores que habían tratado el tema, tan dado a las teorías conspirativas o la simple mala información, y establecía un nuevo estándar en las biografías empresariales y la historia financiera. Su lectura es fascinante y le deja a uno con una envidia (no sé si sana o no) de Ferguson. Los volúmenes acumularon premios y encima fueron éxitos de ventas. Después de un libro así, un historiador británico, seguro en su promoción futura, puede dedicarse a disfrutar del resto de su vida entre botellas de buen oporto y unos no particularmente onerosos tutoriales. Pero a Ferguson esto no era lo que le apetecía.

Como ejemplo de esas otras actividades potenciales, y casi de manera simultanea, se había publicado un libro que Ferguson había editado (y en el que también contribuía tres capítulos) sobre los ejercicios de historia virtual a los que brevemente me había referido anteriormente. La idea era dejar de considerar la construcción de ejercicios de historias alternativas como un pasatiempo de piraos (que suelen incorporar de manera obsesiva una Alemania nacionalsocialista triunfante y/o extraterrestres que aparecen en el momento más inesperado) y empezar a pensar en ellos como “laboratorios”: la idea es que el historiador se siente y piense de manera coherente, es decir, basado en la evidencia empírica y en la lógica de cómo se comportan los individuos, en qué hubiese ocurrido si algo se hubiese desarrollado de manera distinta. Por ejemplo, ¿qué habría ocurrido si en Abril de 1931 Alfonso XIII decide resistir en Madrid? ¿O si Carrero Blanco no hubiera sido asesinado? Y no es cuestión de empezar a hacer elucubraciones raras o una novela entretenida, que son las tentaciones facilonas y habituales, es cuestión de ser realistas e intentar realmente entender cuáles eran las verdaderas fuerzas en juego en cada momento.

Este fue el primer libro que me leí de Ferguson (comprado en el inolvidable Borders de Minneapolis Uptown, que tristemente ha desparecido hace poco como todos sus hermanos) cuando estaba en el doctorado. No hace falta decir que me atrajo inmediatamente pues la idea es exactamente la misma que hacemos en economía: construimos “laboratorios” artificiales, pequeñas economías de juguete e intentamos, con disciplina, exprimir la lógica y los datos para ver qué aprendemos de ellas. La vida es muy compleja y uno solo avanza con la abstracción y olvidándose de los detalles. El ser simplista, lejos de ser un inconveniente, es un arma poderosísima.

Pero no nos desviemos. Vamos a dejar hoy a Ferguson justo después de haber publicado estos 3 primeros libros, todos ellos académicos (aunque más asequibles de lo normal y en especial con un je ne sais quoi en como están escritos) y a punto de convertirse en algo distinto, en el A.J.P. Taylor de nuestra generación. Seguimos mañana.