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La Demagogia de los Hechos 50 años después

Hace unas semanas venía en el periódico la noticia de la muerte de Ignacio Fernández de Castro. Aunque había oído hablar de él como uno de los impulsores durante los años de la dictadura del FLP (con alguna de cuyas herencias sociológicas me había encontrado de chaval en Madrid), nunca había leído nada suyo. Por ello, y como el título de uno sus libros citado en la necrológica, La Demagogia de los Hechos, me resultaba curioso (aquello de que "What's in a name? That which we call a rose, By any other name would smell as sweet" no funcionó en este caso), decidí aprovechar las ventajas de estar en una universidad rica y pedir que me trajeran el libro a mi despacho para mirarlo.

El libro se lee rápido, apenas 210 páginas en la edición de Ruedo Ibérico. A pesar de tal celeridad, tal ejercicio es agridulce. El libro ha envejecido a tal velocidad que poco aprende uno sobre España o sobre su estructura económica. Incluso desde el punto de vista meramente histórico, el desenfrenado deseo del autor de defender la necesidad de una revolución en la España de su tiempo, lo convierte más en un panfleto que una obra de investigación y su formación jurídica se deja translucir en un análisis económico bastante flojito (incluida su surrealista referencia a las “tablas Oput-imput”).

Resulta, sin embargo, más interesante ver hasta que punto medio siglo de de historia (el libro fue escrito en 1961) han cambiado los problemas sobre los que uno escribe en España y comprobar como algunas soluciones que, a buen seguro atractivas para muchos en aquel tiempo, han quedado claramente arrinconadas por el desenvolvimiento de nuestra economía.

Fernández de Castro parte del hecho, bastante poco discutible, que España en 1961 era un país pobre y agrícola. Su solución a tal tesitura pasaba por un programa muy similar al que se impuso en muchos países que se independizaban por aquel momento de los imperios europeos: planificación central de la economía para generar la suficiente acumulación de capital, socialización de las grandes empresas y granjas colectivas. Ya sabemos todos lo que quedó de ese tipo de programas en esos países: un desastre detrás de otro.

Y la verdad es que esto es algo que se debería haber sabido ya en 1961 (pues para aquel entonces evidencia no faltaba). Por mucho que Fernández de Castro hablase en la conclusión del libro, por ejemplo, de cómo en las granjas colectivas el individualismo egoísta iría desapareciendo, cualquiera que haya leído lo más mínimo sobre cómo funcionaban estas granjas en la práctica en los países que las impusieron (yo, además de leer sobre ello, tengo la “suerte”, por llamarlo algo, de que mi suegra vivió en una de ellas por muchos años y que me puede contar lo que de verdad ocurría detrás de los retratos del camarada Mao durante la época del Gran Salto Adelante, al menos ella tuvo la fortuna que como su padre había sido un líder destacado en la guerrilla comunista contra los japoneses algo de arroz siempre tuvo) sabe que esto no dejaba de ser una fantasía ingenua basada en esas discusiones de casino que tanto nos gustan a los españoles y sin la más mínima fundamentación empírica. El ser humano es un ente complejo producto de la selección: somos a la vez egoístas y altruistas en un complejo e inestable equilibrio porque esa combinación fue la que permitió sobrevivir a nuestros ancestros en la sabana africana. Nuestros genes imponen fuertes limitaciones a lo que se puede conseguir en una sociedad: el cantar El Este es Rojo con toda la devoción del mundo jamás sustituirá un buen sistema de incentivos, nos guste o no nos guste.

Más allá de estas obsesión con las granjas colectivas, no deja de llamar la atención el énfasis del autor en que los problemas económicos eran meramente técnicos, algo a lo que muy dado estaban, por ejemplo, en la Unión Soviética, y que por tanto no tenía que entrar en discutirlos en mayor detalle. Pero de nuevo esto demuestra una fortísima falta de entendimiento. No, como Hayek nos ha enseñado, los verdaderos problemas de decisión de una sociedad no son cómo se construye eficientemente una central eléctrica: son si debemos construir una central eléctrica o un hospital. Y no, Arrow y compañía también nos han enseñado que esto no se resuelve gritando lo democráticos que somos o lo honestos que son nuestros líderes. Por mucho que los del 15M no quieran entenderlo, las sociedades tienen problemas fundamentales de agregación de preferencias.

Además, Fernández de Castro era altamente escéptico acerca de los efectos en el largo plazo del por aquel entonces joven Plan de Estabilización pues según él, en el mejor de los casos solo llevaría a que en 20 o 30 años una parte de la población tuviese televisión y frigoríficos y que en el peor sería un desastre. De nuevo, todos sabemos cómo lucía España en 1991 (al final de este periodo de 30 años): una tele y un frigorífico era algo tan común (y no solo de una parte de la población) que ni nadie pensaba mucho en ellos, la preocupación era si se compraba o no uno el ordenador.

Pero en realidad su craso error de predicción probablemente le hubiese importado al autor poco ya que, y eso es quizás lo más interesante desde una cierta perspectiva sociológica, Fernández de Castro admite en varias ocasiones en el libro que cierto desarrollo era posible con una economía de mercado, pero que este desarrollo era falso pues se basaba en suministrar a las familias con bienes que realmente no necesitaban en un “consumismo” que no llenaba las verdades aspiraciones humanas. En sus propias palabras:

“Por ello, en la escala total de los bienes que constituyen el “bienestar burgués” existe todo un conjunto envilecedor, de exaltación del bienestar hedonista e ilimitado…”

Vamos, que a Fernández de Castro le gustaba muchísimo el “pueblo” pero le molestaba también muchísimo lo que el “pueblo” pudiese decidir hacer con su dinero una vez que lo tuviese. Esta posición de los críticos de la “sociedad de consumo” es algo que me ha sorprendido bastante desde pequeño, cuando a más de un profesor de mi colegio le daba por darnos la tabarra con este tema para disimular su escaso conocimiento de la historia de la literatura española. Por un lado a estos críticos se les llena la boca con democracia y derechos, pero luego no quieren que la gente se compre una tele de 49 pulgadas para ver el futbol, que es lo que de verdad les apetece. Un sencillo argumento de libertad individual nos enseña que esta contradicción es la base de un paternalismo autoritario bastante peligroso. Es mucho más sensato postular que cada uno que haga lo que quiera con su dinero, que sus preferencias son suyas y solo suyas. Yo adoro, como saben los lectores de este blog, a Wagner, pero en la vida voy a forzar a nadie a ver Die Meistersinger von Nürnberg, aunque sí que lo pueda recomendar encarecidamente.

El único posible contra-argumento para no dejar que la gente escoja por si misma es que los agentes se equivoquen de manera sistemática y que cierta intervención pública puede mejorar el bienestar de todos, pero esto una caja de truenos metodológicos y empíricos que dejo para otro día. La economía del bienestar en el caso que los agentes tengan sesgos de comportamiento es algo que los economistas todavía estamos intentando comprender.

En resumen. España, al final, creció con todos sus defectos y miserias haciendo básicamente todo lo contrario que Fernández de Castro proponía en su libro. Ya no somos ni un país pobre ni agrícola y el camino poco ha tenido que ver con la reforma agraria o con la revolución y sí con la apertura comercial al exterior, la integración en la economía mundial, la liberalización de la economía y en general la política fiscal y monetaria responsable. Quizás esto no sea mala lección para recordar.