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La maldición del metálico

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La semana pasada presenté algunos argumentos para justificar la eliminación del dinero en metálico. Hoy, como prometí, reseño el libro The Curse of Cash, que Kenneth Rogoff acaba de publicar y que revisa muchos de las razones de una manera más sistemática de la que yo pueda hacer.

El resumen de la reseña, como más de uno se habrá podido imaginar, es positivo. Rogoff escribe francamente bien y es cuidadoso en su presentación, incorporando los resultados de la investigación académica más reciente. A la vez, no cae en la tentación, de la que yo a menudo sufro, de extenderse demasiado. El libro es compacto (en la versión física, unas 280 páginas) y, sin matemáticas o econometría, se lee sin problema alguno casi de un tirón.

Los capítulos que más llaman la atención son el tercero y cuarto, en los que Rogoff presenta datos sobre la cantidad de dinero en metálico en circulación y sus empleos.

Empecemos con el capítulo 3. En la figura 3.4, por ejemplo, aprendemos que la razón entre el dinero en metálico y el PIB en 2015 fluctúa entre el impresionante 18.61% de Japón y el mucho más sensato 1.45% de Noruega. Como nos demuestran los noruegos o sus vecinos suecos (1.80%) y daneses (3.28%), las sociedades modernas pueden funcionar sin problema alguno con mucho menos efectivo que el 10.09% de la eurozona o el 7.38% de Estados Unidos, cifra que encima continúa subiendo desde principios de los 90 del siglo pasado. Otra manera, quizás más contundente, de verlo es que mientras a cada sueco le tocan 910 dólares por cabeza de efectivo (bueno, coronas convertidas en dólares según el tipo de cambio de 2015) a cada estadounidense le caen 4172 dólares, a cada miembro de la eurozona 3391 y cada suizo 8579. Haga, querido lector, el siguiente ejercicio: ¿cuánto dinero en metálico tiene usted en estos momentos en su cartera, en la caja fuerte, en el colchón y en monedas tiradas por sitios recónditos de casa? Yo tengo ahora mismo (literalmente, lo acabo de contar hace 1 segundo), 105 dólares más las monedas que puedan aparecer detrás de mesas y sofás. Pongamos, por redondear, 110 dólares. Hasta 4172 dólares, me falta un rato largo.

Quizás esta diferencia se explique si le cuento que estos 105 dólares están en billetes de 20 dólares (4 billetes), de 10 dólares (1 billete), de 1 dólar y monedas. Pero ni uno solo en billetes de 100 o de 50 dólares. No es una sorpresa: yo jamás empleo los billetes de 100 o de 50 dólares para nada. El cajero te da normalmente de 20, cantidad de tiendas no te aceptan los billetes tan grades (en la mayoría de los estados no es obligatorio aceptar metálico para pagar) y si te pierden es un buen enfado. Excepto cuando viene algún amigo o familiar de España, que puede haber cambiado en un banco y le han dado billetes grandes (los bancos en España son pícaros y no quieren darte billetes más pequeños porque les resulta más costoso), ni veo estos billetes. Y no es que yo sea raro: según un estudio detallado de 2012, solo el 5.2% de los adultos americanos tienen al menos un billete de 100 dólares en un momento determinado.

Pero resulta que de todo el dinero en metálico en Estados Unidos, el 84.2% o 3512 dólares por cabeza, está en billetes de 100 o de 50. Y de esos 3512 dólares, unos pasmosos 3270 dólares están en billetes de 100 (tablas 3.1 y 3.5 del libro). Total, que si eliminásemos estos billetes grandes, nos quedarían 660 dólares por cabeza en metálico a cada uno de los que vivimos en este lado del Atlántico. Todavía es mucho más de lo que yo tengo, pero ya empezamos a hablar de cantidades más razonables. Y, de hecho, si no existiesen esos billetes de grandes denominaciones y no se emitiesen nuevos billetes, la razón dinero en metálico-PIB sería de 1.17%, un pelín más baja que la de los noruegos, pero bien factible. En la eurozona, los billetes de 50 euros o más son el 90.7% de los 3391 euros en metálico que le tocan a cada europeo y solo los de 500 euros un 28.3%. Los billetes de 50 euros los uso a menudo cuando voy por España (de hecho, el cajero me los da) pero nunca las denominaciones superiores. Y en Suiza, en billetes de 50 francos o más tienen el 96.6% de esos 8579 dólares en metálico que le tocan a cada helvético.

¿Y dónde están todos estos dólares, euros y francos que no vemos? Rogoff repasa en detalle las distintas maneras en las que los economistas estiman los usos del metálico (algunas francamente ingeniosas como mirar la edad media de los billetes que llegan de vuelta a la Reserve Federal). Un número que parece congregar mucho consenso es que el 50% de los dólares están fuera de Estados Unidos. Unos cuantos están en la caja fuerte de la oficina central del Santander en Madrid para realizar cambios a los turistas, pero la sospecha es que la gran mayoría de esos dólares están en manos de oligarcas rusos, traficantes de drogas mejicanos y dictadores africanos varios. Cuando “El Chapo” fue arrestado en Febrero de 2014, la policía encontró más de 200 millones de dólares en metálico en su casa.

En el capítulo 4, Rogoff nos enseña que de los 4172 dólares aproximadamente un 2%, unos 83 dólares, se emplean para el comercio (carteras de consumidores, cajas registradoras, etc.) más otro pequeño porcentaje en tránsito de las máquinas registradoras a los bancos. Aunque estas estimaciones son muy imprecisas, así a primera vista tienen sentido. Antes mencionaba que yo tenía 105 dólares, pero muchos niños y personas de ingresos menores que el mío probablemente tengan menos de 105 dólares. Una estimación de 2012 encuentra que cada persona tiene, de media, 42 dólares. Otro estudio de 2014 calcular 74 dólares (la inflación entre 2012 y 2014 fue mínima, así que la diferencia es prueba de la cierta dificultad de medir esta cantidad).

En las cajas fuertes de los bancos y los cajeros automáticos (esto sí que lo sabemos medir bien) hay unos 210 dólares por persona. Total, que si sumamos los 83 dólares para usos de comercio, los 210 en los bancos y redondeamos al alza para compensar posibles errores u omisiones, en Estados Unidos se emplean unos 300 dólares por persona en metálico. Como decía antes, hasta 4172 dólares, nos falta un rato largo.

¿Cómo puede vivir la gente con 42-74 dólares en la cartera? En Estados Unidos, el 40% de las transacciones se realizan todavía en metálico, pero son solo el 14% del valor. Si la transacción es de menos de 10 dólares, el metálico se emplea en el 66% de los casos pero si es más de 100 dólares, solo en el 11%. Además este uso está reduciéndose de manera notable, quizás a un 2.5% anual.

Rogoff también presenta datos (menos completos) de usos de dinero en metálico y de transacciones para la eurozona y otros países avanzados.

La conclusión de los capítulos 3 y 4 de Rogoff es lapidaria. La inmensa mayoría del dinero en metálico no se emplea en las transacciones de la economía “legal”: se emplea para defraudar al fisco o para actividades ilegales. Y, esto la añado yo, según los pagos electrónicos se generalicen más y más, el metálico se empleará cada vez menos y menos en la economía “legal”. Yo, de hecho, tengo 105 dólares porque mi cajero tiene como “default” en la tecla rápida sacar 200. Pero saqué 200 al volver de España a finales de Agosto y voy tirando con ellos a pesar de varios viajes. Si me lo propusiera, estoy convencido que podría llegar a Noviembre sin sacar otra vez. Hasta en McNeil, el edificio de mi departamento en Penn, en las máquinas de Coca Colas y de chucherías del segundo piso se puede pagar con tarjeta y es más cómodo que con metálico para no ir arrastrando monedas sueltas en el bolsillo.

Llegado a este punto hay dos conclusiones: la débil y la fuerte. La débil es que no existe argumento alguno para no eliminar YA los billetes de más de 20 euros o dólares. Los billetes de 10 euros o dólares y menores denominaciones permiten seguir efectuando pagos de pequeñas transacciones y protegen la anonimidad de aquellos más preocupados por la misma (que, sin embargo, dejan alegremente todos sus datos en el servidor de NadaEsGratis cuando comentan o llevan el Iphone a todos sitios para que la National Security Agency sepa dónde están). Y estos billetes pequeños también pueden servir para tener una “reserva de emergencia” si, como algún lector aventuraba hace una semana, alguna desgracia ocurre: un sobre con 20 billetes de 10 dólares no ocupa mucho espacio escondido en casa y es más del doble de lo que tienen las personas medias para TODOS los usos. Aunque el dinero en metálico permite en principio estar preparado para una catástrofe, en la práctica casi nadie tiene esa “reserva de emergencia” y los que la tienen podrían seguir haciéndole a un coste ligeramente más alto (de hecho, es mejor tener billetes en bajas denominaciones para una emergencia, donde el cambio puede escasear). Billetes de 20 euros y superiores son solo una puerta abierta a comportamientos a erradicar, desde el fraude fiscal, el tráfico de drogas, el lavado de dinero, la corrupción o la falsificación de dinero.

El eurosistema podría, por ejemplo, anunciar que va a dejar de emitir denominaciones superiores a 10 euros (como ya ha dejado de emitir los de 500) y dar un plazo de 5 años para redimir los billetes de más de 10 euros antes de eliminar completamente su validez (los billetes de 500, por el momento, tendrán vida ilimitada; habría que cambiar esta política). Además, si imponemos modestos requisitos de justificación del metálico a cambiar (por ejemplo, por encima de 1000 euros) muchos euros escondidos no saldrán jamás a la luz, metiéndole así una buena mordida ex post a mucho caradura. Por supuesto no todos los comportamientos ilegales se erradicarían: hay otros medios de pago y subterfugios mil (Rodrigo Rato, cuando salga de la prisión en la que probablemente termine pasando unos añitos, podrá abrir una academia al respecto) pero la vida de muchas personas que no nos gustan se complicaría mucho. Sin ir más lejos, falsificar billetes de 10 euros es mucho menos rentable que falsificar los de 200. Rogoff va más lejos y propone sustituir en el medio plazo incluso los billetes de 5 y 10 euros (dólares) por monedas. Se mantiene la anonimidad y casi nadie va a ir a defraudar, como en una película mala de piratas, con un cofre de monedas de 5 euros (un ejemplo de lo engorroso que sería es esta noticia). Y Rogoff sugiere que incluso con tipos nominales negativos de nivel modesto (-3%) la mayoría de la gente no va a liquidar sus depósitos y llevarse a casa un saco de monedas.

La conclusión fuerte es que si ya el 86% (y subiendo) del valor de las transacciones en Estados Unidos se realiza sin metálico, llegar al 100% es perfectamente factible en 10 años. En China, por ejemplo y como disfrute enormemente en Diciembre pasado, se puede pagar con WeChat incluso comida por 25 céntimos en un tenderete de la calle. De hecho, los vendedores lo prefieren para no tener que gestionar metálico y evitar robos. Rogoff sugiere que el objetivo de eliminar el metálico puede requerir un esfuerzo adicional con aspectos como cuentas corrientes baratas o teléfonos móviles con apps de pago para gente de menores ingresos.

Uno podrá estar más o menos convencido de la conclusión fuerte pero la conclusión débil es casi imposible de rechazar. Y, sinceramente, creo que en 10 años estaremos ahí, le guste a uno o no.

Me faltan muchos capítulos para discutir, incluidos las posibles pérdidas de señoreaje (capítulo 6), los detalles de la eliminación del metálico (capítulo 7), las razones que sugieren que incrementar el objetivo de inflación o adoptar otras políticas monetarias no convencionales es peor alternativa a los tipos de interés negativos (capítulo 9), los mecanismos para implementar a la vez un tipo de interés nominal negativo con dinero todavía en circulación (básicamente, con un tipo de cambio flotante entre depósitos y metálico, capítulo 10) o los aspectos internacionales de eliminar el dinero en metálico (capítulo 13), pero los capítulos 3 y 4 ya nos explican de sobra el título del libro: la maldición del metálico. Librémonos YA de ella.