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100 Años, 20 Trabajos

La American Economic Review (o AER a secas), quizás la revista profesional más influyente entre los economistas, cumple estos días 100 años.

Para celebrarlo, el número de febrero del 2011 que acaba de salir arranca con un artículo preparado por un distinguido grupo de economistas (Kenneth Arrow, B. Douglas Bernheim, Martin S. Feldstein, Daniel L. McFadden, James M. Poterba y Robert M. Solow) que selecciona 20 trabajos publicados en estos 100 años y que los referidos autores han considerado como los más importantes en términos de influencia e importancia de este primer siglo de la AER (nota: yo soy miembro del consejo editorial de la revista pero, obviamente, no he tenido nada que ver con la selección de estos 20 trabajos).

Como parte de la celebración, el artículo esta disponible para el público en general aquí e incluye enlaces gratuitos a los 20 trabajos sin necesidad de estar subscrito a la revista o disponer de acceso a una biblioteca universitaria.

Fruto de varias conversaciones entre los editores de NeG, hemos decidido comenzar una serie ocasional donde, en las próximas semanas, explicaremos a nuestros lectores la importancia de estos trabajos. El artículo antes referido acompaña a cada uno de los 20 trabajos con un breve comentario, pero este es probablemente poco esclarecedor para aquellos que estén menos metidos en la literatura por su brevedad y por asumir un nivel considerable de conocimiento previo. Creemos, además, que incluso aquellos economistas más familiarizados con estos trabajos podrán re-encontrarse con ellos y leerlos con nuevos ojos.

Y como yo soy el que introduce esta serie también es lógico que sea el que rompa el hielo y sea el primero en explicar uno de estos artículos. En concreto, voy a hablar del trabajo de F.A. Hayek “The Use of Knowledge in Society” publicado en 1945. Dos razones me llevan a ello.

Una, porque es un artículo corto pero profundo que trata de un tema que siempre me ha atraído, el uso y transmisión de la información en grupos sociales (por ejemplo, algo de esto hay detrás de posts recientes míos como este o aquel a nivel agregado pero que también es relevante en otros niveles como en una empresa, algo en lo que Luis Garicano ha trabajado con detalle). Además, el artículo está escrito sin matemáticas, lo que lo hace más accessible y de cómoda lectura, lo cual recomiendo a nuestros lectores encarecidamente (como lo hago, por otra parte, a todos mis estudiantes).

Dos, porque me dejará a las puertas de hablar en una segunda entrega de otro de los 20 trabajos, por Grossman y Stiglitz, que en cierto sentido construye sobre la contribución de Hayek y que demuestra lo mucho (o poco) que ha avanzado la economía desde 1945.

Hayek escribió este trabajo como consecuencia de sus reflexiones acerca del problema de si era o no posible el cálculo en una economía socialista.

La historia de este debate (con la obligada simplificación a la que me obliga la limitación del espacio y que espero me perdonen aquello lectores más expertos en el tema) es a grandes trazos más o menos la siguiente.

Marx nunca se preocupó demasiado de articular una teoría de cómo debería funcionar el nuevo sistema económico que sucediera a lo que llamó capitalismo. Su visión era que, bajo la nueva organización social creada por la victoria del proletariado, la productividad sería tal que los problemas de escasez desaparecerían y con ello el objeto de la teoría económica (en todo caso quedarían problemas técnicos de organización de la producción más propios de ingenieros que de economistas, en una famosa pero desafortunada frase de Joan Robinson, el trabajo de un directivo de empresa es simplemente mirar en un manual cuál es la mejor manera de organizar la factoría).

Esta visión simplista de la economía del socialismo se enfrentó con la realidad de la Unión Soviética en los años 20 del siglo XX donde, obviamente, los problemas de escasez no habían ni mucho menos desaparecido. Fruto de este problema eminentemente práctico, muchos economistas descubrieron un argumento que, si bien había ya circulado en distintas formas embrionarias desde finales del siglo XIX, tuvo su más clara exposición en un artículo de Von Mises, un economista austriaco e importante influencia intelectual y personal en Hayek, de 1920. Mises argumentaba que una economía socialista el cálculo económico era sencillamente imposible. En ausencia de un sistema de precios los distintos recursos de una sociedad (heterogéneos en su mera esencia) no podían ser asignados correctamente.

La respuesta de una buena parte de los economistas fue reconocer que si bien Mises había presentado un argumento muy poderoso, en realidad este no tenía las implicaciones tan radicales que Mises había extraído del mismo. En concreto, Orkar Lange (y otros) propusieron la idea de un socialismo de mercado: la autoridad central de planificación anunciaría unos precios y ordenaría a los directivos de las empresas socialistas que se comportaran como maximizadores de beneficios dados esos precios. La autoridad central simplemente jugaría con los precios (como un subastador Walrasiano) hasta que los mercados de vaciasen.

La idea de Lange es que este esquema reproduciría lo mejor de las economías de mercado (el sistema de precios) sin lo que él pensaba eran sus desventajas (como la distribución de renta). Es más, en tanto que todos los directivos se comportaran como maximizadores de beneficios dados precios, la asignación sería más eficiente que la de mercado ya que se evitarían problemas como el poder de mercado que introducen una cuña entre precios y coste marginal. Tan contento estaba Lange con su esquema que incluso bromeaba que en el patio de entrada del ministerio de planificación de toda economía socialista debería colocarse un busto de Mises por haberles recordado la importancia del sistema de precios.

El argumento de Lange convenció a muchísimos economistas y fue una fuerza clave detrás del renacimiento de la teoría del equilibrio general después de la segunda guerra mundial. Gente como Ken Arrow querían tener un modelo matemático de cómo funcionaba la economía de mercado precisamente porque querían construir un sistema económico alternativo (por cierto, esto también demuestra que la “historia” que uno lee a menudo narrada por periodistas que nos cuentan que los modelos matemáticos en economía son una invención de los acérrimos defensores de la economía de mercado para justificar esta no es más que una tontería y fruto de una lectura infantil y superficial de la historia de nuestra ciencia).

Hayek, en su trabajo de 1945, critica la posibilidad de un socialismo de mercado y, de manera más general, el enfoque imperante en la corriente principal de la economía. Hayek explica que la mayoría de las discusiones sobre la eficiencia de un sistema económico (sea una empresa, un estado o cualquier otro) parten de la hipótesis que conocemos las preferencias, la tecnología y los conjuntos de información de los agentes. Dados estos datos, el problema de cálculo es relativamente sencillo ya que es un mero problema de optimización matemática, más o menos complejo de implementar pero conceptualmente trivial.

Desafortunadamente, esto no es una descripción muy útil del problema en la práctica ya que este se caracteriza, más que nada, por la dispersión de la información. La verdadera cuestión es pues cómo diseñar un sistema económico que consigue agregar de una manera satisfactoria esta información. Hayek afirma que, con todas sus imperfecciones, el sistema de precios es la mejor manera que conocemos de lograr este objetivo y que intentar pretender reproducir su funcionamiento por medio de un planificador central, por mucho que este actúe como un subastador walrasiano, está condenado al fracaso.

En particular, Hayek argumenta que el conocimiento está desperdigado entre todos los miembros del grupo social y que ninguna autoridad central será capaz de agregarlo, aunque solo sea porque este conocimiento en muchas ocasiones no se puede verbalizar o cuantificar (o, utilizando una posición más moderna, porque los agentes no tienen incentivos a revelar tal información de manera veraz a ninguna autoridad central) y porque este cambia constantemente. Solo los precios, al suministrar información sobre la escasez relativa de los distintos bienes, pueden inducir a los agentes a comportarse de una manera que, por medio de la búsqueda de su propio interés, lleve a la agregación de la información. Para ilustrar este punto, Hayek utiliza el ejemplo de un incremento en la demanda de estaño. El precio relativo del estaño es que nos suministra a los productores y los consumidores de estaño lo que necesitamos saber (es más rentable producir estaño, es más caro consumir estaño) sin necesidad de entender o conocer las razones que han llevado al cambio en la demanda.

Uno se puede quejar con motivo, y a esto volveremos en una segunda entrega de esta serie, que aunque Hayek sugiere que un sistema de precios puede agregar esta información social, no nos ofrece una prueba de que esto sea así o que la agregación por medio de precios no tenga problemas importantes. De hecho es trivial encontrar ejemplos donde el sistema de precios agrega información de manera muy ineficiente y que lleva a asignaciones sociales muy malas que pueden ser facilmente mejoradas (pensemos en cualquier situación con información asimétrica, con heterogeneidad de expectativas o en modelos con cascadas informativas, un ejemplo bien conocido es un "beauty contest" propuesto por Keynes en 1936), lo cual nos indica que Hayek era excesivamente optimista con respecto a la utilidad del sistema de precios.

A pesar de estas indudables deficiencias, el trabajo de Hayek tuvo, quizás de una manera poco visible pero no por ello menos cierta, un gran influencia en muchos economistas. Aunque la teoría moderna, altamente formal y matemática, se parezca poco a lo que Hayek pensaba que era la mejor manera de teorizar (en esto siempre he pensado que Hayek estaba equivocado, pero eso es otra batalla), su herencia es indudable. Por ejemplo, Leo Hurwicz, el “padre” intelectual del departamento de economía de Minnesota (y con ello, indirectamente de dos de los editores de este blog y muchos de sus colaboradores) estudió con Hayek en Londres justo antes de la Segunda Guerra Mundial. Como nos contó Hurwicz en persona en una clase que cogí con él en 1997, fueron las ideas de Hayek las que le llevaron a empezar a pensar en temas como el diseño de mecanismos y la teoría de la compatibilidad de incentivos y que tratan precisamente de pensar cuándo y cómo elicitar información dispersa de manera rigurosa. En concreto, los aspectos dinámicos de la revelación de la información son a la vez sorprendentes y sutiles y desafían constantemente a nuestra intuición, de nuevo otra prueba aplastante del papel de los métodos formales (un gran resumen de muchos de estos resultados aparece en este trabajo).

El papel central que estas ideas ocupan hoy en la teoría económica moderna y todas sus aplicaciones, desde la teoría de la regulación a la teoría de subastas o la imposición óptima es quizás el mejor resumen de la importancia e influencia del trabajo de Hayek y la más clara justificación de porque ha sido seleccionado en la lista de 20 artículos más influyentes de la historia de la revista.

Como anunciaba anteriormente, en la entrega siguiente discutiré un trabajo de Grossman y Stiglitz que se pregunta explícitamente si el mecanismo de precios puede resolver los problemas enfatizados por Hayek. La respuesta será, cuando menos, ambigua pero no por ello menos apasionante.