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Sobre los orígenes de la Europa urbana

¿Cómo se urbanizó Europa? En entradas anteriores discutí que los conflictos bélicos tuvieron mucho que ver con la creación de ciudades en el viejo continente (aquí) y cómo, en Estados Unidos, la presencia de bancos locales fue fundamental para el crecimiento urbano (ver aquí). Hoy quiero enfocarme en un factor que seguramente fue mucho más influyente, al menos en Europa: su geografía. Fran Beltrán nos explicó su fantástico trabajo sobre la importancia de la geografía en la creación del sistema urbano en España (aquí la entrada en NeG y aquí el propio trabajo). En esta entrada, me propongo ampliar un poco el alcance de su trabajo discutiendo un estudio sobre Europa que Fran y sus coautores citan.

El trabajo de Maarten Bosker y Eltjo Buringh (aquí) analiza la formación de ciudades en Europa entre los años 800 y 1800 y distingue entre fuerzas de primera naturaleza (first-nature forces) y fuerzas de segunda naturaleza (second-nature forces). Las primeras incluyen variables como la presencia de ríos o lagos, cercanía y/o acceso al mar o a antiguas carreteras romanas, así como la escabrosidad del terreno y su potencial para ser cultivado. Las fuerzas de segunda naturaleza las miden con la cercanía a otras ciudades que ya existían. Para ello los autores recopilan una cantidad impresionante de datos que les permiten estudiar cuál de estas fuerzas es más importante.

Parece intuitivo que la población tienda a concentrarse en territorios con abundantes fuerzas de primera naturaleza. Por un lado, es natural que, sin restricciones a los movimientos de la población, la gente se sitúe cerca de centros logísticos de transporte puesto que desde allí es más fácil comerciar con otras ciudades. Tampoco sorprende que la gente prefiera situarse en tierras más fértiles que les permitan cultivar vegetales, especialmente en periodos donde los costes de transporte son elevados. Lo que es menos evidente, como explicaba Fran, es si construir una ciudad cerca de otra que ya estaba establecida es una buena idea. Por un lado, las economías de escala Marshallianas nos dicen que es bueno acumular más gente (incluso en varias ciudades cercanas) puesto que esto reduce la distancia ente consumidores y productores. Además, es probable que existan desbordamientos de conocimiento (knowledge spillovers) entre productores y que las empresas y trabajadores se beneficien de un mercado laboral más amplio. Todos estos beneficios suelen resumirse en una medida que se conoce como el “mercado potencial” de una ciudad. Pero, a la vez, construir una ciudad cerca de otra conlleva más competencia a la hora de atraer habitantes y es posible que este efecto, a menudo llamado el efecto sombra (shadow effect), domine al efecto positivo discutido antes.

La estrategia de este trabajo es muy sencilla y consiste en dividir Europa (en concreto el oeste de Europa) en celdas muy pequeñas (de 100 metros cuadrados) y calcular la probabilidad de que una nueva ciudad se construya en estas celdas como función de su geografía y de cuánta gente viva en esa celda en el año anterior. El gráfico de abajo muestra como el número de ciudades aumentó espectacularmente en este periodo:

Por otro lado, la tasa de urbanización y el número de ciudades en Europa crecieron a la misma velocidad hasta alrededor de 1700 (ver el siguiente gráfico). Sin embargo, a partir de ese año, una gran parte de la nueva población urbana se situó en nuevas ciudades, tal vez debido a la caída en los costes de transporte (vivir en ciudades más pequeñas se volvió menos costoso) o tal vez debido al aumento en costes de congestión en las ciudades grandes (en el periodo que analizan las ciudades europeas eran, en general, mucho más insalubres que las zonas rurales y es bien probable que ese efecto aumentara con el tamaño de la ciudad).El principal resultado de su estudio es que, aunque tanto las fuerzas de primera naturaleza como las de segunda naturaleza son importantes para entender la construcción de la Europa urbana, las primeras tienen una relevancia mucho mayor. Como puede verse en la tabla, las variables de primera naturaleza, incluidas en el vector Xi , tienen un efecto positivo y estadísticamente significativo en la mayoría de los casos. Estar cerca del mar (sea) o de un río (river), ser un centro de comunicación (hub), tener una carretera (road), y estar situado en un terreno con más variación en su elevación (ruggedness) son, todos ellos, factores que aumentan la probabilidad de que en una celda en concreto se construya una nueva ciudad. Quizás lo más inesperado es que territorios con una mayor variación en la elevación consigan atraer a más población. Una posible explicación es que estas celdas suelen ser más montañosas y eso hacer que sea más fácil proteger a una ciudad que se sitúe allí (por ejemplo, probablemente eso explica en gran parte por qué Asturias no fue nunca invadida por los moros). De hecho, en un trabajo completamente diferente (ver aquí), Diego Puga y Nathan Nunn muestran que en territorios africanos más escabrosos hubo una menor captura de esclavos puesto que era más difícil apresar a la población indígena y cómo esta peculiaridad de su geografía benefició a estos países en el largo plazo.

Por otro lado, la tabla anterior muestra cómo las fuerzas de segunda naturaleza, incluidas en el vector Xit-1  y medidas como la distancia a la ciudad más cercana (de 0 a 20 km, de 20 a 50 km, o de 50 a 100 km) también son relevantes, aunque los tamaños de estos coeficientes son mucho más pequeños que los de las fuerzas de primera naturaleza. Sus resultados muestran que es una mala idea crear una ciudad demasiado cerca (a menos de 20 km) de otra que ya existía. Sin embargo, es beneficioso hacerlo a distancias intermedias (entre 20 y 100 km). Este resultado es muy parecido al que encontraban Fran y sus coautores en España entre 1850 y 1950. El motivo por el que esto pasa es que, si una nueva ciudad se sitúa muy cerca de otra existente, encuentra demasiada competencia para crecer. Pero si se establece demasiado lejos de otros centros urbanos, ya no puede beneficiarse tanto de las posibles economías de aglomeración discutidas anteriormente. Es decir, parece existir una distancia óptima a otros centros urbanos.

Otro resultado del estudio es que, a medida que pasa el tiempo, el efecto de las fuerzas de primera y segunda naturaleza se mantiene más o menos constante. Respecto a las segundas, el efecto sombra, es decir el efecto negativo de las ciudades existentes en las nuevas, sigue presente a lo largo del tiempo a distancias menores de 20 km, pero el efecto positivo de una ciudad que ya existe a media distancia aparece solamente a partir del siglo XVI y se va haciendo más importante conforme avanzamos en el tiempo (el estudio se detiene en 1800). Esta evolución conectaría con el trabajo de Fran y sus coautores que muestran cómo el efecto sombra limitó el crecimiento de las poblaciones vecinas en la España del siglo XIX, pero este efecto negativo fue desapareciendo a medida que nos adentramos en el siglo XX y se volvió de hecho positivo a partir de 1950. Desde entonces, la presencia de núcleos urbanos cercanos ha promovido, en lugar de limitado, el crecimiento de la población local debido, probablemente, a la caída de los costes de transporte y a la creciente importancia de las economías de aglomeración.

Estudiar la importancia relativa de las fuerzas de primera naturaleza (la geografía) y de la segunda naturaleza (la influencia de las ciudades que ya existen) es interesante no solo para entender los patrones de urbanización que tuvieron lugar hace siglos, sino también para estudiar hoy en día estos procesos hoy en los países en vías de desarrollo. Por ejemplo, en sus proyecciones de población, la ONU estima que, el 68% de la población mundial vivirá en ciudades en 2050. En países como China e India, donde las tasas de urbanización están aumentando de forma muy rápida, se observan ya enormes dificultades para garantizar una mínima calidad de vida a la gente que vive en estas ciudades. En este sentido, estudios como el discutido aquí pueden ayudar a diseñar políticas que ayuden a suavizar estos procesos o a paliar algunas de sus consecuencias negativas.