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Análisis estratégico de la huelga general

Es posible que muchos de ustedes se hayan tenido que quedar en casa por falta de transporte público, o porque el colegio de sus hijos no funciona, o simplemente porque les parece que la huelga está muy bien y hay que apoyarla. Así que parece natural que dediquemos un espacio en Nada es Gratis a esta huelga general. Sobre el origen del asunto, la reforma laboral, ya se ha escrito mucho en este foro, de manera que me centraré en analizar los aspectos estratégicos del acontecimiento. Y una parte de mi objetivo es mostrarles que la paralización de los servicios públicos o los colegios de las que hablaba al principio son muy reveladores acerca de la motivación estratégica de la huelga y de sus posibles consecuencias.

Lo primero que hay que señalar es que como dice Ignacio Fernández Toxo “la huelga general es una gran putada.” En una huelga, general o no, pierden todos los implicados. Los trabajadores pierden salarios, los empresarios beneficios y hasta los “liberados” pierden. Tienen que explicarle a la gente que el acto que realizan tiene alguna utilidad, porque si no se la juegan en las próximas elecciones.

Esto coloca a la teoría económica y a la teoría de juegos en un aprieto. Por lo general los modelos económicos predicen que un grupo de agentes que negocian libremente van a llegar a un acuerdo que, como mínimo, no derroche recursos. Un ejemplo es el modelo básico de negociación con el que nos educamos los economistas, debido al futuro premio Nobel Ariel Rubinstein (el artículo original está aquí y una clase de seis minutos explicándolo aquí). En el modelo los jugadores hacen ofertas de manera alternada por un pastel de tamaño dado. La única ineficiencia posible en este caso sería no llegar a un acuerdo de manera inmediata (porque los agentes son impacientes y prefieren acuerdos hoy a mañana o porque el pastel se va “estropeando” con el paso del tiempo). Y aunque el juego es complicado los jugadores racionales llegan a un acuerdo de forma inmediata porque anticipan las reacciones del contrario en el futuro y ofrecen lo justo para que no haga falta echar a perder ni una miga del pastel.

Como pueden imaginarse, ya desde el origen de la teoría se planteó el problema de que muchas negociaciones producen resultados ineficientes, “grandes o pequeñas putadas”. ¿Cómo explicarlas? Una primera vía sería atribuirlas a la irracionalidad o estupidez humanas. Esto nos parece insuficiente e insatisfactorio a los economistas. Seguro que la irracionalidad desempeña un papel, pero de actores tan experimentados y con incentivos tan fuertes para hacerlo bien cabría esperar algo mejor. Los economistas hemos desarrollado varias teorías para explicar estas ineficiencias, pero la más convincente de todas tiene que ver con las asimetrías de información.

Para centrar la explicación volvamos a la negociación estilo Rubinstein. En ella, el factor determinante de la fracción del pastel que se lleva un individuo es su “paciencia”. Es decir, su capacidad para esperar más períodos si la negociación se prolonga. Si los dos individuos se conocen lo suficiente, uno de ellos dirá: “los dos sabemos que tengo el doble de capacidad de esperar que tú, mejor me llevo el doble de pastel”. Y, el otro, que sabe que esto es verdad, concederá inmediatamente, porque lo único que consigue esperando es echar a perder un trozo de pastel. La cosa se complica cuando no se conocen lo suficientemente bien. Los dos tienen incentivos a decir que son muy pacientes y son conscientes de ello. Así que la única forma de demostrarlo de manera fehaciente es dejando que pase el tiempo hasta que uno se canse y conceda (los interesados en una descripción no simplista del modelo pueden verlo aquí).

La pregunta que surge en nuestro caso es ¿qué información es la que gobierno y sindicatos no comparten sobre la presente situación para que hayamos llegado a este punto de ruptura? La explicación ingenua, pero también la más habitual, es que la huelga se convoca para mostrar al gobierno el rechazo popular a la reforma laboral. Esto me parece erróneo. Los sindicatos no pueden tener este objetivo si son racionales. La demostración es bien sencilla. Si lo que se pretendiera es mostrar la repulsa social por la reforma no haría falta paralizar el transporte público o los colegios. Más bien al contrario, con ese objetivo se debería facilitar al máximo que la gente fuera a trabajar. De hecho, con ese objetivo los sindicatos deberían ofrecer guarderías gratuitas por un día, o un subsidio a los que vayan a trabajar. La razón es fácil de ver. Si se impide acudir a su puesto de trabajo a la gente, el gobierno no sabe si los que han faltado lo han hecho porque están en contra de la reforma o porque el metro no funcionaba y así lo harán saber para mantener sus decisiones pasadas. De manera que un sindicato que tuviera ese objetivo debería hacer todo lo posible para que el que quisiera ir al trabajo lo hiciera. Así el gobierno no tendría excusas. Cada ciudadano ha renunciado su salario de un día para convencerlo. Esta es una señal más clara incluso que un referéndum.

Pero no ha sido así. Desde hace unas semanas parece que solamente oímos hablar de servicios mínimos. Es evidente que no existía la más mínima intención de señalar con claridad el desacuerdo de los ciudadanos sino más bien otra cosa. Una pista de qué pueden estar queriendo señalar es la insistencia en paralizar Madrid. Parece claro que se trata de mostrar que tienen la fuerza necesaria para crear pérdidas económicas generalizadas, algo de lo que no todo el mundo está convencido.

¿Y cuál es la respuesta óptima del gobierno (desde el punto de vista del gobierno)? El dilema es evidente y no es nuevo. Ni siquiera es exclusivo de esta situación, ya que comparte características con muchas otras. Si no se respetan las demandas de los sindicatos, la economía del país puede sufrir graves daños económicos. Pero si las respetan, habrán mostrado su debilidad y esto hace más probable la siguiente huelga general. Mucho depende de cual sea la reacción de la sociedad y de a quién se culpe por los costes incurridos. Como observador estratégico de un conflicto resulta apasionante, pero no me gustaría estar en la piel de los que tienen que tomar decisiones en estos momentos.