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Energía nuclear y cambio climático

En estos momentos sospechamos que las consecuencias sobre la población, japonesa y mundial, del terremoto y el tsunami que asaltaron el pasado 11 de marzo la central nuclear de Fukushima podrían ser muy graves. No en vano, probablemente sea el segundo peor accidente nuclear hasta la fecha. Pero aún no sabemos bien cuáles serán esas consecuencias y seguramente tardaremos años en saberlo. Este tipo de incertidumbre dificulta mucho el análisis económico del uso de la energía nuclear.

El debate sobre la energía nuclear está muy relacionado con el debate sobre el cambio climático. Por una parte, porque la energía nuclear es más limpia que el petróleo en la generación de electricidad, pues por cada kilovatio-hora produce solo un 8% del CO2 emitido al usar petróleo y solo el 7% del emitido al usar carbón, pero también es más sucia que la energía solar o la hidroeléctrica, pues emite un 660% más de CO2. Por supuesto, cada fuente tiene sus propias limitaciones en otros sentidos (capacidad de atender los picos de demanda, pérdidas con el transporte, producción de residuos, etc.).

Ambos asuntos también se parecen en la dificultad de calcular los costes futuros. En 2006 el economista Nicholas Stern dirigió, a petición del Gobierno británico, el Informe Stern sobre la economía el cambio climático (y recibió por ello en 2010 el Premio Fundación BBVA Fronteras del Conocimiento).

El informe dice que el cambio climático es el mayor fallo de mercado de la historia: cada gramo adicional de CO2 eleva la temperatura del planeta, independientemente de dónde se emita. Y considera que sus efectos económicos serían comparables a los de la Primera y la Segunda Guerra Mundial y la Gran Depresión. En concreto, en el informe se calcula, con gran imprecisión, que si no se adoptan rápidamente medidas para reducir la emisión a la atmósfera de CO2 (en realidad, de CO2 y de otros gases denominados "de efecto invernadero") hay un riesgo no despreciable de que el PIB mundial caiga entre el 5% y el 10%, caída que sería mayor en los países más pobres.

Las propuestas de reducción inmediata de la emisión de CO2 no están exentas de críticas. Por un lado, hay científicos de prestigio que, reconociendo la realidad del cambio climático, niegan que esté demostrado que se deba a la emisión de CO2 por actividades humanas (véase la secuencia de ocho vídeos provocativamente titulada “La gran mentira del calentamiento global”) y dan una explicación alternativa basada en las manchas solares.

Por su parte, los economistas han analizado por qué los efectos económicos derivados del cambio climático previstos por el Informe Stern son muy superiores a los calculados en la mayoría de los estudios previos. William Nordhaus, de la Universidad de Yale, señaló que la principal razón para esta diferencia es que el Informe Stern aplica al bienestar futuro una tasa de descuento del 0.1% anual, es decir, que valora prácticamente igual el bienestar de las generaciones futuras –incluso las muy lejanas– que el de las actuales. Este supuesto es crucial para concluir la necesidad de tomar medidas inmediatamente. Por el contrario, con una tasa de descuento del 5.5% anual, correspondiente a una inversión arriesgada estándar, lo adecuado es ir reduciendo la emisión de CO2 lenta pero sostenidamente (lo que se conoce como “la rampa”).

Por otra parte, Martin Weitzman, de la Universidad de Harvard, coincide con Nordhaus en que una tasa de descuento tan baja es inapropiada. Pero también recuerda la vieja distinción entre riesgo e incertidumbre debida a Frank Knight. El riesgo es susceptible de medición y, por tanto, al valorarlo se necesita suponer que se conoce la función de distribución estadística de las perturbaciones aleatorias (o que se va aprendiendo sobre ella, si uno es bayesiano), mientras que la incertidumbre knightiana no es medible.

Weitzman opina que realmente no conocemos la distribución de probabilidad de los aumentos de temperatura causados por la emisión de CO2. Pensamos que aumentos con consecuencias catastróficas son muy improbables, es decir que –técnicamente hablando– estarían en la cola superior de la distribución de probabilidad de temperaturas. Sin embargo, a juicio de Weitzman, en este caso esa cola superior acumula una masa de probabilidad significativamente mayor que la de la distribución normal o gaussiana que usamos habitualmente. Esta es una idea que ha popularizado, en general y para el ámbito financiero, Nassim Nicholas Taleb en su best-seller El Cisne Negro. Cabe señalar de pasada que, aunque en la mayoría de la investigación económica predomina el paradigma de la distribución normal, la economía financiera académica ha sido precisamente la pionera en el uso de distribuciones no gaussianas (ver este manual de Jondeau et al.).

Dada esa distribución de probabilidad con colas gruesas y dado el potencial efecto devastador de esos aumentos de temperaturas, Weitzman argumenta que deberíamos estar dispuestos a pagar inmediatamente una prima de seguro contra ese siniestro, gravando fiscalmente más la emisión de CO2 e invirtiendo más en la investigación en nuevas tecnologías de producción de energía que emitan menos CO2 y en el diseño de indicadores adelantados de la llegada de esas catástrofes. En suma, Weitzman concluye que el Informe Stern podría estar en lo cierto por la razón equivocada (y tiene otros dos trabajos recientes sobre el mismo tema).

El paralelismo del cambio climático con la energía nuclear es evidente. Los efectos de accidentes como el de Fukushima o de los que puedan suceder en cualquiera de los 442 reactores nucleares que ya hay en el mundo, en los reactores que entren en funcionamiento (hay 65 en construcción) o en los almacenes de residuos nucleares, son muy difíciles de predecir, son potencialmente muy graves y nos afectarían a todos. Pero hay una diferencia: los efectos nocivos de la energía nuclear cuando hay accidentes son mucho más evidentes para todos. Fukushima es una noticia muy influyente que nos obliga a revisar al alza nuestras estimaciones de la probabilidad de los accidentes en centrales nucleares y de sus costes económicos y humanos. Por esta razón, podría tomar fuerza la opción de no construir más centrales e ir cerrando las existentes a medida que venza su vida útil, siguiendo los primeros pasos hacia el abandono de la energía nuclear dados por Alemania, Bélgica, Filipinas, Italia, Países Bajos, Suecia o Suiza.

Actualmente no podemos prescindir de golpe de la energía nuclear, que genera el 13-14% de la electricidad a nivel mundial y alrededor del 20% en España. Pero el debate está resurgiendo en muchos países, como Alemania y España. En relación con las energías renovables, según El País, “el 68% está de acuerdo con invertir más en este tipo de energía, incluso aunque eso suponga aumentar un 10% el precio de la electricidad”. La pregunta va en el sentido correcto, aunque no sé si la cifra de aumento del precio proviene de una estimación rigurosa.

Como nos recordaba recientemente Jesús Fernández-Villaverde en este blog, el crecimiento económico tiene sus costes y renunciar a algunas formas de lograrlo también los tiene. El debate sobre el abandono de la energía nuclear debería hacerse analizando los principales costes y beneficios, con las mejores estimaciones que puedan hacer los científicos (incluidos los economistas) y provenientes de varias fuentes. En un asunto tan importante, las decisiones que se tomen no se basarán solo, ni principalmente, en criterios económicos. Pero éstos son muy relevantes. Como sociedad democrática, deberíamos llevar a cabo este debate en serio.