La papeleta del Senado: otra vuelta de tuerca a la partitocracia

Los autores de este post son Manuel F. Bagues y Berta Esteve-Volart

El Parlamento discutirá en las próximas semanas una propuesta de reforma del diseño de la papeleta electoral del Senado. La propuesta, que cuenta con el apoyo de los principales grupos parlamentarios, cambia la disposición en que se sitúan tanto partidos como candidatos dentro de la papeleta electoral. Actualmente la papeleta del Senado ordena los partidos aleatoriamente y, dentro de cada partido, ordena los candidatos alfabéticamente. Con la nueva propuesta se ordenarían los partidos en función del número de votos que hayan obtenido en las últimas elecciones y, dentro cada partido, se ordenarían los candidatos según disponga el propio partido.
¿Por qué en un sistema electoral donde el elector es libre de votar a sus candidatos favoritos debería preocuparnos la posición que ocupa cada partido o cada candidato dentro de la papeleta? La respuesta se halla en la existencia del efecto orden. Está demostrado que, cuando los individuos escogen entre una serie de opciones ordenadas en una lista, tienden a escoger la que está situada al principio. En el caso del Senado la magnitud de este efecto es de un 1.5% de los votos. La pequeña ventaja en votos que otorga el orden resulta decisiva en un sistema en el que casi todos los votantes dan sus tres votos a los tres candidatos propuestos por su partido preferido e implica que, en un 97% de los casos, el candidato más votado sea el situado al comienzo de la lista. Dado que en cada provincia se eligen cuatro senadores, ir como cabeza de lista resulta en muchos casos decisivo para obtener un escaño.
Naturalmente, la ventaja que otorga el orden en la lista no ha pasado desapercibida en círculos políticos. Los partidos han hecho toda clase de juegos malabares para que sus candidatos preferidos encabecen la lista, especialmente cuando no existen garantías de que los tres candidatos del partido van a resultar elegidos. Así, si por ejemplo el PSOE se las vio y se las deseó en su día para encontrar en A Coruña a militantes que poseyeran las “cualidades” necesarias para poder acompañar a Paco Vázquez en la lista (es decir, militantes con un apellido que comenzase por V, W, X, Y o Z), no lo tuvo mucho más fácil el PP de Madrid para elaborar la candidatura que debía encabezar Alberto Ruiz-Gallardón.
La selección de las mujeres por parte de los partidos en base a su apellido es uno de los ejemplos más claros de cómo los partidos hacen un uso estratégico del efecto orden (Esteve-Volart y Bagues 2009). Si la selección de las candidatas por los partidos no hubiera tenido en cuenta sus apellidos, deberíamos encontrar aproximadamente un tercio de las candidatas situadas en el primer lugar de la lista, un tercio en el segundo y otro tercio en el tercero. Sin embargo, en aquellas provincias donde los partidos esperan obtener un único escaño, se observa que sólo el 6% de las candidatas encabeza la lista. Es decir, el 94% de las candidatas figuran en los puestos dos y tres, donde no tienen posibilidades de salir elegidas. En cambio, en aquellas provincias donde es previsible que los tres candidatos del partido resulten elegidos y, por lo tanto, el orden en la papeleta no es relevante, un 59% de las candidatas figura como número uno de la lista. Es decir, en este caso, a pesar de que el orden en la lista no afecta a las posibilidades de elección, los partidos nominan a mujeres cuyo apellido las sitúa al principio de la lista, quizás por cuestiones de imagen. Únicamente en aquellas elecciones donde no está claro que partido obtendrá los tres senadores no se observa una clara elección de las candidatas basada en su apellido.
El gráfico adjunto ilustra cómo la selección de las candidatas se basa, en gran parte, en sus apellidos. Cada columna representa el orden alfabético promedio de los apellidos de los candidatos y candidatas, variable que indica la posición que ocuparía un apellido dentro de la población española en términos de orden alfabético. Por ejemplo, alguien apellidado Vázquez estaría situado en el percentil 96; es decir, el 96% de la población española tiene un apellido situado antes que Vázquez, y el 4% de la población tiene un apellido situado después.

Orden alfabético de los apellidos de los candidatos y candidatas al Senado, en función del tipo de lista en el que se presentan
Orden alfabético de los apellidos de los candidatos y candidatas al Senado, en función del tipo de lista en el que se presentan

Como muestra el gráfico, en aquellas listas donde el partido espera obtener los tres escaños, la candidata media tiene un apellido situado en el percentil 29 de la población (equivaldría a “Fernández”), significativamente por debajo de la media poblacional, que se sitúa en el percentil 50. Sin embargo, en las listas donde el partido espera obtener únicamente un escaño, observamos que la candidata media tiene un apellido situado en el percentil 70 de la población (equivaldría a “Pardo”). No se observan indicios claros de selección basada en el apellido entre las candidatas que concurren en elecciones disputadas (es decir, aquellas en las que el partido no sabe si obtendrá uno o tres escaños), ni tampoco se observa que los candidatos varones sean seleccionados en función de su apellido en ninguno de los tres casos. En definitiva, los resultados sugieren que, cuando no existe incertidumbre acerca de cual será el resultado electoral, los partidos utilizan a las mujeres como peones en el tablero político, en el sentido de que son nominadas o no en función de cómo su presencia en la lista afecta a los varones y a las estadísticas de género.
A la vista de esta evidencia, no parece conveniente una reforma de la papeleta del Senado que permita a cada partido elegir el orden que deben ocupar sus candidatos dentro de la lista. Esta reforma acabaría con la selección de los candidatos basada en el apellido. No obstante, este cambio no elimina el efecto orden en los resultados electorales, sino que lo que hace es facilitar que los partidos puedan aprovechar este efecto para favorecer a determinados candidatos.
Una solución más acorde con la Constitución, que dispone que la elección de los senadores se debe de realizar a través de un “sufragio universal, libre, igual, directo y secreto”, debería basarse en la experiencia de países como EEUU o Australia. Cuando en estos países se constató la existencia de sesgos posicionales asociados al sistema de orden alfabético de las listas electorales se introdujo, en su lugar, el sistema de rotación de las papeletas. Este sistema conlleva la impresión de varios modelos de papeletas de forma que en cada papeleta se rote el orden de los candidatos (ver por ejemplo el artículo de Álvarez, Sinclair y Hasen 2006). De esta manera, la ventaja que para un candidato supone ser el primero en algunas papeletas se compensa con la desventaja que tiene no serlo en otras y, en definitiva, se consigue que el resultado final de las elecciones no se vea afectado por el orden de los candidatos en la papeleta. La implementación de este sistema sería particularmente fácil en el caso de España. Dado que los partidos presentan tres candidatos, bastaría con imprimir tres modelos de papeletas.

Bibliografía:

Alvarez, R. Michael, Betsy Sinclair y Richard L. Hasen (2006), How Much is Enough? The Ballot Order Effect and the Use of Social Science Research in Election Law Disputes, Election Law Journal, Vol. 5(1), pp. 40-56.

Esteve-Volart, Berta y Manuel Bagues (2009), Are Women Pawns in the Political Game? Evidence from Elections to the Spanish Senate, Documento de Trabajo de la Fundación de Economía Aplicada (FEDEA) No. 2009-30.

Kelley, Jonathan y Ian McAllister (1984), Ballot Paper Cues and the Vote in Australia and Britain: Alphabetical Voting, Sex, and Title, Public Opinion Quarterly, Vol. 48, pp. 452-66.

Lijphart, A. y R. Lopez (1988), Alphabetical Bias in Partisan Elections: Patterns of Voting for the Spanish Senate, 1982 and 1986, Electoral Studies.

Marsh, Michael (1981), Electoral Preferences in Irish Recruitment: the 1977 Irish Election, European Journal of Political Research, Vol. 9, pp. 61-74.

Montabes Pereira, Juan y Carmen Ortega Villodres (2002), El Voto Limitado en las Elecciones al Senado Español: Estrategias de Nominación y Rendimientos Partidistas en las Elecciones de Marzo de 2000, Revista Española de Ciencia Política, Vol. 7, pp. 103-30.

Robson, Christopher y Brendan M. Walsh (1974), The Importance of Positional Voting Bias in the Irish General Election of 1973, Political Studies, Vol. 22, pp. 191-203.

Hay 3 comentarios
  • Muy interesante el post. Lo que no termino de ver es la conclusión de política: ¿Por qué es malo que los partidos puedan decidir que candidatos quieren que salgan elegidos en primer lugar? ¿Por qué esto refuerza el poder de la dirección? No estoy seguro que partidos débiles sean mejores que partidos concentrados. No me voy a poner aquí a defender el centralismo democrático pero tampoco es obvio que sea mala idea: la competencia ya existe entre partidos.
    El argumento constitucional que proponen los autores me parece estirar el sentido de las palabras: los derechos de los votantes no son violados en ningún momento y una diligencia mínima permite elegir al candidato preferido, con lo cual el voto sigue siendo universal, libre, igual, directo y secreto (donde "igual" se refiere al sujeto activo, el votante, no el pasivo, el votado).

  • Tienes razón Jesús, un sistema electoral de listas cerradas es totalmente legítimo e, incluso, en algunas situaciones puede ser conveniente.
    Sin embargo, el sistema de elección del Senado fue diseñado con la intención de que hubiese una elección abierta. Esta posibilidad de elección abierta se truncó a causa de la existencia de un efecto orden que cogió por sorpresa a todos los partidos. De hecho, en las primeras elecciones celebradas con este sistema hubo numerosos líderes políticos que se quedaron fuera del Senado por tener el apellido "equivocado" (entre otros, el presidente del PSOE, Ramón Rubial, que fue derrotado por un desconocido Manuel Fernández). Si los partidos políticos creen que es más conveniente un sistema de listas cerradas, en mi opinión lo correcto sería que propongan abiertamente el correspondiente cambio en la ley electoral y asuman el coste político de esta reforma.
    Por otro lado, como tú muy bien apuntas, la clave está en la existencia de competencia electoral, que es la que proporciona a los partidos los incentivos adecuados. En nuestro trabajo lo que observamos es que, en las provincias donde existe incertidumbre acerca del resultado electoral, no se observan nominaciones estratégicas (columna central del gráfico). Por el contrario, en las provincias donde no existe competencia electoral porque ambos partidos ya saben ex-ante el número de escaños que obtendrán, los partidos escogen estratégicamente a sus candidatas en función de su apellido (columnas izquierda y derecha del gráfico).
    Con un sistema electoral con elección abierta (y sin sesgos posicionales) quizás se podría conseguir que, en las provincias donde el dominio de un partido es tan apabullante que de facto no existe competencia entre partidos, la existencia de competencia electoral entre los candidatos de un mismo partido contribuya a mejorar la calidad de nuestros legisladores.

  • Hola Manuel:
    Gracias por tu respuesta. En estos temas mi visión está claramente sesgada por el sistema de listas abiertas de la república que, personalmente, creo que fue un desastre y una de las razones de la polarización política de esos años. En las provincias donde había un dominio apabullante de un partido o bien se fue a lo que se llamó “el copo” (pedimos a nuestros votantes que se auto-dividan de tal manera que todos los candidatos del partido salgan ganando, como ocurrió en Alava y Navarra en varias ocasiones por el dominio de las listas Catolico-Tradicionalistas) o se terminaban eligiendo a los políticos más radicales. Lo interesante sería tener un modelo de equilibrio donde se pudiese analizar la evidencia que reportáis, que me parece mágnifica y correr contrafactuales de política.

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