Dinero llama a dinero... también en ciencia, y a más cosas

1-4B-3col-cortesiaUn debate recurrente en este blog es el de si la financiación de la ciencia básica, en particular la financiación pública, es útil, genera riqueza o no. Los investigadores nos quejamos amargamente de los recortes de fondos y muchos comentaristas nos echan en cara pretender vivir del estado para hacer "nuestras tontás". Por eso me ha parecido interesante traer aquí un estudio cuantitativo cuyo origen, cómo no, es la aparición de una carta en Nature en la que los científicos se quejaban de la distribución de fondos para investigación en Europa... centrándose en el caso de Italia.

En la carta, Giorgio Parisi (probablemente, el físico italiano vivo de más prestigio, habiendo recibido premios tan importantes como la medalla Boltzmann entre otros) y 69 científicos italianos más pedían a la Unión Europea que presionara a los estados miembros para que mantuvieran la financiación de la investigación por encima del nivel de mera subsistencia. De esta manera, argüían, todos los investigadores europeos podrían competir por financiación europea (en concreto, del programa H2020) en igualdad de condiciones con Reino Unido, Alemania y Escandinavia. Tal y como está organizada hoy en día la ciencia en Europa, la Comisión Europea financia grandes proyectos transnacionales, normalmente más aplicados que básicos, mientras que la financiación nacional apoya proyectos pequeños de investigación básica y alguna prioridad nacional. El quid de la cuestión es que todo sale del mismo sitio: del presupuesto de los Estados miembros, que destinan una parte al fondo común europeo y se quedan otra para sus propios investigadores.

En este contexto, Parisi y sus co-firmantes se quejan de que varios estados miembros no se ocupan de sus investigadores, de esa financiación de pequeña escala que permite a los grupos de investigación mantenerse en el día a día. Obviamente, lo que a ellos les preocupa es Italia, con la financiación de las universidades reducida al mínimo y el Consiglio Nazionale delle Ricerche al borde del colapso (el caso es que esta historia me suena, ¿dónde la habré visto antes?). El mensaje final de la carta es que para evitar distorsiones en el desarrollo de la investigación en los países de la Unión, las políticas nacionales deben ser coherentes y garantizar un uso apropiado de los recursos.

Ah, pero amigo lector, me dirá usted, todo esto es bla bla bla... y es verdad. O bueno, lo era. Hasta que llegan dos investigadores de la Universitat Rovira i Virgili a poner números en la cuestión, concretamente Manlio de Domenico y Alex Arenas, en esta carta también en Nature. Lo que hicieron estos dos investigadores fue ir más allá de la afirmación genérica de que obtener fondos europeos está ligado a una buena base proporcionada por financiación nacional. Para ello recurrieron a datos oficiales del European Research Council, entidad que financia (muy bien) a investigadores individuales, y del antecesor del programa H2020, el Séptimo Programa Marco, ambos durante el período 2007-2014. Sobre esos datos, analizaron dos magnitudes que llamaron stickiness ("adherencia") y attractivenes ("atractivo"). El atractivo se define como la diferencia relativa entre el número de investigadores que vienen a trabajar a un país dato con respecto a los que se van, y la adherencia como la diferencia relativa de los investigadores que se quedan en el país frente a los que se van. Básicamente, estas magnitudes miden la capacidad de un país de atraer investigadores del extranjero y la capacidad de evitar la fuga de cerebros, respectivamente.

La figura que muestro a continuación resume los datos de ambas magnitudes, el atractivo a la izquierda y la adherencia a la derecha. ambas magnitudes

Los países más atractivos, como se ve en la figura, son con diferencia Suiza y el Reino Unido, mientras que los países más "adherentes" son Israel y de nuevo el Reino Unido. Italia, el país al que se referían Parisi y sus co-firmantes, está muy abajo en atractivo, y hacia la mitad de la tabla en adherencia. El caso de Israel es interesante: no es muy atractivo (está también por la mitad de la tabla) pero una vez que la gente va a trabajar allí, el país hace lo que puede para que se queden; Suiza, por el contrario, es mucho peor reteniendo talento. España, sorprendentemente (al menos para mí), aparece séptimo en atractivo y en adherencia (empatado con los Países Bajos en ambos casos).

A partir de estos datos, los investigadores van al grano del asunto: ¿hay relación entre estos indicadores y el éxito en las convocatorias europeas? La respuesta la da la figura siguiente.

correlacion fondos eu Lo que hacen aquí los autores es combinar sus dos magnitudes con el porcentaje del producto nacional bruto invertido en investigación, y una vez hecho esto, comprobar si hay correlación con los fondos que se reciben de la Unión Europea.  La figura deja poco lugar a dudas, y muestra como dicha correlación existe y los países que invierten en investigación (como pedían Parisi y sus co-firmantes) pero que también son atractivos y retienen talento son los que más dinero europeo consiguen. Esto es, una vez más, el efecto Mateo en funcionamiento, los ricos se hacen más ricos (obsérvese además por el código de colores de la figura que los que mejores valores tienen del indicador son los que más producto nacional bruto tienen), y los pobres se hacen más pobres. Los países que invierten en investigación son aquellos que pueden atraer y retener talento, normalmente mediante salarios competitivos y unas ciertas garantías de futuro trabajando como investigadores.

Así pues, de Domenico y Arenas muestran que la petición de Parisi y los científicos italianos tiene sentido, pero también que hay que hacer más: atraer más gente extranjera y retener a los mejores. Las gráficas no dejan a España en mal lugar (repito, sorprendentemente) y creo que en buena medida esto se debe a instituciones de investigación de reciente creación, como, por citar unas pocas (y que no se me ofenda nadie: no son las únicas, por supuesto), el Institut de Ciències Fotóniques (ICFO), el Instituto de Ciencias Matemáticas (ICMAT) o el Instituto IMDEA Networks. Estos centros, con una estructura de fundación, tienen mucha mayor flexibilidad para contratar (no hay que hacer oposiciones, se contrata con contratos indefinidos a los mejores) y pagar (el sueldo no está escrito en las tablas de la ley como el de los funcionarios). Hay ya varias universidades que también trabajan en esta línea, en la de internacionalizarse (tanto en profesorado como en alumnado), pero queda mucho por hacer. En la gráfica, recogemos menos dinero del que nos corresponde por posición, pero los datos más recientes de H2020 muestran que hemos mejorado mucho en este sentido. Pero queda también mucho por hacer por parte de la administración: si queremos mejorar nuestras opciones hay que aumentar la financiación de los grupos investigadores de calidad: dinero llama a dinero, y además pone en marcha el circulo virtuoso de atraer a más investigadores y poder retenerlos, que nos haría escalar posiciones en la captación de fondos europeos.

Quedaría por hablar ahora de cómo gestionar esa mayor financiación, pero eso daría para un post mucho más extenso. Si su indulgencia le permite seguir conmigo un párrafo más, amigo lector, le diré que para mí un paso muy importante sería garantizar que los grupos que trabajan de manera regular deberían recibir su financiación básica sin siquiera presentar un proyecto, sólo contra los currícula de sus investigadores. ¿Qué es esa financiación básica? Pues el poco dinero que hace falta para que cada cuatro o cinco años uno se pueda cambiar de ordenador por uno actualizado, ir a uno o dos congresos al año, pagar el papel y los bolígrafos, y los gastos de alguna publicación. Ahora mismo, en España, para conseguir ese dinero uno tiene que pasarse un mes (que nunca se sabe cuando va a ser y muchas veces incluye períodos vacacionales) escribiendo páginas y páginas, tiempo que se podrían estar dedicando, por ejemplo, a trabajar en conseguir mucho más dinero de Europa. Dinero llama a dinero, y tiempo de los investigadores liberado de burocracias absurdas todavía llama a más dinero...

NOTA (totalmente al margen, o a lo mejor no): Un 25 de abril, hace hoy 42 años, poco después de medianoche, Grândola, vila morena de Zeca Afonso trajo la ilusión a Portugal (y no sólo) señalando el comienzo de la Revolución de los Claveles. Permítaseme la licencia de compartir con usted, sufrido lector, esta lagrimita nostálgica.

Hay 3 comentarios
  • A mí también me ha resultado esclarecedor. Pero hay cosas que no entiendo bien: si en España se diera dinero indefinidamente a los mejores grupos, pronto habría corruptelas (o peor). Y ¿porqué hace falta cambiar de ordenador cada cuatro años?

    • Gracias Urano. Con respecto a la primera pregunta, abría que definir qué quiere decir "corruptelas" en este caso. Si un grupo produce buenos resultados, volverle a dar dinero no parece mala cosa, y si no produce resultados, dejaría de estar entre los mejores. Por otro lado lo que creo que habría que hacer es dar un mínimo a todos, lo mínimo para poder competir; si no se dan medios tampoco se pueden exigir resultados. Finalmente, lo del ordenador es una muy buena pregunta y tiene dos respuestas: la primera es que la potencia de los ordenadores evoluciona tan deprisa que un ordenador de cuatro años está prácticamente obsoleto (la UE, por ejemplo, los considera amortizados en cinco) y muchas veces hay versiones modernas de software que ya no pueden correr. Y la segunda es que para todos los que trabajen haciendo simulaciones o cálculos pesados, si un ordenador tiene esos años ya no es competitivo con los de otros grupos.

Los comentarios están cerrados.