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¿De qué hablamos cuando hablamos del PIB?

Cuando me preguntan acerca de mi profesión suelo decir que me dedico a estudiar el comportamiento humano más medible pero, tras leer el libro de la profesora Diane Coyle, “GDP: a Brief but Affectionate History”, me pregunto si, acaso, el adverbio “más” no es demasiado aventurado. Muchas veces se critica la osadía de los macroeconomistas a la hora de ofrecer predicciones y evaluar políticas (véase, como ejemplo, el reciente rifirrafe acerca del efecto del aumento en el Salario Mínimo Interprofesional sobre el empleo), a lo que suelo contestar que hacemos lo que podemos y que aprendemos sobre la marcha. Pero no debemos olvidar que muchos agregados macroeconómicos con los que trabajamos son convenciones a las que se llegó tras largas discusiones, que se mantienen mientras tienen sentido y que se cambian según la necesidad. Es decir, hasta cierto punto, la organización de las estadísticas macroeconómicas peca de arbitrariedad y pueden llevar a conclusiones que sesgan la visión de la realidad. Lo fundamental es saber qué objetivo tiene construir un estadístico llamado Producto Interior Bruto porque, como la profesora Coyle, postmodernos y feministas nos recuerdan, todo tiene implicaciones políticas: incluso la construcción de las estadísticas. Lo deseable, claro está, es que todos estemos de acuerdo en cómo construirlas.

En este post quiero repasar algunas de las principales controversias sobre los componentes del PIB, entre ellas las que se refieren a el gasto público y los intangibles, la economía informal e ilegal, y el valor de los servicios.

El PIB según los libros de texto

Escojamos un libro de texto. Yo voy a abrir el manual “Macroeconomía para casi todos” de Javier Díaz-Giménez (antiguo colaborador y quien dio nombre a este blog) y Gerardo Jacobs. En este libro se dice que el PIB es el valor de mercado de los bienes y servicios finales producidos en un determinado periodo, remunerados, legales y declarados en un territorio (de ahí lo de interno). Por tanto, las ganancias de capital que recibimos al vender una casa de segunda mano, el trabajo voluntario, la economía sumergida y el tráfico de armas no son parte del PIB. El valor de la producción de bienes intermedios no es parte de PIB puesto que su valor está incorporado en los bienes finales.

Gráfico 1

El gráfico 1 muestra la evolución del PIB real por persona en edad de trabajar en España desde 1995 hasta 2015 (en 1995 está normalizado a 1). Los datos los he sacado del INE. De un vistazo vemos el coste de la Gran Recesión en España y que durante el periodo expansivo 1995-2007 el crecimiento del PIB y del empleo iban de la mano: algo que puede sugerir que el PIB mide bien. Más aún, la medida sugiere que durante todo ese periodo la Productividad Total de los Factores (PTF, lo que producimos de más o de menos a factores productivos dados) estaba estancada (en este artículo sobre el que ya escribimos un post Luis Franjo y yo, analizamos las posibles causas de ese estancamiento de la PTF).

La práctica en la Contabilidad Nacional

La lectura del libro de D. Coyle es muy amena. Nos recuerda, por ejemplo, que los primeros esfuerzos por contabilizar algo que aproximara la riqueza nacional se debió a William Petty, para argumentar que Gran Bretaña estaba en disposición de sufragar los gastos de la Segunda Guerra Anglo-Holandesa allá por el siglo XVII. Es decir, la gestación de las Cuentas Nacionales surge de la necesidad de los gobiernos de saber con qué ingresos fiscales estables podían contar. Pero su construcción se inició durante la Gran Depresión, impelidos por la necesidad de saber exactamente cuál era el coste de la crisis económica. Colin Clark, en Gran Bretaña, sentó las bases de lo que ahora conocemos como Cuentas Nacionales, seguido muy de cerca por Simon Kuznets en Estados Unidos. En los tiempos anteriores a la Gran Depresión, Alfred Marshall ya había dictaminado que los servicios son parte de la renta nacional (Adam Smith no lo creía así) y nadie iba a contradecir a Marshall, a menos que se fuera comunista y se estuviera preocupado por el plan quinquenal: las economías del Pacto de Varsovia siguieron a Adam Smith y nunca incluyeron los servicios como parte del PIB. Más abajo volveré a hablar sobre los servicios.

¿Bienes intermedios o finales?

La primera discusión de calado sobre el Producto Interior Bruto se centró en el Gasto Público. Simon Kuznets pensaba que el Gasto Público es un bien intermedio, como el petróleo que genera energía o los tornillos de un coche. De la lectura del libro de Coyle se desprende que el argumento de Keynes (el que prevaleció) para incluir el Gasto Público en el PIB está resumido en el siguiente gráfico:

Gráfico 2

El gráfico es de elaboración propia con datos obtenidos del BEA y del trabajo de Leandro Prados de la Escosura. En él aparece el porcentaje del PIB que queda tras sustraer el Consumo Público (no la Inversión Pública en capital tangible). He dejado la Inversión Pública porque calculando el PIB desde el punto de vista de la renta se puede justificar que la Inversión Pública es bien final. El resto puede considerarse bienes intermedios (y, por tanto, afectan al cálculo de la PTF). El gráfico muestra claramente el esfuerzo de la guerra: El PIB, sin el Gasto Público, habría sido un 30 por ciento menor durante el periodo de guerra. Un mal dato para convencer a la población para que compre deuda pública. En España, en 1937, el PIB habría sido un 30 por ciento menor (una cifra ya misérrima). Por el contrario, el tamaño del Consumo Público en la España de los años 50 está al nivel del periodo de la Gran Depresión. A partir de los años 80 el Consumo Público es alrededor del 20 por ciento del PIB con oscilaciones cíclicas. Es decir, el Consumo Público es parte del PIB por una decisión política y ahí sigue.

Pero este es no es único cambio de criterio: Desde los años 80 estamos incluyendo el gasto en software como parte de la inversión agregada y, muy recientemente, el Sistema Europeo de Cuentas ha determinado que el gasto en I+D es inversión y no un bien intermedio, como se consideraba hasta ahora. Este cambio de criterio obedece a que el gasto en intangibles está cobrando una mayor importancia en las cuentas de explotación de las empresas y que la riqueza total es mucho mayor que el valor del capital tangible (estructuras y bienes de equipo: ver aquí). Obviamente, este cambio de criterio afecta a la base imponible de las empresas y, por tanto, a los impuestos que pagan. Y es que paradójicamente, la inversión en intangibles parece resultar en incrementos del valor añadido que, en lugar de hacer a las empresas soportar mayores impuestos, parecen servirles para recibir más subvenciones. Para que nos hagamos una idea de la magnitud de la inversión en I+D: De un plumazo, Estados Unidos ha aumentado su PIB de 2016 en más de un 2 por ciento y el PIB de España en 2015 aumentó en un 1.31. El valor capitalizado del acervo de I+D en España en 2015 se elevaba al 8 por ciento del PIB, mientras que en Estados Unidos alcanzaba el 14.60 por ciento. La implicación inmediata de este cambio de criterio es que la distribución factorial de la renta ya no es constante en el tiempo, como pensaba Kaldor.

Gráfico 3

El Gráfico 3 es de elaboración propia e ilustra dicha implicación. Pueden encontrarse gráficos parecidos en el trabajo de Kho, Santauelàlia-Llopis y Zheng o en el de Karabarbounis y Neiman. Muestra la evolución de la renta del trabajo como fracción del PIB en Estados Unidos. En España sucede algo similar. Kaldor, cuando lanzó la hipótesis de sus famosos “stylized facts” veía la línea clara del Gráfico 3 hasta 1957. No es de extrañar que llegara a la conclusión de que el proceso de crecimiento capitalista no engendra, por sí mismo, desigualdades. Eso resultaba tranquilizador. Pero ahora, al incluir en el PIB los gastos en I+D como inversión, las rentas del trabajo, como fracción del PIB, está cayendo desde los años 70. Es decir, las rentas del capital crecen a una tasa mayor que las rentas del trabajo.

Bienes no comercializados y bienes ilegales

Otro caso llamativo de la arbitrariedad en la definición del PIB es que se imputa el valor de los servicios de las viviendas en régimen de propiedad. Las Cuentas Nacionales suponen que los propietarios de una casa nos cobramos un alquiler a nosotros mismos (exento de impuestos) e imputan el precio de alquiler de mercado como el valor de esos servicios. ¿Por qué lo hacemos? Una razón puede ser para que la comparación del consumo entre España y Alemania (donde más del 50 por ciento de los hogares vive de alquiler) no esté afectada por las decisiones de tenencia de vivienda. María J. Luengo-Prado y yo analizamos aquí los costes y beneficios de usar ese método y no el alternativo del coste de uso de la vivienda. Para que nos hagamos una idea, los alquileres imputados suponen más de un 10 por ciento del consumo agregado y alrededor del 8 por ciento del PIB. El gráfico 4 muestra la evolución de los alquileres imputados y reales para España (elaboración propia con datos del INE).

Gráfico 4

Otra razón para imputar los servicios de las casas en propiedad puede ser evitar variaciones cíclicas del consumo derivadas de cambios en el régimen de propiedad. Pero en ese caso, nos preguntamos, ¿por qué no se imputa el valor de los servicios de los bienes duraderos y del trabajo doméstico? Al fin y al cabo, es difícil pensar que vivir en una casa vacía sin muebles y sin prepararnos el desayuno nos reporte una gran utilidad. Estoy hablando de “Home production”. Un viejo artículo de Benhabib, Rogerson and Wright estudia las implicaciones macroeconómicas de suponer que, en efecto, cuando hay recesión, los individuos deciden quedarse en casa a cenar en vez de ir a un restaurante. En mi opinión, al incluir una estimación de los servicios del trabajo doméstico las fluctuaciones cíclicas del nuevo PIB serían menos pronunciadas, así como las de las horas de trabajo, cosa que sería deseable en España donde las oscilaciones son enormes; solo hace falta mirar el Gráfico 1 de este post. En el INE hay un documento de trabajo de C. Ángulo y S. Hernández donde miden y valoran tales actividades para agregarlas a las cifras de la contabilidad nacional y obtener así una cuenta de producción de los hogares y el PIB extendido con las valoraciones del trabajo doméstico. Reproduzco un párrafo del documento:

El dato del Valor Añadido Bruto (VAB) de las actividades productivas no de mercado de los hogares es metodológicamente comparable con el Producto Interior Bruto (PIB). Así, sabiendo que el PIB de España para el año 2010 fue de 1.045.620 millones de euros, se tiene que el VAB de las actividades productivas no de mercado de los hogares, 446.715 millones de euros, equivale al 42,7% del PIB.

Las cifras son brutales. Conocer el valor de esas actividades sería bueno, además, para poder evaluar los costes y beneficios de políticas sociales como la Ley de Dependencia dado que, de no existir, esos cuidados se imparten fuera del mercado. ¿Por qué no se incluye el valor estimado del trabajo doméstico y otros trabajos no de mercado y sí se imputa el servicio de las casas en propiedad, si en ambos casos son actividades no gravables por no desarrollarse en el mercado? ¿Por qué se imputa el valor de los servicios de prostitución y el tráfico de drogas (actividades ilegales) que, según el INE, elevaron el PIB de 2010 en menos de un punto porcentual si, al estar sumergidas, no se pueden gravar? Misterios del Sistema de Cuentas Nacionales.

Medición del Valor Añadido del sector servicios

Coyle dedica una parte importante de su libro a hablar del sector servicios. La medición de la producción de este sector puede ser complicada. Se puede contar cortes de pelo, pero ¿cómo medimos las ventas de la plataforma de cine digital donde se paga una cuota anual? ¿O las ventas de un banco? ¿Produce valor añadido un intermediario financiero? Este último caso ha sido especialmente aberrante. El sistema de medición del valor añadido del sistema financiero (FISIM) ha hecho que un aumento en el riesgo de la cartera de activos de los bancos aparezca como un aumento en el crecimiento real de su negocio. Con esa metodología, el negocio de la banca comercial en Estados Unidos creció un 21 por ciento en el periodo 1997-2007 mientras que el crecimiento medio del PIB fue del 0.3. Es decir, nuestras Cuentas Nacionales no nos estaban avisando de lo que podía pasar. El caso de España es ilustrativo. En EU KLEMS hay estimaciones de la PTF por sectores. Pues bien, durante el periodo 1996-2007 la productividad del sector financiero en España se multiplicó por 2 (véase el gráfico 5) mientras que la PTF del sector privado declinaba. Y esto ocurría al tiempo que empleo crecía. Lo que sucedió es que se contabilizó el crecimiento de los activos con riesgo como un aumento del valor añadido y, de ahí, se derivó que la PTF creciera explosivamente.

Gráfico 5

Si resulta difícil medir el valor añadido, la medición de la calidad en servicios ya es una tarea complicadísima. Pensemos en cortes de pelo. La atención de nuestro banco. La comida en un restaurante. La estancia en un hotel. No hablemos ya de atención sanitaria o educación. La correcta medición de la calidad es importante para, al menos, dos cosas: la medición del índice de precios y la estimación de la Productividad Total de los Factores. Ambas están unidas. Supongamos una empresa que hace un esfuerzo en mejorar la calidad de su servicio sin aumentar el uso de factores. Su productividad aumenta y el precio ajustado por calidad está cayendo. Por el contrario, si la calidad cae, la PTF cae y los precios están subiendo. Por tanto, siempre que haya un aumento de calidad no contabilizado, ceteris paribus, parecerá que los precios están aumentando y viceversa: una caída de calidad puede hacer que parezca que haya deflación cuando se trata de lo contrario. Más aún, si la calidad no está bien estimada podría parecer que la PTF esté cayendo cuando el negocio esté creciendo. Esto es especialmente importante en sectores donde la competitividad depende especialmente de la calidad, lo que parece ser el caso en muchos servicios. Es decir, la pregunta es: ¿se puede medir la calidad de los servicios desde el punto de vista del output y no del uso de inputs? Y si es así, ¿tiene un componente cíclico?

Una de las dos características más sobresaliente del ciclo económico en España es que la PTF es contracíclica (la otra es que las fluctuaciones del empleo son enormes). En 2015, el sector servicios aportaba más del 66 por ciento del PIB, construcción un 5 y la producción de bienes alrededor de un 18 por ciento. EU KLEMS ofrece estimaciones de la PTF por sectores. Sin ser exhaustiva, he escogido varios sectores que creo que son paradigmáticos. En el gráfico 6 la PTF está normalizada a 100 en 1995 para todos los sectores. La PTF de Manufacturas e Información y Comunicaciones, además de tener una tendencia positiva, parece ser procíclica. La PTF del resto de los servicios (excepto el sector de actividades inmobiliarias) decrece desde 1995. En el sector donde más ha caído en todo el periodo es Turismo, con una reducción de casi el 50 por ciento. ¿Se trata de mala medición o de una decisión sobre el modelo de negocio? Seguramente, ambas cosas pero no podemos precisar cuánto de cada sin medir bien los cambios en calidad. En los años 80 ya se hizo un gran esfuerzo para medir los cambios en la calidad de los bienes de inversión, ahora el reto es en servicios. Esto es particularmente importante en nuestro país.

Gráfico 6

Solo un apunte más sobre la PTF del sector servicios: Todos tenemos la sensación de que se está produciendo una gran concentración empresarial en algunos sectores (véase el trabajo de De Loecker y Eeckhout). Sin tener una buena medida de productividad es muy difícil estimar el efecto que esa concentración y falta de competencia puede tener en markups y productividad agregada.

Desiderata

El PIB es una medida imperfecta, como todas, de nuestra riqueza. Pero es a la vez muy poderosa. El tamaño del PIB determina que se pertenezca a determinados clubs de países, el rating del país en las agencias internacionales, etc. Su valor influye en las agendas políticas. A mi entender, falta incluir una medida del efecto del cambio climático. Ahora mismo, al ignorar el daño medioambiental, nos creemos más ricos de lo que realmente somos. Por ejemplo, Burke, Hsiang y Miguel estiman que el PIB de España en 2100 será un 46 por ciento menor que en 2015 debido al cambio climático. Es urgente estimar estos efectos para hacer un buen diseño de políticas económicas.