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Recogiendo lo sembrado: La larga sombra de la Revolución Neolítica en Eurasia

Mausoleo de la dinastía Comagene (siglo I a.C,), monte Nemrut, Turquía. © Miguel Laborda Pemán

De Miguel Laborda Pemán

Una versión más larga (y en inglés) de este texto se puede encontrar aquí.

Es de suponer que este verano esté trayendo pocas alegrías al presidente turco Recep Tayyip Erdoğan. Sin embargo, a principios de julio, de los despachos de París saltaba una noticia que quizá pudo aliviar momentáneamente sus quebraderos de cabeza: la UNESCO había decidido inscribir en la lista del Patrimonio de la Humanidad el sitio arqueológico de Göbekli Tepe. Se reconocía así el valor único de este yacimiento del Neolítico más temprano para arrojar luz sobre la vida y la cultura de las comunidades que habitaron las cuencas del Éufrates y el Tigris hace 14.000 años. Cuando los arqueólogos hablan de ‘la cuna de la civilización’, tienen precisamente en mente lugares como Göbekli Tepe,  Tell es-Sultan o Uruk. Situados en lo que se conoce como ‘la Media Luna Fértil’, es en lugares como estos donde plantas y animales fueron domesticados por primera vez, donde surgieron la agricultura y las ciudades, y donde una compleja jerarquía de sacerdotes, guerreros y trabajadores comenzó a sustituir a las sociedades más horizontales de cazadores-recolectores.

Y, sin embargo, no deja de haber algo muy paradójico en torno a esta ‘cuna de la civilización’. La inestabilidad política y la violencia han sido recurrentes en Oriente Medio a lo largo de la historia. Los derechos humanos han sido y siguen siendo sistemáticamente violados por gobiernos sin escrúpulos. Los elevados niveles de pobreza y los problemas para acceder a servicios sanitarios y educativos básicos son todavía muy habituales en toda la región. A la vista de todo esto, uno puede plantearse la poco original pero fundamental pregunta: ¿Por qué la región que vio nacer a la civilización muestra en la actualidad un desempeño tan pobre? ¿Qué es lo que ha ido mal? El sano escepticismo ante las respuestas únicas y los riesgos de la ‘compresión de la historia’ no impiden que, a una pregunta así, podamos reaccionar echando las luces largas y analizando aquellas propuestas que sugieren fijar la atención en el muy largo plazo.

A lo largo de los años un buen número de expertos ha explorado la relación entre la invención de la agricultura, el surgimiento del estado y el proceso civilizatorio (por ejemplo, Wittfogel en su ya clásico trabajo sobre las ‘civilizaciones hidráulicas’). Sin embargo, ha sido la ambiciosa teoría defendida por el biólogo estadounidense Jared Diamond la que más se ha popularizado en los últimos años. A finales del siglo pasado Diamond sugirió que el poderío occidental contemporáneo tenía sus orígenes últimos en el surgimiento relativamente temprano de la agricultura en grandes áreas de Eurasia (ver aquí o aquí). El acceso privilegiado a plantas y animales susceptibles de ser domesticados habría hecho posible una transición relativamente temprana a prácticas agrícolas sedentarias, el consiguiente incremento en la densidad de población habría creado incentivos para la división del trabajo y la estratificación social, y las élites resultantes habrían ido transformando poco a poco sus pequeños feudos guerreros en organizaciones políticas mucho más grandes y tecnológicamente avanzadas, capaces de proteger la creciente riqueza, hacer frente a los ataques de las tribus nómadas y coordinar inmensas obras públicas.

A principios de este siglo una serie de trabajos empíricos (aquí y aquí) vino precisamente a confirmar en parte estas intuiciones. Por un lado, estas investigaciones mostraron que unas condiciones biogeográficas favorables para una temprana transición agrícola estaban estrechamente ligadas a niveles de ingresos elevados en la actualidad, apuntando a las instituciones como el eslabón intermedio. Por otro, evidenciaban una fuerte relación positiva entre la antigüedad de las estructuras estatales en un determinado territorio y sus actuales tasas de crecimiento económico (tal y como muestra la siguiente figura, de Bockstette y coautores que relaciona la antigüedad del estado y el crecimiento económico en el período 1960-1995). El razonamiento parecía inmediato: allí donde las condiciones eran favorables para la agricultura sedentaria, la creciente complejidad social habría cristalizado en el surgimiento de estados más avanzados. Sobre la base de cooperación a gran escala inducida por ese monopolio de la fuerza, esas entidades políticas habrían alcanzado niveles relativamente elevados de prosperidad.

Sin embargo, a la vista del pobre desempeño de Oriente Medio en los últimos siglos, trabajos más recientes han empezado a cuestionar los supuestos beneficios de estas tempranas civilizaciones. En su último libro, el politólogo James Scott confronta de manera directa las hipótesis de Diamond (Jesús Fernández Villaverde ya reseñó este libro aquí). Para Scott, una diferencia de al menos cinco mil años entre la invención de la agricultura (en torno al 10.000 antes de Cristo) y el surgimiento de las primeras estructuras estatales (en torno al 4.000) sugiere que la relación entre el cultivo primitivo de cereales y los primeros reyezuelos no es ni mucho menos evidente. Más importante quizá: Scott defiende que la vida en estos primeros estados centralizados era ‘pobre, sucia, brutal y corta’, al menos en comparación con la de los ‘bárbaros’ que vivían más allá de sus murallas. La fragilidad que parece haber caracterizado a estas civilizaciones ha sido también recientemente resaltada por el historiador del mundo antiguo Eric Cline.  El desarrollado mundo mediterráneo del final de la Edad del Bronce se reveló incapaz de evitar un fallo multiorgánico en torno al año 1200 antes de Cristo, con políticas aislacionistas, catástrofes medioambientales, inestabilidad interna y amenazas externas extendiéndose desde Grecia hasta Mesopotamia. (Paradójicamente, sería este dramático final el que haría posible el auge último de los griegos, una civilización que descansaba en una estructura mucho más descentralizada, con la polis como elemento central.)

A la luz de estas aportaciones más recientes, la supuesta relación entre la invención de la agricultura, el surgimiento del estado y los niveles de desarrollo actual está sufriendo una importante revisión. Borcan y coautores apuntan a la existencia de una relación algo más compleja: países con estados muy antiguos (como Egipto) y países con estados muy recientes (como Suazilandia) muestran hoy en día niveles de desarrollo significativamente menores que países en los que la presencia del estado se ha extendido durante periodos de una duración menos extrema (con, oh sorpresa, Inglaterra como paradigma). Por su parte, como se aprecia en la siguiente figura que muestra la relación entre el tiempo transcurrido desde la aparición de la agricultura y la renta per cápita, Olsson y Paik muestran que la clara correlación positiva entre desarrollo actual y transición agrícola que se observa cuando se toman en consideración países en todos los continentes no está reñida con la existencia de una fuerte correlación negativa dentro de Eurasia. En el muy largo plazo habría sido su periferia (Europa por el oeste, el Sudeste asiático por el este) la que, a pesar de condiciones para la agricultura y la centralización política mucho menos favorables, habría superado en prosperidad a los propios epicentros de la revolución neolítica.

En línea con teorías recientes, una explicación para esta inversión en los niveles relativos de desarrollo dentro de Eurasia se centra en el papel de las instituciones políticas. Los muy centralizados, militarizados y violentos imperios antiguos de Oriente Medio habrían disfrutado de ventajas evidentes cuando de lo que se trataba era de garantizar una oferta de trabajo a costes reducidos, coordinar grandes obras públicas y proteger de incursiones bárbaras la riqueza ya acumulada. Sin embargo, cuando se trató de hacer sostenible el crecimiento económico en el largo plazo, habría llegado el momento de las nuevas comunidades políticas situadas en los extremos de Eurasia. Éstas, caracterizadas por unas estructuras organizativas más flexibles que hacían posible la movilidad social, recompensaban la iniciativa individual y permitían una agregación del conocimiento mucho más descentralizada, estaban mucho más capacitadas para promover y asimilar el progreso tecnológico.

Este argumento en torno a la naturaleza de las instituciones, con frecuencia tan general como vago, pudo haber tenido una manifestación fácilmente observable en el día a día de las sociedades de Eurasia: el distinto papel desempeñado por la mujer en la vida social y económica. Aunque popularmente se asocie al Islam, la discriminación de género en grandes áreas del interior de Eurasia tiene raíces mucho más profundas. Miles de años antes de la llegada del Islam, el uso del arado en la agricultura, con su mayor exigencia de fortaleza física, incrementó sustancialmente la participación masculina en la actividad productiva, confinando a las mujeres al hogar. Cuando las jerarquías estatales hicieron su aparición en la región, formas más elaboradas de desigualdad social y económica se habrían superpuesto y reforzado esta desigualdad de género ya existente. Por tanto, no nos debería sorprender que, tal y como muestra el siguiente mapa, las sociedades más favorables para las mujeres (en colores más oscuros) sean mucho más frecuentes en los extremos de Eurasia, donde las condiciones para la agricultura (y el cultivo con arado) fueron siempre menos propicias que en los valles del Nilo, del Tigris y del Éufrates, y del Indo.

Este es precisamente el razonamiento defendido en un trabajo reciente. Siguiendo las intuiciones originales de Friedrich Engels o del sociólogo francés Emmanuel Todd (aquí o aquí), estos autores argumentan que la posición más favorable que habrían disfrutado históricamente las mujeres en Europa y el Sudeste asiático en comparación con otras regiones de Eurasia se habría convertido en una ventaja importante a partir de la época bajomedieval. Entre otras cosas, mayores cotas de libertad femenina habrían conllevado una menor pero mejor educada prole. Mayores niveles de capital humano habrían resultado decisivos para la prosperidad a largo plazo gracias a una mayor capacidad para innovar o para asimilar las nuevas tecnologías inventadas por otros.

Resumiendo: cuando la prosperidad se basaba predominantemente en la expansión del mercado, la especialización y la acumulación de capital, las organizaciones políticas jerarquizadas que surgieron por primera vez en Oriente Medio durante el Neolítico presentaban una cierta ventaja comparativa. Esos mayores niveles de desarrollo habrían coexistido, sin embargo, con elevados niveles de riesgo: un alto grado de centralización habría hecho a estas sociedades mucho más vulnerables al impacto de shocks exógenos mientras que la existencia de jerarquías poco permeables socialmente habría implicado distribuciones muy desiguales en el acceso a los recursos económicos, lo que a su vez incrementó las tensiones internas. Cuando la creación de riqueza comenzó a depender más y más de la innovación técnica, estos viejos imperios comenzaron a dar muestra de sus limitaciones en la recompensa del talento individual y en la agregación del conocimiento colectivo, especialmente cuando la mitad de la población, la femenina, quedaba excluida de cualquier proceso de toma de decisiones. Fue entonces, a finales de la Edad Media europea, cuando comenzaba la era de las sociedades más horizontales y descentralizadas que habían ido surgiendo lentamente en los márgenes de Eurasia.