¡Paciencia!

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La semana pasada asistí en Berlín al trigésimo encuentro anual del ESPE, la Sociedad Europea de Economía de la Población (European Society for Population Economics), de cuyo Consejo formo parte desde este año. Me gusta asistir a este congreso porque cubre básicamente todos los temas de investigación que me interesan (migraciones, fertilidad, economía laboral, pública y de la salud, educación). Una de las presentaciones invitadas fue a cargo de David Figlio, de Northwestern, conocido (al menos por mí) por su trabajo en economía de la salud. Sin embargo, esta vez nos habló sobre educación y cultura, y quería compartir con nuestros lectores las conclusiones de su estudio.

La pregunta que intentaban contestar era en qué medida la "cultura" tiene efectos sobre el desempeño educativo de las personas. Ya hemos hablado otras veces en este blog de la reciente literatura en economía que trata de medir los efectos de la cultura (por ejemplo, aquí y aquí). En concreto, la hipótesis en este caso era que esperaríamos que les fuera mejor en el colegio a personas que forman parte de una cultura que valora la "paciencia" o el autocontrol. El concepto de paciencia en este contexto se refiere al grado de "orientación hacia el largo plazo" de una persona, o la capacidad para retrasar las recompensas.

Utilizan datos administrativos de millones de niños en edad escolar en el estado norteamericano de Florida, para quienes observan sus resultados educativos en detalle. Para medir el grado de "orientación a largo plazo" de la cultura de cada niño, se centran en niños y niñas con padres nacidos fuera de EEUU (hijos de inmigrantes, es decir, inmigrantes de segunda generación). Miden los rasgos culturales usando la respuesta media a varias preguntas que tratan de capturar esta dimensión en el World Values Survey (WVS), entre las personas residentes en el país de origen de los padres. Un mapa del mundo con el grado de "paciencia" medio por países (ver figura) muestra que Asia es un continente muy paciente, y también, por ejemplo, que hay grandes diferencias dentro de Europa, con Alemania y Holanda entre los países más pacientes, y Portugal e Irlanda entre los menos (España está en una posición intermedia).

Figura 1. Medida de orientación a largo plazo de Hofstede en el mundo (fuente)
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Se trata, entonces, de correlacionar el grado de paciencia medio en el país de origen de los padres con las notas de los niños en Florida. Las conclusiones son claras: niños y niñas procedentes de países con mayor grado de paciencia obtienen mejores resultados escolares, incluso comparando niños dentro del mismo colegio, y controlando por otras características y rasgos culturales de los países de origen. Este resultado se mantiene en las notas en tests estandarizados de matemáticas y de lectura, pero también en otras variables tipo la probabilidad de faltar a clase o tener problemas disciplinarios, y en la tasa de abandono escolar. También encuentran que los niños procedentes de culturas más “pacientes” tienen una progresión de notas en el tiempo más “empinada” (sus notas mejoran más con la edad). Estos resultados observados para Florida, además, se confirman usando datos de PISA para 37 países.

Exploran también algunos mecanismos, y observan, por ejemplo, que los inmigrantes procedentes de países con mayor “orientación al largo plazo” tienen una mayor propensión a utilizar programas que permiten la elección de colegio, y cursos avanzados para estudiantes dotados. De esto concluyen que los inmigrantes con elevada orientación al largo plazo tienen mayor tendencia a realizar este tipo de inversiones para intentar mejorar los resultados de sus hijos.

Esto de intentar medir el grado de autocontrol de las personas me recuerda a cuando le hice a mi hijo de 4 años la famosa “prueba del marshmallow”, que se usa para medir el grado de paciencia en niños (y de la que ya nos habló Manuel Bagues aquí). Se sienta al niño a una mesa, con una chuche delante, y se le deja solo durante 15 minutos, avisando de que si no se la come, al cabo de ese tiempo recibirá una chuche extra. Los niños que son capaces de esperar y retrasar la recompensa (uno de cada tres en el experimento original) demuestran un alto grado de paciencia, y el resultado en esta prueba se ha correlacionado con buenos resultados educativos (entre otros) a largo plazo. Así que sometí a esta tortura a mi hijo, y cuando volví al cabo de los 15 minutos, me esperaba sonriente con la chuche intacta, para soltarme: “Si me espero otros 15 minutos, ¿me darás cuatro?”. Lo que me dejó bastante orgullosa 🙂

Los resultados del trabajo de Figlio y coautores me parecen interesantes, y me sugieren muchas preguntas. Por ejemplo, ¿qué hace que en algunos países la gente tienda a ser más "paciente" que en otros, de media? Y ¿qué explica la variabilidad en el grado de paciencia dentro del mismo país? Si es un rasgo cultural, eso sugiere que el grado de orientación a largo plazo de una persona se puede modificar. Si es así, ¿cómo? ¿Está relacionado con otros rasgos de la personalidad? ¿Cómo conseguir que los niños sean “más pacientes”? Preguntas abiertas que creo merece la pena seguir estudiando.

Para terminar, y para su diversión, les dejo con un mapa de España, con las regiones coloreadas según la media de un “índice de orientación al largo plazo” de elaboración propia, combinando 10 preguntas del WVS de 2007 y 2011 (media 0 y desviación típica 1, donde valores más altos implican mayor paciencia). Con la salvedad de que las regiones pequeñas (Rioja, Navarra, Cantabria) tienen muy pocas observaciones, se observa bastante variación entre comunidades, con Galicia entre las más pacientes y Canarias (que no se ve en el mapa) entre las menos. Habría que ver si ésta se correlaciona, por ejemplo, con los resultados en PISA.

Figura 2. Índice de orientación al largo plazo por regiones españolas (WVS 2007-11, elaboración propia)
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Hay 4 comentarios
  • Me parece un tema muy interesante: el grado de paciencia afecta a los resultados escolares (imagino que también al grado de satisfacción, aunque este ya sea otro tema).
    ¿Y a la inversa, podría plantearse? Si los resultados escolares se ven afectados por esta habilidad no cognitiva, ¿podría la educación orientar la conducta de los estudiantes hacia esa virtud?
    Al final la sensación que queda es que los logros (escolares o no) de los niños, angelitos, penden bastante de la actitud de sus padres.
    Ps. Por cierto que la prueba de la chuche, ¿tiene que hacerse con quince minutos? ¡Cuánto tiempo, más para un niño! ¿Y si se pone una cerveza fresquita (y sin que se 'desenfríe') a un adulto y se le hace esperar quince minutos, los resultados serían tan exitosos como los que alcanzó tu niño?

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