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Los orígenes de la industrialización catalana, o cómo Cataluña se convirtió en la pequeña Inglaterra

de Julio Martinez-Galarraga y Marc Prat

the-spinning-jennyDesde una perspectiva actual, la Revolución Industrial representa el inicio de la era de la tecnología y a su vez marca el origen del crecimiento económico moderno. Los cambios que se comenzaron a producir en Gran Bretaña a finales del siglo XVIII llevaron a mejoras en la capacidad de producción y en la productividad que, con el tiempo, han generado un incremento sostenido de la renta per cápita permitiendo a las sociedades occidentales primero, y después a otros países, alcanzar cotas de riqueza y niveles de bienestar nunca vistos anteriormente. Así, el crecimiento económico moderno está asociado con el proceso de industrialización, es decir, con la transformación de la estructura productiva de una economía a favor del sector secundario, produciendo bienes a partir de maquinaria y un uso intensivo de energía.

Desde la historia económica se han ofrecido diferentes interpretaciones para explicar por qué la Revolución industrial se produjo por primera vez en la Gran Bretaña del último tercio del siglo XVIII. Recientemente, Robert Allen ha planteado una visión alternativa (o complementaria) basada en la relación existente entre la demanda de tecnología y los precios relativos de los factores de producción (aquí). Este autor considera que si la Revolución Industrial surgió en Gran Bretaña a finales del siglo XVIII fue porque en ella existían los incentivos necesarios para que empresarios e inventores desarrollaran nuevas tecnologías que ahorraran trabajo a cambio de utilizar más capital y energía. ¿Por qué? Era una cuestión de precios relativos (algo de teoría económica al respecto aquí). En Gran Bretaña los salarios reales eran claramente más altos que en el resto de Europa (con la excepción de Holanda), y en cambio, el capital era relativamente barato como también lo era la energía, el carbón mineral. Esta estructura de precios relativos empujaba pues hacia la mecanización de la producción.

La Gran Bretaña de la época se había convertido en una high wage economy, una economía donde un trabajador no cualificado podía ganar un salario hasta cuatro veces superior al ingreso necesario para la subsistencia de su familia. ¿Cómo eran posibles esos salarios elevados? Allen vincula la explicación al éxito británico en el contexto de la economía atlántica de la época moderna. Gran Bretaña supo aprovechar mejor que nadie las oportunidades comerciales que se abrieron con la expansión europea por América y  Asia, con unas políticas mercantilistas muy eficaces. También ayudó el éxito británico con las new draperies, tejidos de lana más ligeros que derrotaron en el mercado a las old draperies de los centros textiles tradicionales de la Europa mediterránea. Todo ello contribuyó a un crecimiento de las actividades secundarias y terciarias, y a un aumento de la urbanización, en particular, de la ciudad de Londres. La economía urbana ligada al comercio exterior tiraba con fuerza de la demanda de trabajo, garantizando unos salarios altos a pesar del incremento demográfico, provocando además transformaciones técnicas y organizativas en la agricultura que contribuyeron a aliviar las tensiones malthusianas.

De esta manera se crearon las condiciones para la aparición de las primeras máquinas. El inicio de la revolución industrial se halla asociado con la mecanización de la fabricación de prendas de algodón, y en particular, con la spinning jenny, una máquina de hilar algodón que utilizaba la fuerza humana y que fue inventada en 1764 por James Hargreaves cerca de Blackburn, Lancashire. Allen muestra en una serie de trabajos cómo, a un nivel microeconómico, esta invención pionera en la hilatura textil ejemplifica su visión macroeconómica de la demanda de tecnología como causa de la Revolución Industrial británica (aquí).

Es en este contexto donde se enmarca nuestro trabajo. Cataluña fue una de las pocas regiones europeas que participó en la industrialización desde un primer momento. El arranque industrial de finales del XVIII, al igual que en el caso británico, se basó en el algodón, cuando la mecanización de la hilatura en tierras catalanas avanzó notablemente gracias a la adopción, precisamente, de la spinning jenny. La excepcionalidad de la industrialización catalana de finales del XVIII ha sido ampliamente estudiada (aquí). Aún así, ¿podemos entender mejor sus causas utilizando el marco que nos sugiere Allen para la industrialización británica? Esto es lo que nos proponemos en un trabajo recientemente publicado (aquí).

Catalunya experimentó un proceso de crecimiento smithiano desde las últimas décadas del siglo XVII y durante el siglo XVIII, un proceso explicado entre otros por Pierre Vilar y Jaume Torras. A partir de la exportación de vino y aguardiente a los mercados de la Europa atlántica, un proceso bien conocido gracias al excelente trabajo de Francesc Valls (aquí), se produjo una especialización de las comarcas costeras en el cultivo de la vid que dio pie a una especialización de las de media montaña en la producción de manufacturas laneras, mientras que las del interior se dedicaban a los cereales. Los catalanes dejaron de producir para el autoconsumo y lo empezaron a hacer para el mercado: el desarrollo capitalista había comenzado. A esto se añadió desde mediados de la década de 1730 el surgimiento de la manufactura de indianas (aquí), un sector moderno, muy concentrado al principio en Barcelona y dedicado inicialmente sólo a la estampación, pero que después incorporó las fases de hilatura y tejido.

En este contexto se adoptó en Cataluña la spinning jenny, la máquina de hilar más sencilla, la cual permitía ahorrar mano de obra al sustituirla por capital, pero que no utilizaba energía inanimada. Allen argumenta que en las últimas décadas del XVIII la spinning jenny  triunfaba en Gran Bretaña pero no en Francia, donde sólo la adoptaban fábricas subvencionadas por el  Estado pero no pequeñas unidades productivas. En cambio, la spinning jenny llegó a Cataluña en 1784 y a principios de la década de 1790 ya se había difundido de forma generalizada por el Principado. Así las cosas, ¿puede explicarse esta temprana adopción de esta innovación británica a través de los precios relativos de los factores de producción? Para contestar a esta pregunta miramos, en primer lugar, a los salarios reales. Desde hace unos años, un nutrido grupo de historiadores económicos se ha dedicado a la elaboración de series de salarios reales con objeto de conocer los niveles de vida en diversos lugares del mundo desde la época moderna (aquí y aquí). Siguiendo la metodología estándar desarrollada en estos trabajos, hemos reconstruido la evolución de los salarios reales en Barcelona desde 1500 hasta 1800. Nuestros resultados muestran que Catalunya no era una high wage economy como lo era Gran Bretaña a finales del XVIII, sino que se situaba en un nivel parecido al de Italia o Austria.

Figura. Salarios reales (ratio de subsistencia) en Europa, 1500-1800 (medias de 50 años)

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A continuación calculamos, dentro de la industria textil, y más concretamente en el sector de la hilatura del algodón, la relación entre el precio del trabajo y el coste del capital; es decir, la relación entre los salarios recibidos por los trabajadores del hilado de algodón (habitualmente hiladoras) y el precio de adquisición de una máquina de hilar del tipo spinning jenny. Nuestros resultados muestran que en Catalunya la ratio era superior a la francesa y, aunque inferior, no se hallaba muy alejada de la británica. Además, los análisis de rentabilidad nos confirman que, efectivamente, existía un incentivo para adoptar la spinning jenny, y de esta manera ahorrar trabajo (el factor de producción caro) en los mismos años en los que ésta aún no era rentable en Francia. Estos salarios de hiladoras relativamente altos se explicarían por el boom del sector algodonero catalán del periodo 1783-1796, cuando el fin del bloqueo británico permitió un resurgir de las exportaciones de tejidos estampados, al mismo tiempo que se estaban sustituyendo los hilados malteses y se estaba generalizando la hilatura autóctona. Aunque la Cataluña de finales del XVIII no era una high wage economy como Gran Bretaña, su temprano desarrollo capitalista había alumbrado un potente sector algodonero que adoptó con rapidez, porque era altamente rentable dados los precios relativos de los factores de producción, la máquina más sencilla de la Revolución Industrial británica: la spinning jenny.

A partir de 1797 se encadenaron, sucesivamente, una nueva guerra con Gran Bretaña, la invasión francesa con la posterior guerra, y la pérdida de las colonias continentales americanas. Todo ello afectó gravemente a la incipiente industria algodonera catalana, pero la mecanización de la hilatura siguió avanzando, con una versión autóctona mejorada de la spinning jenny -la berguedana-, y con máquinas de hilar no accionadas ya por personas: la water frame y la mule jenny. Se utilizó la fuerza del agua de los ríos o la de animales de carga para mover estas nuevas máquinas, pero la adopción de la máquina de vapor y del carbón mineral era a la larga inevitable. En 1833 se estableció la primera fábrica de este tipo en Barcelona, y a partir de la década de 1840 ese modelo se generalizó (aquí). A diferencia de lo que había sucedido con la spinning jenny, en esta etapa la ausencia de carbón barato condicionó la industria algodonera catalana; los precios relativos de los factores ya no eran tan favorables para la adopción de las nuevas máquinas, lo que explica que Cataluña perdiera posiciones dentro del grupo de seguidores de la industrialización británica. Sin embargo, continuó en ese grupo y se convirtió en la principal concentración industrial del Mediterráneo durante el siglo XIX. Las raíces de esa Cataluña industrial se hundían en el éxito comercial y manufacturero de la época moderna, y en la mecanización a partir de la década de 1780. Una realidad que llevó a un viajante contemporáneo a calificar a la Cataluña de finales del XVIII como una pequeña Inglaterra