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La violencia engendra... una menor tendencia a cooperar

De Santiago Sánchez-Pagés

Parece obvio que el conflicto tiene consecuencias negativas sobre una sociedad y su economía. Las confrontaciones menos intensas aumentan la incertidumbre y la inestabilidad. Las más cruentas se traducen en pérdidas enormes de personas, capital o infraestructuras. Pero también sabemos que el conflicto cambia las preferencias de las personas. En ocasiones, las hace más pro-sociales, en otras, todo lo contrario. Los mecanismos de esta influencia no están del todo claros. Puede que el conflicto active mecanismos evolutivos, como el altruismo parroquial, otros psicológicos, como el llamado "crecimiento post-traumático", o puede que, como les comentaba hace unos meses, una situación de amenaza externa aumente los incentivos a invertir en formas de solidaridad y ayuda mutuas, es decir, en capital social.

Otra posibilidad había permanecido inexplorada hasta ahora era la de que el conflicto afectara a la fisiología misma de las personas, a su desarrollo físico y, en último término, a su comportamiento. En concreto, es posible que el estrés producido por la exposición a la violencia afecte al desarrollo del feto. De ser así, las consecuencias negativas del conflicto no se limitaría a la generación que la sufre, sino también a sus descendientes, que quedarían "marcados" durante su gestación por el conflicto vivido por sus padres.

Pero antes de continuar, tomemos un breve pero necesario desvío para hablar sobre fisiología y epigénetica.

Los dos momentos más importantes en el desarrollo de la fisiología humana son la adolescencia y, por supuesto, la gestación. En esos puntos, no solo se forman nuestras características físicas más evidentes, sino también se conforman nuestros cerebros y las conexiones sinápticas, lo que podríamos llamar nuestros circuitos. Las influencias externas intensas (químicas, medioambientales, etc). pueden alterar estos procesos y por tanto cambiar nuestras capacidades cognitivas y preferencias futuras. El estrés derivado de una situación de conflicto es una de estos posibles determinantes.

Se sabe que el estrés agudo altera el balance hormonal de las mujeres gestantes y que, en concreto, aumenta la generación de testosterona, lo que desencadena procesos epigenéticos en el feto, es decir la expresión de distintos genes por efecto del entorno (no la modificación del código genético en sí). Los hijos e hijas de mujeres que padecen situaciones estresantes ven su fisiología modificada por la presencia de esta hormona sexual. Se sabe que estos cambios en el feto determinan la personalidad y la salud de la futura persona (ver por ejemplo este artículo). El efecto de la testosterona sobre el comportamiento económico, y en concreto sobre la cooperación, ya han sido analizados con resultados en ocasiones contradictorios (por ejemplo, vean aquí o aquí),. Pero hasta ahora no se había asociado la testosterona generada por la exposición a la violencia con las preferencias por la cooperación de los hijos de quienes se vieron afectados por ella.

En un reciente artículo, Francesco Cecchi y Jan Duchoslav reportan los resultados de un estudio de campo que realizaron en Uganda. Este país africano sufrió episodios de intensa violencia civil entre 1998 y 2006. Los autores estudiaron las decisiones de 442 niños ugandeses en un juego de contribución a bienes públicos. Entrevistaron también a sus padres o tutores, a los que, además de hacerles jugar este juego, preguntaron por su exposición a la violencia durante la guerra civil, y sobre los efectos psicológicos que tuvo sobre ellos, en concreto, si sufrieron del Síndrome de Estrés Posttraumático (SEP) como consecuencia.

Como forma de medir la exposición prenatal a la testosterona, Checchi y Duchoslav utilizaron la medida estándar en estos estudios: el llamado ratio 2D:4D, es decir, el cociente entre la longitud del dedo índice y el dedo anular. Está bien establecido que ratios menores corresponden a una mayor exposición a la testosterona en el útero. Imagino a los lectores y lectoras ahora mismo mirando las palmas de sus manos... Pero no se molesten. Estamos hablando de diferencias entre personas a nivel del segundo decimal, es decir, casi inapreciables.

El primer resultado del análisis es que los niños cuyos padres sufrieron del SEP por culpa de la guerra civil en Uganda cooperan con menor frecuencia. Esto sin embargo no prueba ningún mecanismo epigenético ya que puede deberse a una pura transmisión intergeneracional de las preferencias. De hecho, los padres que sufrieron SEP cooperan menos ellos mismos, lo que sugiere que esta forma de transmisión cultural también es significativa.

Es entonces cuando utilizan el ratio 2D:4D como indicador del posible efecto fisiológico del conflicto. Primero observan que los niños que fueron gestados durante la guerra civil tienen ratios más bajos que las de sus hermanos o hermanas nacidos antes de la conflagración. Esto confirma que el estrés sufrido por las madres gestantes aumenta la exposición de sus hijos a la testosterona en el útero. Después obtienen que los niños con ratios más bajos y que, por tanto, se vieron expuestos a mas testosterona durante su gestación, tienden a cooperar menos que el resto de niños; una reducción en una desviación estándar en el2D:4D reduce la propensión a cooperar en 7 puntos porcentuales. Este efecto se mantiene cuando controlan por una serie de variables geográficas y socioeconómicas.

Hace unos días, David nos contaba que las sociedades tienden a reponerse con enorme rapidez de los desastres. Al menos así parece a un nivel macro. Pero los resultados del artículo del que les he venido hablando parecen mostrar que las consecuencias del conflicto pueden ser muy duraderas. Si la violencia reduce las preferencias por cooperar de la siguiente generación, y este efecto se compone con la transmisión intergeneracional de valores, puede suceder que episodios de aguda confrontación, incluso limitados en el tiempo, causen un efecto persistente sobre la trayectoria de recuperación y desarrollo futuro de las sociedades que los sufren.