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¿Educación profesional o académica? La LOGSE y las diferencias de género en el mercado del trabajo

Por Cristina Bellés y Emma Duchini

La participación laboral de las mujeres españolas ha aumentado extraordinariamente en las últimas décadas, hasta alcanzar el 80% actual. Sin embargo, el panorama es muy diferente si miramos la participación de las mujeres según su nivel educativo. Mientras que la tasa de participación en el mercado laboral es del 87% para las mujeres (entre 25 y 64 años) con educación universitaria, esta es solo de un 62% para las que tienen educación secundaria básica.  En cambio, la diferencia en la tasa de participación laboral de los hombres según su nivel educativo no supera los 10 puntos porcentuales (82 y 92%). Esta diferencia de género no es exclusiva de España, sino que, tal como muestra figura 1, se observa en muchos otros países desarrollados.

Figura 1. Este gráfico muestra la diferencia en la tasa de participación en el mercado del trabajo entre mujeres con una educación universitaria y las que tienen educación secundaria básica, en diferentes países de la Unión Europea y en los EEUU.

Los economistas han propuesto diferentes medidas para aumentar la participación laboral de las mujeres menos formadas, como por ejemplo subsidios laborales o servicios públicos de guardería.  En nuestro trabajo queremos contribuir a esta literatura examinando cómo la adquisición de educación exclusivamente general, en detrimento de una formación profesional, afecta a la participación laboral de este grupo de mujeres. Para ello, analizamos las consecuencias de uno de los cambios que introdujo la LOGSE durante los años noventa en España.

Como muchos de nuestros lectores recordarán, la primera consecuencia de la LOGSE fue el aumento de la edad de escolarización obligatoria de los 14 a los 16 años. El segundo cambio importante que esta ley introdujo fue retrasar desde los 14 a los 16 años la elección entre la educación académica general y la formación profesional. Mientras que el primer cambio se aplicó a partir del año académico 1991/92 en toda España, esta otra medida se implementó de forma gradual en las diferentes 52 provincias durante 9 años (del curso 1992/93 al 2000/01). En este trabajo analizamos los efectos de esta segunda medida.

La discusión sobre si se debería separar, y a qué edad, a los estudiantes en una vía educativa académica y otra vía de formación profesional se ha discutido arduamente por investigadores y políticos desde los años 50.  En contra de una separación temprana aparecen dos argumentos. En primer lugar, este tipo de separación acrecentaría las desigualdades entre estudiantes debido a que aquellos más desfavorecidos tienen más probabilidad de entrar en los programas de tipo profesional. Además, una educación más amplia y inclusiva podría ayudar a mitigar los efectos adversos de la globalización y la automatización del trabajo, reforzando la capacidad de los trabajadores para resolver tareas más complejas, y adquirir más habilidades.

Sin embargo, un sistema excesivamente inclusivo podría desanimar a los estudiantes más desmotivados, incrementando la posibilidad de que estos abandonen el sistema educativo prematuramente. Desde esta perspectiva, la formación profesional podría facilitar la transición entre la escuela y el mercado laboral y, por eso, ser especialmente útil para aquellos estudiantes que no quieren adquirir educación más allá de la obligatoria. Nuestra hipótesis es que, dentro de este grupo, la formación profesional es aún más importante para las mujeres que para los hombres. No solo las mujeres están menos vinculadas al mercado del trabajo que los hombres, sino que también suelen estar empleadas en profesiones semi-cualificadas (como peluquera, cocinera, o administrativa) donde una formación profesional podría ser una ventaja. A la luz de estas diferencias, una transición fluida entre la escuela y el mercado podría ser especialmente importante para ellas.

Con el objetivo de estudiar esta hipótesis, analizamos el impacto de retrasar la elección entre la educación académica general y la formación profesional. Para ello, explotamos la aplicación escalonada de la LOGSE entre las 52 provincias y las cohortes nacidas entre 1978 y 1986. En concreto, comparamos las decisiones educativas y laborales de personas que, dependiendo de su provincia y año de nacimiento, han tenido más o menos probabilidad de haber sido afectados por este cambio. Usamos datos de la Encuesta de Población Activa desde 2000 a 2016, y analizamos las cohortes afectadas cuando tienen entre 22 y 30 años.

Encontramos tres resultados. En primer lugar, el retraso en la elección entre la educación académica general y la formación profesional no parece tener un efecto sobre las decisiones educativas de las mujeres. Es decir, no observamos ni que la reforma las desanimara, ni que las incentivara a estudiar más. En cambio, como ya mostró este artículo (y post), nosotras también observamos que la reforma aumentó ligeramente la tasa de abandono escolar de los hombres, aunque el boom de la construcción parece jugar un papel importante para explicar este resultado.

En segundo lugar, centrándonos en el mercado laboral, mientras que no encontramos ningún efecto de la reforma sobre los hombres, sí que observamos un impacto negativo sobre las mujeres. En concreto, parece que, por efecto de la reforma, las mujeres afectadas tengan un 14% menos de probabilidad de estar empleadas, y un 7% menos de participar en el mercado laboral entre los 22 y 30 años.

Por último, como se observa en la figura 2, nuestros resultados sugieren que esta reforma sea más perjudicial para aquellas mujeres con menor nivel de estudios (aquellas que solo terminaron la ESO). Para este grupo, observamos una disminución de la probabilidad de trabajar del 35%.

Figura 2. Esta figura muestra el impacto heterogéneo de la reforma sobre la probabilidad de que las mujeres afectadas estén empleadas, según el nivel educativo.

Para entender este último efecto, analizamos en detalle las decisiones laborales de las mujeres que solo terminaron la ESO, desde que acabaron sus estudios hasta los 30 años. Como muestra la figura 3, la reforma no parece afectar la probabilidad de que estén empleadas al inicio de su carrera profesional (entre los 17 y 23 años). En cambio, sí que observamos un cambio ocupacional durante estos años. En particular, estas mujeres tienen más probabilidad de estar ocupadas en profesiones pocos cualificadas (como limpiadora o dependienta), y menos probabilidad de estar empleadas en profesiones semi-cualificadas (como peluquera, cocinera o administrativa). Este efecto no solo es importante a corto plazo, sino que puede tener consecuencias persistentes, ya que las profesiones menos cualificadas suelen ser más precarias. De hecho, este cambio ocupacional se traduce en una mayor probabilidad de que estas mujeres estén desempleadas o salgan del mercado laboral cuando son más mayores (entre los 24 y 30 años).

Figura 3. Esta figura muestra el efecto heterogéneo de la reforma sobre mujeres con titulo de eso, según su edad . Fuente: Encuesta de Población Activa.

En cambio, no es sorprendente que no encontremos ningún impacto sobre los hombres. Por un lado, el 90% de los hombres con un nivel educativo básico participan en el mercado laboral, es decir, salir del mercado no es una opción viable para ellos. Por otro lado, estos hombres suelen tener más trabajos manuales, para los que no necesitan formación profesional.

Resumiendo, encontramos que retrasar la elección entre la educación académica general y la formación profesional parece tener un efecto negativo y duradero sobre el empleo de las mujeres, en particular para aquellas que entran en el mercado laboral solo con la ESO. Estos resultados sugieren que asegurar una transición fluida entre la escuela y el trabajo podría ser importante para facilitar la participación en el mercado laboral a aquellas mujeres con menor formación.