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Desigualdad en la naturaleza y en la sociedad

Uno de los temas candentes en las discusiones entre economistas es el de la desigualdad (véase cuán a menudo se habla de él aquí) y sus consecuencias, que si ya ocupaba su buen espacio hasta hace unos años adquirió mucha más relevancia a raíz del famoso libro de Thomas Piketty, "El capital en el siglo XXI", del que ya se ha hablado en NeG (Gerard, aquí y aquí, por ejemplo). Como es habitual, no voy a entrar en esa discusión, dados mis escasos tirando a nulos conocimientos de economía; lo que voy a hacer es meter ruido (en sentido literal como veremos más abajo) en torno a la desigualdad, hablando de los paralelismos entre las que se observan en la sociedad con las que aparecen en la naturaleza.

Para este taimado fin, voy a utilizar un trabajo de Maarten Scheffer y colaboradores. Maarten fue Premio Fronteras del Conocimiento BBVA el pasado año (hablé de ello en este post de mi SciLog de Investigación y Ciencia) y no es la primera vez que lo menciono en NeG (aquí y aquí). El trabajo apareció en PNAS el año pasado, con el título Inequality in nature and society (que, traducido, es el título de la entrada) y escrito por Scheffer, Bas van Bavel, Ingrid A. van de Leemput, y Egbert H. van Nes. El punto de partida del trabajo es la observación de que las desigualdades en la sociedad y en la naturaleza pueden presentar patrones parecidos. Como muestra, en la gráfica siguiente se compara la distribución de riqueza de los individuos a escala mundial (en la lista Forbes) con la distribución de biomasa entre los árboles más comunes del Amazonas:

En la gráfica A, la de los "muchimillonarios", el primer punto es la riqueza del más rico, el segundo la del segundo más rico, etc.; en la gráfica B, el primer punto es la masa total de la especie más abundante, y así sucesivamente. Los puntos se aprietan porque la gráfica está en escalas logarítmicas. El parecido es bastante evidente, pero los autores no se limitan a este ejemplo sino que analizan otros, considerando muchos países y comunidades naturales (que van desde setas, peces o crustáceos hasta el fitoplancton o la microbiota intestinal). Los resultados se pueden resumir dando la estadística de los índices de Gini (medida habitual de la desigualdad de una distribución) de los distintos datos analizados; como se ve en la figura siguiente, el caso de la riqueza y el de la abundancia de individuos son muy similares:

Si aceptamos, a la luz de esta evidencia, que los patrones de desigualdad son parecidos en la sociedad y en la naturaleza, la pregunta es entonces si puede haber un mecanismo que los explique a ambos. La respuesta, según los autores, es que sí: la desigualdad resulta de la interacción entre cuatro tipos de factores, de acuerdo al esquema siguiente (en cada número romano hay dos factores, uno de la naturaleza y otro de la sociedad):

Así, el factor I tiene que ver con las diferencias competitivas entre los constituyentes de los distintos sistemas: las diferentes capacidades emprendedoras de las personas o las diferentes adaptaciones y características de las especies, que favorecen a unos frente a otros. En el factor II nos encontramos con el ruido, que además es multiplicativo, lo cuál se traduce en que cuando se tiene más riqueza (o más biomasa) también hay variaciones más grandes en el tiempo. Este es de hecho un factor muy importante, y para demostrarlo los autores simulan modelos sencillos económicos (con retornos de inversión dados por variables aleatorias) y de ecosistemas (donde las especies tienen tasas de crecimiento aleatorias); ambos modelos acaban siempre en que unos pocos individuos o especies acaparan toda la riqueza o la biomasa. Ello resulta del carácter multiplicativo de la aleatoriedad, que hace que aquellos que tienen poco vean muy poco cambiada su riqueza. Por otra parte, estos modelos puramente aleatorios muestran un interesante efecto de inestabilidad de la clase media, cuyos miembros acaban entre los pobres de solemnidad o entre los pocos ricos "cresos". Pero debe quedarnos claro que el puro azar, más que la valía intrínseca de una persona o una especie, es capaz él solito de generar enormes desigualdades. En este sentido, otro experimento ilustrativo que se puede hacer es reunir a un grupo de personas, darles a cada una 100 euros, y a continuación cada una va tirando un dado que dice que fracción de su riqueza se le quita o se le añade. El truco está en mantener la riqueza total constante imponiendo un impuesto a cada uno proporcional a su ganancia tras cada cambio de un jugador. El resultado final es el mismo: rápidamente aparece una desigualdad enorme.

A estos dos factores que favorecen la desigualdad se les suman dos factores moderadores. El primero de ellos es la supresión de la dominancia, que aparece muy frecuentemente en la naturaleza: la especie dominante tiende a sufrir proporcionalmente más ataques de enemigos naturales o enfermedades, que hacen decrecer su dominancia (en sistemas microbianos esto se conoce como el principio de "matar al ganador"). En la sociedad esto podría ocurrir vía, por ejemplo, impuestos. Por último, el otro factor ecualizador es el ruido aditivo que experimentan los más pobres. En la naturaleza, estamos hablando de flujos de inmigrantes de otros lugares que aumentan la población de especies poco abundantes: en la sociedad, estamos hablando de que las clases más bajas podrían ahorrar y ascender en la escala de riqueza a posiciones medias (difícil, como nos contó Santiago en este post reciente).

Siempre es difícil valorar la importancia de cada uno de estos mecanismos, por lo cuál en situaciones concretas no es evidente lo que vaya a ocurrir. Sin embargo, los mecanismos ecualizadores tienden a ser inestables; la supresión de la dominancia en la naturaleza hace que la especie más rica decrezca en abundancia pero acaba siendo sustituida por otra invasora que se vuelve igualmente dominantes. En la sociedad, el control de las diferencias de riqueza es igualmente complicado, e instituciones como el impuesto de sucesiones (del que se habla a menudo en NeG, recientemente Clara nos habló de él en este post), instituido en el siglo XIX, parece estar pasando a la historia, a la vez que la globalización y la consiguiente libre circulación de capitales hacen más fácil (para los ricos) eludir todo tipo de impuestos y acumular aún más riqueza.

Al final, la conclusión de los autores es que incluso cuando los actores son equivalentes, en ausencia de fuerzas que la atenúen, la desigualdad aparece por sí sola, debido a los efectos multiplicativos de los que hablaba más arriba. Pero esto no debe hacernos pensar que la desigualdad es "natural", porque llevando la comparación con la naturaleza al límite, dentro de la especie dominante los recursos suelen estar distribuidos de manera igualitaria, lo que no es el caso en la sociedad. De hecho, desde que la desigualdad emergió, probablemente en el Neolítico, la cantidad relativa de riqueza acumulada por los más ricos ha aumentado a medida que la sociedad también crecía. Este efecto puede explicarse por la propia escala: se puede acumular menos riqueza si la vida económica está limitada a los confines de un pueblo que si abarca el planeta entero. Pero además, establecer instituciones que contrarresten este efecto se hace también más difícil al aumentar la escala de la sociedad, como ya hemos dicho. En esta línea, los autores terminan con la siguiente reflexión (la traducción es mía):

Esto plantea preguntas sobre las perspectivas para la sociedad actual. Los incrementos de escala en la gobernanza mantuvieron a raya el crecimiento de la desigualdad primero en las comunidades en la Europa de la Baja Edad Media, y luego en los estados-nación del siglo XX,  pero en ambos casos esto fue un proceso largo y doloroso. No está claro que se pueda seguir escalando la gobernanza de manera efectiva a nivel global, ni cómo podría ser dicha gobernanza.

O sea, que según los autores, parece que la desigualdad está aquí para quedarse... e ir a peor. Pero al  menos nos queda el consuelo de saber que los que están arriba no lo están necesariamente por méritos propios sino, quizás, por efecto incontrolado del azar. Es posible que algún tipo de meritocracia, las diferencias de capacidades que también citaba antes, den lugar a la desigualdad, pero también es posible que sea sólo... el ruido que decía al principio. Lo importante de esto es que igual que no podemos concluir que la desigualdad sea solo producto del azar porque un modelo con solo ruido la origine, tampoco podemos concluir que sea porque los que están arriba sean más listos, por idénticas razones. Un motivo más para seguir tratando de potenciar los mecanismos que actúan para compensar la desigualdad.