Desigualdad económica regional en Europa: ¿de dónde venimos, a dónde vamos? (II)

De Alfonso Díez-Minguela, Rafael González-Val, Julio Martínez-Galarraga, Teresa Sanchis-Llopis y Daniel A. Tirado

En la entrada de ayer (aquí) aportábamos evidencia acerca la relación en forma de U-invertida (o de N) entre nivel de renta y desigualdad regional en renta per cápita de las cuatro economías que componen el Sudoeste de Europa (España, Francia, Italia y Portugal). Siguiendo con la pauta descrita por los Anuarios Estadísticos Regionales (ERY) en relación con la realidad regional actual, hoy nos centraremos en el aspecto histórico de la geografía de la desigualdad territorial y en el papel que tradicionalmente han desempeñado las regiones que albergan las capitales de los estados. Por lo que respecta a la geografía de la desigualdad, en el mapa 1 se ofrece información de los niveles de PIB per cápita de las 67 NUTS2 que componen la Europa del Sudoeste agrupadas por quintiles en 1900, 1950, 1980 y 2010. El negro identifica regiones muy ricas y los grises más claros las regiones más pobres. De su observación se desprenden dos ideas básicas. La primera es, como han señalado de forma reiterada los ERY, que la geografía importa. Las regiones pobres se sitúan en el Sur de Italia y en un gradiente que atraviesa la península ibérica de Sudeste a Noroeste. La segunda es que este patrón estaba ya bien conformado en 1950 mostrando, por tanto, una elevada persistencia temporal.

Mapa 1. PIB per cápita regional (NUTS2) en la Europa del Sudoeste, 1900-2010 (Quintiles)

Si centramos la atención en las regiones españolas, se observa una pérdida de posiciones relativas de nuestras regiones más avanzadas (Madrid, País Vasco y Cataluña) con relación al grupo de cabeza del Sudoeste europeo entre 1900 y 1950. Sin embargo, en 2010 parece que han recobrado cierto protagonismo. Mientras tanto persiste y se afianza la brecha de la mitad Sur con respecto al resto del país.

Por lo que respecta al protagonismo de las regiones que albergan a las capitales de los estados, en los ERY se apunta que estas regiones han tendido a crecer en los últimos años de una forma diferencial y, con ello, han favorecido el ascenso de la desigualdad. En relación con este aspecto, el gráfico 1 compara los niveles de desigualdad territorial en cada uno de los países calculados incluyendo (eje X) o no (eje Y) las regiones-capitales de estado. Si la exclusión de la capital no afecta a la desigualdad entonces se obtiene un punto sobre la línea de 45º. Si la exclusión de la capital reduce la desigualdad, encontraremos un punto por debajo de la línea de 45º. Si la exclusión de la capital aumenta la desigualdad, el punto se situará por encima de esta línea.

En el gráfico 1 se observa la presencia de un fuerte efecto capital que impacta la desigualdad territorial en el caso de Francia y de Portugal (caen más por debajo de la línea de 45º), pero que es menos patente en el caso español e inexistente en el caso italiano (casi en paralelo a esta línea). En Francia y Portugal, sus respectivas capitales, París y Lisboa, actúan como islas en medio de regiones mucho menos avanzadas. No obstante, el elemento de mayor interés es que este efecto ha estado presente en todo momento a lo largo de la historia económica de los cuatro países analizados, y no solo en la actualidad cuando la especialización en sectores de servicios de alto valor añadido, con marcadas economías de aglomeración, parece dirigir el crecimiento de las sociedades. Aunque, si bien es cierto, parece que se ha agudizado desde 1980 en algunos países como Francia, y que comienza a emerger en España.

Fig 1. Desigualdad regional con regiones-capital de estado incluidas (eje x) y excluidas (eje y)

Nota: Coeficiente de variación ponderado por población.

Con todo, la consideración de la desigualdad territorial desde una perspectiva de largo plazo debe ponernos en alerta acerca de la relevancia del problema, y de la dificultad que entraña su resolución. Por una parte, se apunta que el impacto de la tercera revolución tecnológica, ligado al ascenso de las TIC, puede estar abriendo una larga fase de crecimiento de las desigualdades territoriales. Por otra parte, el análisis de la experiencia histórica del Sudoeste europeo muestra que la importante reducción registrada en la desigualdad territorial entre los años 1950 y 1980 no supuso la desaparición de sus características espaciales. La geografía de la desigualdad y el crecimiento diferencial de las capitales de los estados se fraguó en la primera gran fase del desarrollo económico, entre 1860 y 1950, y ha permanecido prácticamente inalterada hasta la actualidad.

En este escenario, todo apunta a que la brecha entre las regiones ricas y pobres del Sudoeste de Europa pueda ampliarse, a que las regiones hoy más pobres lo sigan siendo dentro de 50 años y a que las regiones que albergan las capitales de los estados se distancien aún más de los niveles medios de renta de sus economías nacionales. Sin duda, la desigualdad territorial continuará siendo objeto de preocupación en Europa durante varias generaciones.

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